monólogos de depilacióN láser

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La venganza es un plato que se sirve rojo - Eva Lleonart(barcelona)

LA VENGANZA ES UN PLATO QUE SE SIRVE ROJO

 

Supongo que muchos de vosotros habréis probado la depilación láser. Yo también, es un gran invento. Bueno, siempre que no lo combinéis con la famosa crema que duerme la zona y disminuye el dolor. Sí, aquella que en un principio parece inofensiva.

 

Todavía recuerdo a mi amiga Montse, amiga entonces y ex amiga a raíz de aquello, engañándome con total naturalidad. Va muy bien, ya verás, te pones una capita, envuelves la zona con film transparente, el que se usa en la cocina, y la dejas actuar durante una hora. Después te la quitas con un poco de agua y jabón y ni te enteras de los pinchazos del láser. Es que ni te enteras, me repitió sonriente.

 

Así que el día de mi última sesión de láser, la de muslos e ingles, me encerré en el lavabo de la empresa donde trabajaba y me puse una capita en cada muslo. Y un poquito más para que la capa no fuera tan fina, que yo no aguanto nada el dolor. Luego una capita en las ingles y otro poco más, que las ingles son muy sensibles. Había gastado medio tubo de crema y como no la tendría que utilizar hasta dentro de seis meses, me puse también la otra mitad. Por si acaso.

 

Saqué el rollo de film del bolso y me precinté las piernas tensándolo para que quedara bien sujeto y no se escapara la capa gruesa de pomada que llevaba encima. Envolver las ingles me costó más porque al moverme el film se deslizaba, pero al envolver la ingle junto con la pierna y el cachete, lo conseguí.

 

Me puse los tejanos y volví a la oficina. ¿Os habéis fijado en el ruido que hace el film al frotarse entre sí? Zip, zip, zip, zip. Según Montse tenía que llevar la crema durante una hora, así que me acerqué lentamente a la mesa sin hacer demasiado ruido. Es importante saber que en estas condiciones lo mejor es no sentarse porque, por muy apretado que esté el film, la crema consigue escapar de él.

 

Zip…………..zip…………….zip……………zip…………..  y me senté.

 

Fue como apretar una butifarra cruda con piel. ¿Os lo imagináis? Pues eso, la dichosa pomada, que yo no sé para qué me puse tantísima, salió por arriba y por abajo. Por abajo aún, porque si me pringaba las rodillas, se me dormían y mojaba los pantalones, todavía. Pero por arriba la cosa se complicaba. Porque claro, pocas rutas tenía la crema al aplastarse y no caber en el film apretado no sé para qué tanto. No es que saliera mucha, pero algo sí salió y se fue directa a dormir lo que no tenía que dormir.

 

Me levanté rápidamente pero el desparrame de la crema ya había sucedido. Estuve una hora sin sentarme, yendo de aquí para allá despacito, como si estuviera pensando algo importante. Zip…………… zip,…………….zip…………………zip.

 

Por fin pasaron los sesenta minutos y entonces, para asegurarme que haría efecto, decidí dejármela puesta y esperar a quitármela en el bar cercano al centro de estética. Entre ir con el coche, peaje (iba a Barcelona), aparcar y llegar al bar tardaría unos tres cuartos de hora. Bien pensado, así la crema haría más efecto.

 

Y llegué al coche. Zip………zip……………..zip……………………zip……….. y me senté.

 

De nuevo la crema se desparramó. A mitad del trayecto las piernas me empezaron a picar y para cuando llegué al bar ya las tenía bien dormidas.

Me encerré en el lavabo y me quité los pantalones y el maldito film que me oprimía con fuerza. Tenía las piernas rojas, no sabia si de llevar dos horas la crema puesta o del film tan apretado. No me preocupé, estaba segura que al quitar la crema me volvería el color natural y la doctora no se daría cuenta de nada. Aquello era lo más importante, que la doctora, que me dijo que mejor no usar crema alguna, no supiera que la había probado.

 

Me puse agua y jabón y empecé a frotar con la toalla que llevaba preparada para la ocasión. No sentía el roce de la toalla, tenía los muslos completamente dormidos. A decir verdad, los muslos, las ingles y todo lo demás. Para mi sorpresa se formó una pasta cada vez más espesa según añadía agua y jabón. Yo seguía frotando con fuerza, la doctora no podía pillarme en mi mentira. Bien me podía haber advertido, la simpática de la Montse, que costaba tanto de quitar. De haberlo sabido me hubiera puesto menos.

 

Cuanto más frotaba más rojas se me ponían las piernas, como las tenía dormidas no me daba cuenta de que me las estaba desollando con la toalla. Maldiciendo a la traidora que me la había jugado, a la que nunca más haría caso, la pasta se fue diluyendo y conseguí acabar con la crema. El problema era que para entonces tenía las piernas como tomates y me picaban muchísimo.

Intenté orinar con aquello dormido, pero me ahorro los detalles del desastre de la experiencia, ya os lo podéis imaginar.

 

Volviendo al tema de la depilación, el siguiente momento incómodo fue verme estirada en la camilla blanca, sobre una toalla blanca con mis piernas de color rojo-morado. Ensayé la cara de aparente normalidad para cuando entrara la enfermera a rasurarme mientras pensaba posibles excusas ante un fenómeno tan extraño. Sólo me faltaba un letrero en la frente que dijera: “Sí, he utilizado la crema anestésica. Soy culpable”.

Llegó el temido momento y la joven enfermera entró. La sonrisa de sus buenas tardes se desdibujó cuando fijó los ojos en las piernas moradas. Con toda naturalidad le expliqué que me acababa de duchar y, sin pensarlo, me había puesto crema hidratante. Como creía que quizás fuera un inconveniente para la sesión, me la había quitado frotando con una toalla y, mucho me temía, había frotado demasiado.

Ella dejó caer un “claro, claro”, pero acabó de rasurar y todavía mantenía la cara de sorpresa. Por lo menos la pomada había hecho el efecto deseado, no noté la maquinilla, ni los dedos de la joven, ni el pincelito que utiliza para quitar los pelos cortados. De hecho, no notaba nada de nada.

 

Para mi suerte, aquella tarde la doctora no entró hasta que finalizó la sesión y lo único que comentó fue que la piel había tenido una buena reacción. Ni que decir tiene que no me dolió en absoluto y de vez en cuando fingía para que no me descubrieran.

 

Al día siguiente le agradecí a la arpía de la Montse sus consejos y le recomendé, con una amable sonrisa, que en su próxima sesión de láser se pusiera una capa bien gruesa de crema y, sobretodo, esperara unas tres horas con el film muy apretado para conseguir un mayor efecto anestésico.