Bolitas del infierno - Alejandro(lugo)

Perseguía a una cincuentona de piel mustia, acartonada, replegada, sucia, con cabellos como lombrices resecas colgando de un cesto de pescador de domingo, calle abajo cuando de pronto, en el cruce, sus carnes maduras dejaron de despertar mi interés, mudado entonces a una tienda de cosméticos. Pero tras una segunda mirada, más en profundidad, me di cuenta de que allí no había sino sombras de ojos anticuadas y pintalabios de fulana tacaña —de esto entiendo, qué coño—, de modo que seguí caminando, disfrutando del humo de los coches, de los eructos de un grupo de italianos asquerosos, del taconeo de las piernas rebosantes de varices de una anciana a la que un tipo —se me adelantó— ayudó a bajar las escaleras hacia un aparcamiento subterráneo.

            Pasé toda la mañana moviéndome de un lado para el otro, sin nada que hacer, sin importarme no tener nadaquehacer. Y hacia el mediodía, frente a un taller mecánico, en un segundo piso de un edificio antiguo y bien conservado, vi una clínica o consultorio o sala o tienda con un letrero bien grande que decía en letras pequeñitas y mesuradas: Corporación Capilar. Me toqué entonces el pecho y noté que sudaba —lo cierto es que sabía que sudaba antes de tocarme el pecho, pero aún así lo hice—, que de mis poros emanaban rancias y pútridas toxinas. Y, después de recomponer mis testículos dentro de su demacrada bolsa con un leve apretón, pensé: a las chavalas les gustan los huevos calvos. Y subí al segundo piso de aquel edificio de ventanas enormes y columnas dóricas secándome el sudor con un pañuelo para no parecer un indigente.

            ¿Cómo iba a decirle a la señorita que quería raparme los cojones?: ‘Vengo a darle un cepillado a los peludos’, o más formal ‘quisiera un cepillado en los peludos’, o más concreto ‘depiladme los huevos’ o más concreto a la par que formal ‘depílenme los huevos, si no es molestia’.

            La puerta estaba abierta y las luces eran blancas como un vómito mañanero y allí todo olía a talco. Estaba desierto, ni un alma; es verano, quién cojones se depila los huevos en pleno verano, eso se hace en primavera, pensé. Y di media vuelta. Decidí salir antes de que la enfermera o la ayudanta o la secretaria o la doctora —solo podía haber mujeres en aquel lugar de macetas regadas— me viesen, y así lo hice. Tenía hambre y fui directo a casa. Calenté una lasaña congelada, comí como un cerdo o como una mosca que devora mierda de un vaca enferma y fui al baño pensando que me cagaba. Falsa alarma: simplemente meé, largamente y con tedio, me toque los testículos y agarré unas pinzas viejas que había en el fondo del neceser, pegajosas, untadas de pasta de dientes. Las lavé fugazmente y me arranqué un pelo enorme y duro como un hilo dental de uno de mis delicados cojones. Cojones, dije, sin gritar, algo cabreado, algo aliviado también por no haber permitido que me tocasen ni un solo pelo, ni aún siendo con láser ni hostias.

 
         
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