relatos de depilación masculina

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¡Soy Beckham! - MOP(montevide)

La sala de espera del centro de depilación Moreman resultó ser tan asquerosamente homosexual como me la imaginaba. O incluso más. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que el hecho de estar ahí –y vaya si yo lo estaba-, me hacía tan parte de ese universo desviado como las revistas de moda masculina que estaban apiladas sobre el mostrador. Claro, yo no tenía por qué leerlas. De hecho ni las toqué. Decidí esperar a que finalizara el comercial sobre un aplanador de abdomen que, con gran entusiasmo, presentaba un tío musculoso desde el pequeño televisor colgado en una de las esquinas del salón. Con el paso de los minutos, comprobé que lo que se veía en la tele no era un canal de deporte que, supongamos, estaba justo en publicidad sino que era un dvd con  “consejos saludables para la belleza del hombre de hoy”. Algo similar –es decir, igual de ridículo- me había dicho Carlos cuando me comentó los beneficios de la depilación definitiva.

 

-Tienes que aceptar que los tiempos cambiaron, Manu.

-Por favor, Carlos, si vas a hablarme de depilación, llámame Manuel.

-No puedes ser tan terco. Hoy en día es de lo más común. Todo el mundo lo hace.

-¿Y qué? Hoy en día todo el mundo juega al tenis, y a mí me sigue pareciendo la misma mariconeada de siempre.

-Te digo que no es nada. Que no duele, que no es caro, que queda mejor, que es más cómodo… ¡Y que a las mujeres les encanta!

-Sí, a las mujeres que les gustan otras mujeres.

-Idiota. ¿Te creés que a las mujeres no les gusta Beckham?

Hice silencio. En el fondo, a todos nos gusta un poco Beckham.

-Es que no sé, Carlos. Siento que mi vida no volverá a ser la misma. Que no podré volver a mirar a mis amigos a los ojos. ¿Qué cara pondré cuando ande en short de baño y la gente diga: “¡Miren, miren, ese tipo se depila las piernas!”?

-¿Qué te importa más? ¿Lo que diga ese gente o lo que digan las chicas?

Sí, Carlos siempre tuve algo de Sócrates. No tuve nada que decir ante su brillante pregunta retórica.

-Vamos, Manu, pásate por Moreman mañana mismo y pides hora con el doctor. Charlas con él, le explicas tu complejo, y luego resuelves qué hacer. ¿Te parece?

-Manuel. Llámame Manuel.

 

El período de tiempo que pasó desde esa conversación en el vestuario del club hasta mi visita al Dr. Evra se ha borrado de mi mente por completo. Todavía no comprendo por qué tomé la decisión que tomé. Es algo que me sucede a menudo. Hago cosas sin pensarlo demasiado y termino con el cuerpo más calvo que la cabeza de Pierluigi Collina. El hecho es que, cuando quise reaccionar y torcer el destino, ya había pasado de la sala de espera, llena de tipos con pantalones ajustados, al consultorio del Dr. Maricón.

Increíblemente, el tipo resultó ser muy parecido a Collina. Aunque vestía una túnica blanca, podría jurar que no tenía un maldito pelo en todo el cuerpo, el muy cabrón. Me invitó a pasar y me indicó que tomara asiento. Intentó ser amable pero es difícil mantener la amabilidad con un tipo como yo. Y más si estoy en un consultorio de depilación.

 

-Y bien, amigo, ¿qué pelillos nos vemos a sacar?

Si me hubiera dicho eso en la calle, le hubiese contestado con un derechazo fulminante. Pero estaba en su cancha, y llevaba túnica.

-En realidad no estoy muy seguro. Quería saber un poco más del tema…

-¡Pues no hay mucho que saber, mi amigo! La depilación definitiva es un tratamiento que se hace con láser y garantiza que en cinco o seis sesiones no le quedará un solo pelo.

Era increíble. El tío lo decía con un entusiasmo mayúsculo, como si estuviese hablando de la enorme corvina que había pescado el fin de semana.

-Claro… y, ¿cuándo se puede comenzar con el…proceso?

-¡Ahora mismo! Rellenamos el formulario este, y luego pasa detrás de aquél panel que es donde está la máquina láser.

No contesté. Eso significa que no dije: “Gracias, adiós”. Así que el doctor siguió.

-Bien…entonces…Manuel…veamos. ¿Qué zona se desea depilar?

Nunca jamás una pregunta me había intimidado tanto. Sentía como si el muy hijo de puta me arrancaba los pelos con la mirada.

-Pues, no es que “desee”, pero había pensando en…las piernas.

A medida que yo hablaba, el Dr. Evra rellenaba unos casilleros en el formulario.

-Perfecto. Entonces tenemos piernas. ¿Qué más?

-Bueno…nada más.

El doctor dejó de escribir. Se detuvo en seco y levantó la vista lentamente. Sentí como si le hubiese roto el corazón.

