monólogos de depilacióN láser

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Depilación total - Jose. V. Bau (Valencia)(valencia)

José Sanz, el que yo pensaba que era mi novio, aunque solo será el hijo del jefe de mi tia, salió por fin del hospital. Ocho meses de batallas legales y tres operaciones, en los últimos dos, habían sido necesarias, para salvar la vida de su hermano, Juan, que aún permanecerá meses en el hospital.

Lucía, un pelo largo... bueno de unos tres centímetros, pero acostumbrada a su cráneo pelado me pareció largo. Era extraño verlo con pelo ya que despreciaba las convenciones sociales, cosa que uno puede permitirse cuando es el hijo mayor de una de las principales familias del Territorio Corporativo, y pasaba de usar peluca.

Yo, preocupada y desconectada durante estos meses, tenía la misma, o parecida, mata de pelo bajo mi larga peluca rubia. Me invitó a ir al Zamarral, la principal zona de ciber en los finales de este siglo XXI en las afueras de Valencia. Mi tía me dejo ir pero con unos comentarios que me llevaron a discutir con él sobre si éramos o no pareja, aunque fuera en secreto.

Llegamos al Zamarral. Aún estaba enfadada por su negativa a decirme que era la única chica en su vida. Después de dos meses sin conectar, y al no haberlo previsto antes de salir, necesitaríamos pasar por la peluquería. Vi los letreros de una nueva, con grandes ofertas.

- ¿Habrá que cortarse el pelo? - comenté yo.

Él me ignoró, aduciendo que no lo necesitaba, aunque me dio cien euros, para afeitarme la cabeza y pagar la entrada del local de Ivan el loco, donde estaría conectado. Yo entré en la peluquería, atendida por un recio hombre completamente calvo, aunque barbudo, que bromeo sobre el botarate de mi novio, al dejarme ir sola por ahí. Pero fueron los comentarios de su compañera, o al menos eso pensé en su momento, pues es difícil en ocasiones identificar el sexo, con ausencia total de pelo, los que me llevaron a plantearme su propuesta de depilarme con laser, en lugar de afeitarme, pagándole “en carne”.

No me habría importado el que fuera mujer, pero cuando le pedí que me explicase lo de “en carne” me sorprendió al descubrir que era varón. Interpretó mi sorpresa ante el hecho como inocencia y fue bastante más explicito. Aunque no lo necesitaba lo deje explicarse y le iba a decir que no, cuando recordé, despechada, que José se había negado a decirme que era su única pareja. Acepté.

Me indico que entrara en la trastienda. Allí había una camilla y no la silla que yo esperaba. Yo protesté pues sólo quería la cabeza. Pero el me convenció, sin embargo, pues por una parte a él le gustaban completamente depiladas, y por otra estaba, ahora, de moda. Además pensaba que no sería mucho más tiempo, pues soy de poco pelo y él me aseguró que no tardaría más de dos horas, incluyendo el pago.

Me tumbé en la camilla. Me indico que abriera las piernas y así lo hice, momento en que me roció con un espray en las zonas más sensibles. Luego retiró una parte de la sabana de la camilla y aplicó un dispositivo, parecido a una aleta de tiburón, pero son ser hidrodinámico. Me empezó a cubrir de gel, desde los pies hacia arriba.   Cuando llegó al cuello pareció darse cuenta de algo y me tendió una gafas como las de natación pero oscuras. Me indicó que me tapará y cerrará los ojos, pues de lo contrario podía quedarme ciega.

Me puse las gafas y note como me untaba con gel toda la cara y la cabeza. Luego me pareció notar que la camilla se movía. Empecé a notar calor y picor por las piernas... ¡y eso que consideraba que tenía pocos pelillos! ...ese picor se convirtió rápidamente en escozor. Pensé que cuando llegara más arriba, a mi parte más sensible seria un infierno. Curiosamente no lo fue. Cuando el picor me empezaba a subir por la barriga fui consciente que no me sentía mis partes más intimas y me asusté un poco, aunque como me había dicho el chico me quedé quieta. El infierno llegó más tarde cuando empecé a notar el picor y el calor en los pezones y sobre todo en las axilas, cejas y cabeza.

Noté como se movía la camilla y oí nuevamente su voz pidiéndome que me diera la vuelta.

A duras penas me tumbé boca abajo en la camilla. Noté como me esparcía por la espalda, y el resto de mi parte posterior, el gel. Me avisó y la camilla volvió a moverse. Volví a sentir el calor, aunque en esta ocasión sólo fue molesto en la cabeza. Casi me arrepentí de haber aceptado cuando la camilla se movió de nuevo. Alguien me quito las gafas y me pasó un trapo húmedo por la cara mientras me decía que aún no abriera los ojos. Cuando me acabó de limpiar la cara y pude abrir los ojos me indicó el cuarto de una ducha tras unas puertas de cristal al acido.

Entre en el cuarto de ducha. Era un pequeño cubículo de menos de un metro por cada lado con paredes de espejo. Allí puede contemplar mi piel enrojecida, yo que suelo ser morena. No vi mandos y pregunté; "simplemente pídelo" fue la respuesta que oí, así que pronuncié:

- Agua.

Y empezó a manar agua fría de todas las esquinas y varias partes del techo. Esta agua rápidamente se hizo jabonosa y aproveche para frotarme. Por suerte, pues segundos después volvía a salir agua limpia. Terminé de enjuagarme poco antes que se acabara el agua. Salí toda chorreando, como me había indicado, sin secarme… Había limpiado la camilla y me indicó que me tumbara. Lo hice y empezó a aplicarme una crema hidratante que al principio me Escocia bastante, aunque rápidamente me aliviaba, pero no la noté cuando me la aplicó en las ingles. Luego me di la vuelta y me aplicó crepa por detrás. Cuando había acabado me pidió que abriera las piernas, sentada, para eliminar la anestesia. Aplicó otro espray y empecé a notar algo de cosquilleo entre las ingles.

Le pregunté por qué no me has aplicado eso en todo el cuerpo, pues en mi inglés, la parte más delicada no había sentido ninguna de las molestias que si sentí en el resto.

Su respuesta me hizo dudar, pues, según él, la anestesia limitaba los efectos de la maquina, y en las próximas vistas tendría, además, que usar una maquina manual para dejarlo perfecto.

Aun permanecí con él tres cuartos de hora más, "pagándole", antes de vestirme y salir en busca de José.

Al despedirme me indicó que no me diera el sol en un par de días. Llegué al local de Ivan. Este y José me saludaron entre bromas, sobre mi nuevo look. Me extraño pues la última vez, Ivan, me había visto afeitada. Luego caí en que no solo me habían eliminado el pelo de la cabeza, también el de las cejas. Pasadas las bromas me esperaba una sorpresa: en un paquete, José, me regalaba su red de jinete: la red de interfaz que puesta sobre la cabeza le permitía acceder directamente a Internet, sin ningún tipo de ordenador. Las llamaban implantes externos, pues hacían la misma función que los implantes, pero no eran fijas... ¡Y eran carísimas!

Le pregunté cómo pensaba conectarse él, pues era, que yo supiera, la única red que tenía. Él me indicó que con su implante de pulmón artificial tenía una conexión de acceso, por lo que ya no la necesitaba… y por ello podía ser de los pocos que tenían pelo en un local que al pasa la vista todos, o casi todos los que podía observar estaban como yo… Totalmente desprovistos de pelo.