LA NOVIA LÁSER - antón(pontevedr)
Cuando le dije a mi padre que iba a vivir con mi novia me preguntó si estaba seguro de que mi novia era una persona, y al decirle yo que sí, que lo era, resopló con alivio y añadió que por nada de este mundo me diese demasiada prisa en volver.
Para mi padre la vida no es más que una irreparable sucesión de catástrofes y, en su humilde opinión, yo soy el vivo ejemplo de su teoría. La madre de todas las catástrofes. La Supercatástrofe.
Mi padre cree que lo mejor que se puede hacer con un hijo es hacerle perder por completo la autoestima y la confianza en sí mismo. Considera que, de este modo, el hijo no tendrá más remedio que rebelarse contra esas continuos desaires y humillaciones y convertirse así en una persona sólida y cabal.
Nunca me he rebelado contra mi padre; desde pequeño estoy acostumbrado a sus ataques por sorpresa, a sus deflagraciones y a sus gruñidos de oso. En realidad, hace ya muchos años que no lo escucho y creo que he aprendido a sobrevivir a sus ataques mediante un uso estratégico de la indiferencia y la sordera, por decirlo así.
También mi madre, después de cuarenta años de convivencia, ha aprendido a ignorarlo, si bien no es precisamente fácil vivir con un individuo que cada día se parece menos a un hombre y más a un apocalipsis en pantuflas, despotricando contra todo aquello que se atreve a alterar su campo de visión. Excelente por cierto, a pesar de sus muchos días y quebrantos.
Mi madre es una seguidora incondicional de esos programas de confidencias que emiten en la radio nocturna. Afirma solemnemente que padece insomnio, aunque no sabemos muy bien si este insomnio se debe a una auténtica imposibilidad para conciliar el sueño o si, por el contrario, lo causa su alarmante interés por las desgracias ajenas que curiosamente no solían perturbarla lo más mínimo y la ponían de un excelente humor.
Mi madre conoce las biografías, las pequeñas victorias miserables, los enormes fracasos sin esplendor y los frondosos árboles genealógicos de 1.022 famosos. Cuando murió Lady Di canceló todos sus actos sociales, vistió de luto riguroso durante tres días y me dio diez mil pesetas para que le comprase toda la discografía de Elthon John. Aquellos tres días nos torturó con alimentos congelados, melodías insufribles y una antología de las mejores anécdotas de la princesa, o lo que fuese. Mi padre se llevaba las manos a la cabeza ante semejante comportamiento. Llamaba sardina desnutrida a aquella aristócrata voluble y pompón desequilibrado al cantante melódico. Decía que esa gente siempre nos invitaba a sus funerales pero nunca a sus bodas.
Cuando nací la enfermera estuvo a punto de confundirme con una miserable pelusa y llamar el servicio de limpieza para quejarse de la poca atención que dedicaban a su trabajo. Heredé de mi madre una fantasía frenética, una hipersensibilidad a los ambientes y una incontrolable tendencia al chismorreo de altura. Mi padre por su parte me legó 1400 gramos de oscuro tejido cerebral, cierta propensión a la misantropía y una enorme arbusto de pelo en la espalda.
Recuerdo que toda mi infancia estuvo continuamente atravesada por dos ruidos: el rumor de la radio y la voz de mi padre. También recuerdo mi pánico absoluto a los vestuarios, a las piscinas y a las playas.
En Navidad, cuando toda la familia se reunía para celebrarse a sí misma, encontraban a un individuo un poco más gordo, un poco más callado, que ante la menor aproximación parecía amenazarlos blandiendo en el aire un contundente zanco de pavo. Es evidente que detesto profundamente el humor colérico, las conversaciones estridentes y las espaldas peludas de todos los hombre de mi familia. La siniestro herencia de esa pelambre avanza a través de los siglos como la infausta aleta de un tiburón que nos devora vivos.
Como suele ocurrir, conocí al ser de mi vida cuando había perdido toda esperanza, a una hora intempestiva. Eran casi las dos de la mañana y yo había salido a comprar unas latas de cocacola a un kiosco nocturno. Llevaba unas pantuflas, un vaquero raído y una camisa de leñador. A mi lado alguien curioseaba en las revistas científicas. No me fijé demasiado en ella hasta que descubrí que una punta del pijama le salía por la pernera del pantalón. Tengo todo el derecho del mundo a decir que en ese momento se produjeron increíbles perturbaciones fisiológicas y que me enamoré en seguida.
No tuvimos verdadera intimidad hasta cuatro meses después de aquel encuentro. Yo me resistía a mostrarle mi cuerpo, pues ptenía miedo de que ella, al descubrir la oscura pelambre de mi espalda, me despojase de mi humanidad y me incluyese en la parte de las fieras. Sin embargo, para mi felicidad, para mi desgracia, ella no parecía estar demasiado interesada en estas actividades y dedicaba casi todo su tiempo a su trabajo. Laura era profesora de literatura comparada en una discreta universidad que se levantaba en las afueras de la ciudad.