-¿Cómo nada más?

-Bueno, por ahora… -no quería destruirlo. Después de todo, estaba haciendo su trabajo.

-Pero, mi amigo, usted no se da cuenta. Ésta es una oportunidad única. Tiene que aprovechar y sacarse todo el vello de una vez.

-Es que…

-¡De ninguna manera! ¿Cómo cree que va a quedar con todo el cuerpo peludo y las patas lampiñas? ¡Un verdadero monstruo!

Debo reconocer que sus palabras me asustaron. Y fue entonces, creo, que me entregué definitivamente.

-Pero… ¿qué más debo depilarme, entonces?

-Ni que hablar el abdomen.

-¿El abdomen? Pero cómo ve voy a…

-El abdomen tiene que estar totalmente despejado. Y el pecho.

-¡Cómo! No, no, disculpe doctor…

-Mire, señor, yo hago esto hace muchos años y sé perfectamente qué queda bien y qué queda mal. Si usted quiere depilarse las piernas, tiene que depilarse, mínimo, la parte frontal del torso.

El doctor hablaba con tanta autoridad que no podía llevarle la contra. Quizá hasta tenía razón.

-Bueno, supongo que si pierdo el pelo en las piernas, no es tan grave perderlo en el pecho y la panza.

-Bien.

Seguía anotando cosas como un desquiciado. En un momento quise salir corriendo, pero los diplomas que colgaban en las paredes me hacían pensar que era él quien estaba en lo correcto.

-Pecho, abdomen, piernas, ¿espalda?

-¿Cómo?

El doctor levantó la vista del formulario y me miró como si fuese un estúpido. De hecho me habló como si fuese un estúpido.

-Espalda.

-Es que…no tengo muchos pelos ahí…

-Entonces será más fácil. ¿Baja espalda?

-¡¿Qué?!

-Baja espalda, señor. Si quiere depilarse la baja espalda.

Ya tocaba un límite. Tenía que ponerme duro ahí mismo o acabaría con el cuerpo de un recién nacido.

-¡De ninguna manera!

-¿Axilas?

-¡No!

-¿Pies?

-No.

-¿Brazos o manos?

-No.

-¿Cejas?

-No.

-¿Pubis?

No tuve valor para contestar. El doctor levantó la vista, me contempló con verdadera lástima, y tuvo la delicadeza de no insistir.

-Supongo que no.

 

A las dos semanas mi cuerpo se había convertido en algo inexplicable. No era yo. Era una versión plástica y lustrosa de mí mismo. Pero era momento de poner a mi nuevo yo a prueba. Y lo hice de la mejor manera posible. Invité a cenar a una chica del trabajo, comimos unas ostras y luego fuimos a mi apartamento. Apenas llegamos atenué las luces y puse un poco de música funcional. Había que ser precavido. Tomamos mucho vino y reímos un rato hasta que llegó el momento. Nos empezamos a besar en el sofá y luego nos quitamos la ropa. Ella dejó al descubierto unos pechos monumentales. Yo, mis piernas lampiñas.

 

-¿Qué es eso? ¿Por qué están así?

-¿Lo qué?

Intenté seguir como si nada, pero ella me separó.

-Las piernas, tío. ¿Qué te ha pasado? ¿Te has depilado?

No supe qué decir. Fue como volver a estar frente al Dr. Evra, pero al revés.

-No…

-¿Cómo que no? ¡Si no tienes un jodido pelo!

Forcé una sonrisa. Intenté convencerla de lo que ni yo me había podido convencer.

-¿No te gusta?

-Claro que no. ¿Por qué querría salir con una niña?

Ahora sí me había ofendido.

-Tú no entiendes…es mucho más pulcro…

-¡¿Pulcro?!

-Y más cómodo…

La chica se comenzó a vestir. No era para tanto, pero qué le iba a explicar yo.

-Joder, tío, si me lo hubieras dicho antes no perdía el tiempo. Pensé que eras otra clase de hombre…

-¿Otra clase de hombre? ¿Cómo cuál? ¿El hombre de las cavernas?

Me miró, cartera en mano, y puso una mueca de asco. Comenzó a caminar rumbo a la puerta. Antes de que pudiera desaparecer por completo, me puse de pié y le grité.

-¡Soy Beckham!

Se dio media vuelta y sonrió con burla.

-¿Beckham? No me hagas reír…

 

Y ahí me quedé yo. Solo, en mi apartamento. Tirado en el sofá, con mi cuerpo lampiño, sin entender por qué a la chica le habría disgustado tanto. Al fin y al cabo, me veo mucho más joven… y mis músculos parecen más firmes. Quizá el error había estado en no depilarme la espalda y las axilas… Sí, probablemente fue esa irregularidad capilar lo que la desconcertó. ¡Qué tonto fui! Mañana mismo voy a llamar a Moreman y pedir una cita con el Dr. Evra. Ese tipo sí que sabe lo que hace.