Era un día de calma climatológica, de enorme calma de primavera. Para mí una jornada de trabajo como tantas otras, viajando de una ciudad a otra. Había amanecido en Alicante, donde había tenido un desayuno de trabajo denso y productivo, y ahora me dirigía en mi coche hacia Valencia. Allí me esperaba una tarde de reuniones, negociaciones y seguro que más de un disgusto. Pero, como en otras ocasiones, para relajar el espíritu, decidí salir de la autopista y buscar un punto que, desde la orilla, me diera la calma del mar. Fue cuando, de forma totalmente casual, llegué a aquellas calas mediterráneas que me embelesaron y conquistaron irremediablemente. La Cala de la Luna me recibió con sus rocas abiertas y desnudas; con sus olas acariciadoras y susurrantes. De repente sentí como se paraba el tiempo. Allí estaba yo, frente al mar. Solo. Solo en una playa de aquel mar de playas inundadas de turistas pero que en este momento me regalaba la soledad de un tiempo de silencio y paz. No lo dudé un segundo. Me desnudé, me estiré desesperezándome y dí unos cuantos pasos por la orilla. Todo el aire me entró por mis poros y con él, toda la serenidad y las sensaciones que buscaba. Fue entonces cuando me dí cuenta que la experiencia era diferente a la de otras ocasiones similares, y esbozé sin darme cuenta una sonrisa. Miré mi cuerpo y me dí cuenta que era la primera ocasión en que depilado me desnudaba al aire libre. Miré mi cuerpo y lo sentí más. Y lo sentí más hermoso, más limpio. Había menos intermediarios entre mi piel y el viento. Entre mi piel y el mar.
Brinqué, corrí y me lancé a las olas. Disfruté y me olvidé del mundo y de los problemas. Me sorprendí a mí mismo riendo de felicidad. El agua llegaba a cada rincón de mi piel y esa sensación de desnudez de otras ocasiones era hoy una doble desnudez, más real, más natural.
Creo que pasaron varios minutos así porque cuando iba a salir del agua miré a la orilla y había cambiado el paisaje. Mientras yo me entregaba a mi relajación entre las olas habían llegado varias personas a la Cala. Dos amigas estaban tumbadas boca arriba intentando absorver aquel sol de primavera. Y más allá una pareja, ella y él, avanzaban todavía en busca de un lugar donde situarse. Menos mal que, por casualidad, constaté que se trataba de una zona naturista y mi desnudo no causaba ningún escándalo. Así que salí del mar y salpicando con mis pies avancé por la orilla hacia la arena. Fue entonces cuando ocurrió algo que me descolocó. Aquellas dos mujeres se fijaron en mi cuerpo totalmente depilado. Yo reaccioné con un ataque de pudor desmedido que echó por bajo todas las sensaciones positivas que había tenido minutos antes. Lo pasé mal y los metros que separaron la orilla de donde estaba mi ropa me parecieron eternos. Al llegar me senté sobre la arena para disimular estupidamente. Me disgustó mucho aquella situación, muchísimo. Mis emociones se precipitaron y mi alma se llenó de verguenzas.
Pero, afortunadamente, todo puede cambiar en un segundo. Aquella pareja recien llegada a la playa, que estaba acomodando sus bolsas y sus toallas sobre la arena, había terminado de desnudarse. Y cuando lo hicieron, ambos aparecieron tan huérfanos de pelos como yo. Una depilación total y absoluta que dejaba ver dos cuerpos hermosos, equilibrados y limpios. Entonces, esas sensaciones que me habían atacado se desvanecieron y mis pudores con ellos. Es más, volví al mar, paseé por la orilla y me sentí mejor que nunca.
Lo cierto es que la primavera siguió y luego llegó el verano. Pero aquella experiencia fue una auténtica lección para mí. Estuve en otras playas, solo y con mi novia. Y nunca volví a sentir aquella estúpida y desastrosa sensación. Lucí mi cuerpo y mi depilación y creo que empujé, sin saberlo, a que muchos de los que mi miraban se depilaran posteriormente. El mar, la arena, el sol y todo lo que me rodeaba tiene ya muchos menos intermediaros con mi piel.