Había preparado el encuentro como el guerrero que presagia la batalla perdida: angustiada y seducida por un deseo letárgico que me arrastraba a un destino ambivalente, lejano. Me deslizaba a lo desconocido. Creía que mis pasos eran una retahíla de recuerdos acercándome a la muerte, uno, dos, cada vez más distantes e incomprensiblemente más próximos a lo que parecía un abismo del que jamás saldría. Nunca imaginaría en toda una vida aquél episodio.
No recordaba cuándo había sido la última vez que voleé al cielo; en otros tiempos solía imaginar con las nubes, ahora me asaltaba la duda en medio de una noche iridiscente. ¿Se percataría que mi doncellez cuelga entre las deshonras de un lechuguino? Sí, seguro, ¿me aceptaría, el ingenio suplantaría la pasión milenaria de pureza?
Subía al taxi tan anhelante que no me importaban ya las miradas lascivas del vejete obeso. Bajé. Frente a mí un portón apolillado insinuaba nunca haberse cerrado, convidando a ladronzuelos o viajeros la sed y la muerte. Entré.
La habitación estaría apenas iluminada por luces rojizas y amarillas de un par de velas. Las flamas gravitaban entre desvanecerse y perdurar hipnóticas por el frío silbante colado entre las grietas del portón. Me sentía maniatada en un círculo pequeño. Más allá de los destellos, la penumbra cobija un pasillo insondable. Guindada entre el deseo y el terror me advertía carroña pestilente: mancillada. Lo desconocido, lo inmortal, el totem acercándose, emulando la razón positivista, a pisadas lentas e interminables. Tac, tac, tac…
Él: ¡Ave femine!
Yo: Te imaginaba diferente…
Él: Stulti stultos laudant
Yo: ¿Qué?...
Él: Es imposible terminar siendo como los otros creen que uno es…
Yo: No lo sé, creía que eras un poco más etéreo quizá. No, más bien sofisticado y lamiño…
Él: “Quem si puellarum insereres choro,/ mire sagaces fallaret hospites/ discrimen obscurum, solutis/ crinibius, ambiguique vultu…”
Yo: Supongo… ¡Pero por la memoria de Fausto y don Juan!
Él: Servus non sum, sed dominus.
Yo: Cómo sea, pero usted que sabe de esto, ¿cuándo se ha visto que uno de su tipo sea tan encrespado?
Él: Decidme, ¿cuándo has visto a otro como yo?
Yo: Hay varios. Los mejores están en Bram Stocker, Friedrich Wilhelm Murnau y Melmoth…
Él: Recordáis Monique, esto no es un refrito jolivudence. Ni hallareis en mí a un Brad Pill, Tom Cruise o Antonio Banderas, ni menos analogías al bestseller system Anne Rice. No confundáis formas. Te tenet, absentes alios suspirat amores.
Yo: Sí, lo recuerdo. ¡Pero tratar de tomarme el pelo así es el colmo! En mi vida imaginaba un vampiro erizado y greñudo. Morel, Maldoror, estarán revolcándose en la tumba…
No resistía más, pese a todas mis expectativas derrumbabas, me entregaría, como el suicida que sabe las acritudes de una cuerda endeble, estupefacta con el cuello desnudo palpitando deseo. Advertía en su mirada que el éxtasis sanguinolento se reservaría. Esperaba escuchar: “Ni tú eres Clarissa, ni Kate Beckinsale”, en cambio silencio. Me arrojé a sus brazos, besándole concupiscente.
Ahora, él me desayuna todas las noches aplicándome sangrías con alfileres y popotes, el muy desgraciado se ha empeñado, temeroso aún, en negarme la eternidad mortecina. Pero la mañana cambia el orden de las cosas, me divierto como loca depilándole con láser y, a veces, cuando estoy de malas, con cera las barbas y los pelos de las piernas. Éste me había creído tan tonta como tragarme el cuento ese de “porque no hay reflejo no me afeito”.