relatos de depilación masculina

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QUIÉN ME MANDARÍA A MÍ - MARTA CRUZ(salamanca)

 

QUIÉN ME MANDARÍA A MÍ….
 
 
       El metrosexual está de moda. Eso es lo que dicen todas las revistas del corazón, y las vecinas cotillas cuando se reúnen en la escalera… ¡En fin! Todo aquel que tiene voz y voto en esta sociedad nuestra. Y eso es exactamente lo que yo estaba pensando mientras mi mujer ojeaba una publicación para adolescentes y me iba narrando las virtudes de los chicarrones que en ellas salían.
      ¡Mira que guapísimo está el Pitt en esta foto! Dice su mujer que se depila todo el cuerpo para estar más sexy. ¿Me estás oyendo, cari?  Que no tiene ni un pelo por ninguna parte. ¡Qué gusto, por favor!  Y no esos matojos que tienes tú en el pecho, hijo, que en esa maraña se podrían esconder una docena de monos.
      Ahí ya me perdí, porque mi mente empezó a pensar que a la mujer de ése la quería yo para mí aunque fuera con las piernas como las de Macario.
      ¡Éste sí que es atractivo! Con la camisa abierta, esas abdominales, todo rasurado…
      Y dale con el temita del pelo. A mí hace ocho años que se me cayó el último de la cabeza y
nadie me reconoce ningún mérito.
      Ella seguía y seguía. Yo la miraba con cara de asesino en serie, pero parecía no darse por aludida. Y cuando pasado un rato, apagó la luz y me deseó buenas noches, no me podía creer lo que estaba oyendo.
       ¿Buenas noches?  ¡Pero cómo que buenas noches! ¿Llevo una hora viéndote babear por otros tíos con la intención de tocar chicha y a ti sólo se te ocurre decir buenas noches? Muy bien.  ¿Qué es lo que te gusta? ¿Que los hombres sean modernos? Pues moderno voy a ser. Te vas a enterar.
       Pero el que se enteró fui yo.
      Al día siguiente me tomé la mañana libre (estar en el paro es lo que tiene, que puedes ponerte así de chulo) y lo primero que hice fue robar la agenda telefónica de mi mujer y abrirla por la “hache”. Cuando me di cuenta de que la ortografía no es lo mío y que por ahí no iba a encontrar nada, empecé a buscar por la “e” de esteticién. Y allí estaba, la mujer que me iba a convertir en el nuevo terror de las nenas: Esteticién-Elena. ¡Anda, qué casualidad! ¡Elena, como mi ex!.
       Marqué el número y pedí hora para depilarme. Me citaron treinta minutos más tarde, así que agarré el abrigo, las llaves y salí silbando de casa y sonriendo para mis adentros. “Ya verás la cara que va a poner Sandra cuando me desnude esta noche;  le va a encantar”
       Llegué a la peluquería y desde fuera tanteé un poco el terreno. Había siete mujeres dentro, la más joven tendría unos cuarenta y cinco años y todas charlaban alegremente.
       “Bueno, por lo menos están entretenidas y yo pasaré desapercibido”.
       Entré en el local con un exceso de confianza y una mujer muy sonriente salió a recibirme.
       Buenos días.  ¿Qué desea?
       Soy Antonio, tengo cita para las doce.
       ¡Ah, sí!  Pasa hombre, no te quedes ahí como un pasmarote. ¿Tú no eres el marido de Sandra la de la inmobiliaria? Mira, Puri, el marido de Sandra; al que le gustan tanto las ingles brasileñas.
       La peluquería entera estalló en carcajadas y yo, sin saber qué hacer, empecé a mirara derecha e izquierda buscando un sitio donde esconderme ante tamaña mofa hacia mi persona. Detecté al fondo de la habitación una puerta verde que rezaba: ESTETICIÉN. LLAMAR ANTES DE ENTRAR. Y hacia allí me encaminé a una velocidad que haría saltar cualquier radar. (Lo siento, bonita, no tengo tiempo de llamar). Entré como un vendaval y obstaculicé el único acceso posible con el peso de mi cuerpo.
       Mientras intentaba recobrar el aliento y mi color habitual, la esteticista no paró de hacer lo que estaba haciendo: colocar una sábana de papel encima de la camilla de depilación. Cuando terminó y se dio la vuelta para mirarme, el ritmo de mi respiración volvió a aumentar hasta límites poco recomendables. Porque la chica que me iba a depilar no era “Elena, como mi ex”, era “Elena, mi ex”.
