Empieza un nuevo día, no quiero levantarme. Tengo todo el cuerpo magullado, me duele hasta respirar. Hago un esfuerzo sobrehumano, voy al cuarto de baño. Me miro fijamente en el espejo, veo reflejada mi imagen. No se corresponde en absoluto con una chica de mi edad. Intento arreglar mi rostro, envejecido prematuramente. Me peino mi larga cabellera ondulada, color miel.
Siempre me lo ha dicho; se enamoró de mí por mi cabello. Parecen tan lejanos esos momentos en los que me susurraba aquellas cosas al oído, acariciaba mi cabello lentamente mientras me decía que era el más bonito que había visto en su vida. Las cosas habían cambiado tanto desde entonces… Maldita melena, cuántos problemas me había traído. Pero ya no tenía por qué luchar, ¿para qué seguir viviendo?.
De repente las náuseas se apoderan de mí. Lo sospechaba. Saco el predictor de mi bolso. Pasados unos minutos cambia mi forma de ver la vida. Ya sí tengo algo por lo que luchar. No puedo darle a mi hijo la vida que estoy teniendo hasta ahora, esto no es vida. Abro el armario del baño, saco la máquina y me la paso por la cabeza. Mis largos mechones van cayendo poco a poco al lavabo, detrás de cada uno de ellos se van mis malos recuerdos, los celos, las palizas… ya son historia para mí. Cojo la maleta y tras un portazo dejo atrás mi vida.
Cuando llegue a casa sólo encontrará un recuerdo mío. La larga cabellera de la que se enamoró y que le hizo perder la cabeza.