¡No conforme con tu belleza intelectual de veinticuatro años que sabe latín, tu cabellera a la franqueza contemporánea de chica Mtv, tu figura Victoria’s secret, tu pintoresca piel sabor durazno y ese, tan exótico, lunar hirsuto bajo la barbilla, me has dado la sorpresa de la vida!
Cuando llamaste (con usual tono telegrama) diciendo: “voy para allá con una sorpresa… Llego en quince minutos”, jamás imaginé (esperaba la cajetilla de cigarros y la cena) verte con tremenda caja verde y moñito navideño. Lo primero en mi cabeza fue “ahora esta loca se le ha metido la idea de hacerme un hombre decente y me ha comprado un traje”. Para cuando sentí que aparte de grande la caja pesaba, mis expectativas cayeron y, ahora sí disfrutaba, con ese gustillo dulzón de los recuerdos felices, una segunda niñez a mis veintinueve años. Imaginaba (lo que todo hombre normal imagina en estos casos) algo modesto y pesado, un minicomponente que de alguna forma cupo en una caja tan delgada, un cajón de madera lleno de algo, un dvd gigante u otras cosas.
El caso es que la caja quedó hecha trisas y yo con la expresión atónita de “soy un cretino y no merezco una laptop, vida mía”. Reformista desinhibida corroboraste mi intuición con un zape al descuido y el rictus “me muero por besarte pero me aguanto para que me quieras más y aparte eres un imbécil que no presta atención”.
‑¿Y ahora qué hice?
‑¿Qué te habré visto: lo macho amanerado embutido en el poeta mercado? ¡Nada!, mmm…
‑Ándale, ya dime, para que puede disfrutar el regalote que me acabas de hacer y te empeñas en prolongar, como los pinches Reyes Magos con la bicicleta perdida por toda la vida, que me agarras en curva. ¿Sonaré como un adolescente? Compostura, Eric…
‑Tanto exigiste en que dilapidara la herencia familiar: este lunar afrodisíaco, para que ni te acuerdes. Como siempre, ¡sos un superficial con déficit de atención!
‑¿Se pintó el cabello? ¿Compró ropa nueva? Si te lo has vuelto a cortar la cabellera ya no podré volver a emular el gesto rebelde cortándome las melenas de cinco años. ¡Te depilaste, vidita!
‑Tarado: un poco más y tengo que señalarte mis gestos desinteresados y amorosos. Sí, me depilé; imbécil ¿cómo me veo? ¿No pondrán el grito en el cielo los hostigosos antepasados de mi padre por aniquilar con laser el exquisito prodigio de la naturaleza? Too late…
‑¡Divina! Con cierto aire juvenil. Ya sé que sólo tienes veinticuatro, pero con tu lunar había un dejillo de vejez y muerte. También un poco de me gustaba tu bigote pero era más bien un lunar bajo la barbilla. Ya no podré exhibirte como la nena más extravagante y delgada, ya no seré el que tiene el gusto estético más sofisticado, ya no seré el de la mujer al estilo infantil de Guido Anselmi en Otto E 1/2, ya no tendré a la bigotona más sabrosa del círculo de amigos con gustos peculiarmente lucidos…
‑Sí, definitivo: sos un superficial. Ven acá y abrázame.