relatos de depilación masculina

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¿Por qué yo y ahora? - Alba(alicante)

 

            Tumbado en la camilla de la sala de depilación, intentas recordar por qué estas ahí, justamente ahora, cuando acabas de cumplir los cincuenta y cinco, te has jubilado y tu vida podría ser un paraíso. Caes en la cuenta de que todo empezó con la visita de tu amigo Samuel, aquel de la mili, que, después de unos años sin verlo, aparece ante ti con el impoluto aspecto de un metrosexual. Te cuenta que se separó y que desde entonces se ha dedicado a cuidarse: cremas de algas, alimentación equilibrada, yoga y depilación, entre otras novedades. Lo miras, emitiendo una risa burlona, sobre todo porque recuerdas lo bruto y patán que era en su juventud, allá en el cuartel de Melilla. Cuando Samuel se va, tu mujer no ha quedado ajena a la nueva imagen de tu amigo, y deja caer algunos comentarios en exceso sinceros o más bien hirientes: que mira lo agradable que es Samuel, cómo se cuida, que por qué tú no lo imitas y te quitas algo de ese entrecejo que te sobra o de ese triángulo de pelo negro de la espalda que te hace más primate, y el que más te duele, que Samu, (a estas alturas de la conversación, ya tu mujer lo llama así) – fíjate Romu, cariño – está mucho más joven que tú. Un poco sorprendido y bastante molesto por el tono de tu mujer, evitas el aconsejable camino de la indiferencia y, en cambio, optas por la inconsciente vía del orgullo, anunciándole que vale, que te vas a depilar, que mañana mismo hablas con tu hija, la menor, forofa del cuidado corporal, y le pides el teléfono del gabinete al que ella va.
            Estas divagaciones las interrumpe la esteticien al entrar en el cuarto y pedirte que te quites la camiseta. Lo haces un poco avergonzado, poniéndote con rapidez boca abajo, para evitar que note el efecto provocado por la gravedad en la zona abdominal de tu cuerpo. Desde esa postura, sólo oyes una serie de ruidos que te recuerdan a una olla hirviendo y que provocan que tu adrenalina comience a subir. El punto culminante se produce cuando notas un líquido, ni caliente ni frío, esparciéndose por tu espalda. No puedes evitar sentirte como un mejillón abriendo su caparazón por el vapor de la olla, y, entonces, comienzas tu plan psicológico de choque para afrontar el dolor. Recuerdas los consejos, algo básicos, (de terapeuta argentino barato todo hay que decirlo) de tu hija, piensa en algo relajante, papi, el mar en calma, el susurro de las olas contra la orilla, la música de Mozart o de Vivaldi…pero el caso es que son imágenes de cactus en una larga carretera de Arizona, de alfombras de clavos de faquires y otras harto irritantes las que vienen a tu mente. Fracasado en la estrategia mental, apelas a la continencia física, al orgullo varonil que siempre has creído tener y que te ha traído aquí, y, como un auténtico jabato, aguantas los tirones, no siempre delicados, que la operaria del gabinete da sin pausa. Notas, tras cada uno de ellos, como tus poros se convierten en pequeños volcanes, que no tiran lava pero de los que podría estar saliendo algo de humo. Cuando por fin despega la última tira de cera, emites un fuerte resoplido de alivio, que se corta al decirte la matarife de tu espalda que te gires, que sólo queda el entrecejo. Le obedeces en un esfuerzo de educación y valentía que no llegas a comprender y, poniendo cara de cordero degollado, aguantas, primero, el espinoso recorrido de una pinza que quita aquellos pelos más largos. Después, como un toro esperando la puntilla sobre su testuz, soportas que te embadurne entre los ojos con la cera y, sin emitir más que un amago de lágrima, aguantas, como el santo Job que ya eres, el tirón definitivo que acaba con el puente ancestral que unía los dos continentes de tus cejas.
            Por fin oyes el hemos terminado ya, que te alivia más que cualquier bálsamo que te puedan poner, y colocándote tu camiseta, sales de la sala henchido de orgullo y algo deprisa, por si la esteticien vuelve reclamando más pelo para su insaciable apetito. Te diriges a pagar y, mientras lo haces, oyes que la recepcionista te da cita para dentro de quince días. Espantado, esbozas una sonrisa y asientes con la cabeza, mientras, ahora sí, te alejas a todo correr de aquel lugar de tortura, no sin olvidar que tienes que llamar a Samuel, o mejor Samu, para tomarte una última cerveza con él.