monólogos de depilacióN láser

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La estafa: crónica de una depilación frustrada - c. castillo(barcelona)

Cuento con  todos y cada uno de mis pelos. Los conozco a la perfección y domino su comportamiento. Eso no quiere decir que los ame, sólo que he aprendido a malvivir con ellos.  Son muchos, no soy de esas chicas que dicen, soy peludísima y en verdad no tienen idea de lo que es SER peluda. A la primera que me dice eso, la reto enseñándole mis piernas y terminan tragándose sus palabras una por una.

Provengo de una saga familiar de mujeres que han hecho de todo por disimular el horrible pelo con el que hemos nacido. Conozco desde los rastrillos más eficaces, las largas sesiones de cera, las cremas depilatorias, las maquinitas quitapelos, las bandas de cera fría, decolorantes y peróxidos, técnicas de depilado con hilo y jaleas hasta la famosa piedra pomex que de tanto tallar la piel primero te desolla que quitarte un pelo.

La depilación láser siempre me ha intrigado, desde su aparición, ha sido una constante en mis pensamientos. Pero también debo decir que soy una mujer con ideas abrumadoras y una investigadora hecha y derecha, que no se limita a lo que se cuenta por ahí. Así que durante mucho tiempo me dediqué a la investigación de las diferentes técnicas, máquinas, productos, programas y demás.

Hace un año, cuando por fin decidí que sabía lo suficiente y que estaba convencida para someterme a la depilación láser, acudí a un centro de depilación para checar las instalaciones y someter a la encargada a una serie de cuestionamientos interminables.

Decidí al final depilarme piernas enteras, bikini, línea del abdomen, cara y axilas. Realicé el pago correspondiente a diez sesiones, porque claro, existía una promoción y había que aprovechar. Llamé a mi madre, a mi mejor amiga, a mi novio, a mi hermano y a todo Dios para comentarles mi decisión. No hubo otro tema de conversación más que ese durante un mes, fecha en la que se me había otorgado la primer cita.

Como indicación me dijeron que debía pasar el rastrillo por las zonas a depilar el día justo de la primer sesión.... yo pensé.... nooooooo! Pasarme la navaja por la panza y la cara, era una salvajada, pero con tal de verme un día sin pelos, me comí los nervios y manos a la obra.

Dos horas antes de la sesión entré en una especie de nervio-ilusión-emoción parecida a la que se experimenta frente a la primer cita de amor.... con todo y mariposas en la panza. Salí de casa y caminé a la clínica, sintiendo ya el duelo por la futura pérdida que se había demorado hasta estas alturas de mi vida.

Llegué, subí las escaleras y al llegar al local, no di crédito a lo que vi. La clínica estaba desmantelada, se habían esfumado, habían desaparecido sin dejar rastro.... y yo sin saber nada, con la cara cabronamente afeitada y la ilusión de saberme un día sin pelo, por los suelos.

Un papel pegado al cristal ponía que por causas de fuerza mayor se habían ido y dejaban un correo electrónico al cual he escrito y aún sigo sin resolver nada. Con la rabia de mujer lobo hasta la profeco fui a dar.

Fui estafada, pero no sólo con dinero, jugaron con la idea que me hice de no volver a tener pelos... con la idea de la ex pelusienta en que me convertiría.

Desde ese día sigo con todos y cada uno de mis pelos, a veces más, a veces menos y unas pinzas son el utensilio que no dejaré de cargar en mi bolsillo.