Durante un viaje por las elegantes civilizaciones del Mediterráneo, en un hotel de la isla griega de Santorini, con la luz apagada y una lentitud sobrenatural, ella empezó a acariciarme hasta que sus manos se enredaron en la mata de pelo de mi espalda. Los dedos tantearon la espesura con un ligero asombro y luego prosiguieron su exploración hasta que el aire se fue llenando de un profundo olor a animales nocturnos.
Cuando terminamos no se refirió al encuentro de aquel frondoso bosque en mi espalda, y yo me abstuve de explicarle nada convencido de que las cosas de algún modo dejan de existir cuando no se las nombra. Mientras ella se bañaba yo me quedaba leyendo en la terraza novelas rusas del XIX y abstrusos tratados sobre el significado del mundo.
Después de aquel viaje decidimos vivir juntos. Sin embargo, en unas pocas semanas de convivencia Laura experimentó tal mutación que de pronto me sentí vivir al lado de una extraña. Su presencia pálida y discreta se fue transformando en un cuerpo deslumbrante que recordaba a la Jane Fonda de Barbarella. Apenas había rastro de la persona que había conocido. Si antes se limitaba a vestirse como una cebolla superponiendo varias capas de ropa, ahora cada centímetro de tejido parecía tan decisivo como la lucha por la supervivencia.
Aquel repentino interés y cuidado del cuerpo me desconcertaron profundamente. No podía entender qué razones tiene alguien para pasarse horas enteras eligiendo un discreto perfume de lavanda, llenándose la cara de rodajas de pepino o retirando la piel de las cutículas con un palito de naranja. Incluso había cometido el acto suicida de apuntarse a un gimnasio. Esta actitud me llevó a sufrir una época de, digamos, desconfianza, y aunque no sabía sabía de qué tenía que desconfiar exactamente este sentimiento, debido precisamente a su irracionalidad e imprecisión, me atormentaba día y noche.
Mientras ella florecía yo seguía siendo el mismo individuo desastrado, el perfecto ejemplo de una vida irreal, una planta de interior atrapada en una mente platónica, un cerebro de habichuela acomplejado por el negro crespón de la espalda. Frente a la majestuosa y honesta evolución de Laura yo me sentía un poney.
Fue ella la que me animó a convertirme en escritor. Como no tengo, ni pienso tener, el más mínimo talento para la ficción acabé escribiendo libros de autoayuda. Laura insinuaba que todos aquellos consejos parecían servir a todo el mundo menos a mí.
La transformación de Laura me produjo una especie de resentimiento que me llevó a perpetrar una serie de actos inexplicables de los que ahora me avergüenzo profundamente: arrancaba los botones de sus vestidos, metía piedras en sus zapatos, cuadriplicaba la dosis de de azúcar en cada comida. Ella empezó a mirarme como si tuviese lástima de mí, y es muy probable que así fuese. Así que, cuando me propuso visitar un centro de cirugía para exterminar el sombrío arbusto de mi espalda, consideré aquella sugerencia como la mayor ofensa que podía haberme infligido.
El simple hecho de que mecionase aquella sombra en mi espinazo me pareció una traición sin paliativos. Hasta ese momento su discreción y su silencio siempre habían sido exquisitos. Decidí abandonarla para siempre y en aquel momento imaginé que desaparecer después de un dramático portazo era el mejor de los principios. Paseando entre los árboles del parque mi corazón concibió una inmensa cólera, hasta que los árboles se terminaron y comprendí que había llegado el momento de enfrentarse al secreto de mi vida. Volví unas tres horas después, ella me esperaba en la puerta de casa. Al borde de las lágrimas le confesé todos aquellos despreciables actos de sabotaje que ella fingió ignorar.
Al día siguiente fuimos a una clínica dermatológica. Después de varias sesiones que se extendieron durante meses el láser consumó el exterminio. Una vez desprendido de aquella mancha pase unos días completamente aturdido. Pensé que el profundo dolor que me había acompañado durante años no podía corresponderse con una solución tan sencilla. Al desprenderme de los intratables pelos de mi espalda sentí un vacío tan intenso que ese vacío a punto estuvo de devorarme vivo, del mismo modo que durante años me habían devorado vivo mi cobardía y mi vergüenza. Laura me regaló una tabla de surf y un pequeño bañador, tan explícito que, al menor movimiento, todas las alegrías se me salían de su lugar natural.
Una semana después decidí visitar a mis padres. Mi madre había salido a merendar con unas amigas que conspiraban contra el universo alrededor de una magdalena. Encontré a mi padre en el salón maldiciendo un periódico que informaba de un músico famoso que había visitado a unos indígenas de la Amazonia para impulsar su carrera. Tenemos que hablar, dije. Estaba inclinado sobre una pequeña mesa y en ese momento pude ver su espalda, sin rastro de pelo, lisa y gastada como el mármol antiguo. No pienso pagar ninguna boda, ni ponerme uno de esos ridículos trajes de etiqueta que no estilizan una mierda, qué quieres decirme. No importa, dije. |
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