       Me quedé estupefacto y ella adoptó un talante de sorna que daba miedo verla.
        Hombre, Antonio. ¡Cuánto tiempo!  ¿Eres el cliente de las doce?
       Sssssí dije a la vez que tragaba saliva y presentía que no iba a ser una depilación al uso. Esto iba a doler y mucho.
       Pues quítate la camisa y túmbate aquí.
       Y me subí a la camilla con más miedo que vergüenza.
        Ella removía la cera y mientras tanto me miraba y sonreía. Cuando se cansó del terrorismo psicológico, cogió la espátula y me preguntó:
       ¿Y tú qué tal? ¿Qué fue de tu vida?
       Poca cosa contesté.
       ¡Zas!  Pegote de cera ardiendo en mi tetilla izquierda.
       ¿Poca cosa? Hombre, algo me tendrás que contar después de tantos años sin vernos.
       Otro pegote de cera, esta vez en la derecha.
       Nada importante, mujer. Me casé con un chica del barrio y poco más.
       Ya. ¿No será la misma  con la que empezaste a salir quince días después de dejarme a mí porque querías estar solo?
       No, hombre, no. Yo no estuve con nadie hasta que pasó casi un año y me recuperé de lo nuestro. (Que no se dé cuenta de que es mentira, que esta tía me despelleja vivo)
       Tirón a lo bestia con el propósito de acabar con mis pelos y mi epidermis en su totalidad.
       Pues fíjate, yo creo que fueron quince días.
       Arrancó con todas sus fuerzas el trozo que quedaba.
       ¡DIOSSSSSSSS! Mira, Elena, que me lo he pensado mejor y creo que no me hace ninguna falta depilarme…
       Salí corriendo de la cabina de estética en paños menores y allí estaban todavía las siete marujas mirándome con cara de guasa.
       ¡Y ustedes qué miran!  En su casa deberían estar haciendo algo de provecho y no aquí perdiendo el tiempo.  ¡Que lo suyo no se arregla ni con un viaje a Lourdes!
        Llegué a mi humilde morada en menos de tres segundos; sin camisa, sofocado y con quemaduras de tercer grado. Una vez  allí, observé que mi mujer estaba en el salón con los brazos cruzados y cara de seta.
       ¿Se puede saber qué has hecho en la peluquería? Me ha llamado mi esteticién y me ha dicho que no le has pagado la sesión, que has insultado a las clientas y que hace seis años la dejaste con mentiras para liarte conmigo. Anda que… ¡Ya te vale! ¿Y me explicas para qué querías tú depilarte? Si con ese cuerpo que tienes parecerías el muñeco de Michelín…
       Y continuó despotricando todavía un rato mientras a mí empezaba a salirme humo de las orejas. Así que había hecho todo eso para darle gusto y encima me preparaba una bronca. Pues se iba a enterar de lo que es capaz alguien que acaba de ser vapuleado por partida doble.
       ¿Sabes qué te digo, cariñito?  Que ahora mismo me voy a tomar unos copazos al bar con mis amigos, que esta tarde juega el Madrid. ¡Ah! Y espérate si cuando piten el final del partido no nos vamos a un club a celebrarlo. Puede que allí sepan apreciar mis esfuerzos por integrarme en el siglo veintiuno y agradar a mi mujercita.
       Y diciendo esto, me puse una camiseta y me fui muy digno.
       La noche de farra fue espectacular. Con mi recién estrenado escote triunfé en ese ambiente de lujuria y desenfreno. Al final mi mujer iba a tener razón y los hombres exentos de vello llaman más la atención de las féminas. Pero pude comprobar que ese éxito no era más que un espejismo.
       Sandra me dejó al día siguiente de mi escapada nocturna alegando que una cosa es dejarse quitar cuatro pelos en aras del amor y otra muy distinta es que eso te convierta en un auténtico perturbado. En los lugares en los que anteriormente hubo una piel suave y tersa, volvieron a crecer unas cerdas que ya las quisieran muchos para fabricar cepillos de dientes. Y mi racha de conquistador pasó por delante de mí dejando buenos recuerdos y pocas amigas. 
       Pero no hay mal que por bien no venga. Hoy mismo tengo cita en la peluquería donde
trabaja Elena para hacerme un depilación integral e intentar reconquistar ese corazoncito. 
       Puede que a ella también le gusten las ingles brasileñas…