Ana estaba nerviosa como un pavo en Nochebuena. En pocos minutos llegaría su clienta y todavía dudaba de que fuera a ser capaz de aguantar el tipo cuando la tuviera cerca. Cuando sintiera su piel con la punta de sus dedos y su pelo se exhibiera frente a ella como una cascada chorreando por la camilla. Aún se preguntaba cómo había tenido el valor o la mala cabeza de haber aceptado aquella cita, pero la realidad le voceaba que ya no había marcha atrás.
"¡Ana, la chica de las 12!", qué desagradable le resultó la voz de su compañera anunciando la llegada.
"Voy... ". Sintió que la voz no quería salir de su cuerpo. Estaba nerviosa, preocupada, furiosa.
Avanzó por el pasillo escudriñada por su bata blanca y sintió que toda la sangre se agolpaba en su cabeza cuando la vio frente a ella. La primera impresión fue mala. Nunca le había gustado las mujeres con los labios delgados, le transmitían desconfianza. Tenía las cejas perfectamente delineadas, pero formaban un arco demasiado pronunciado para su gusto. Su pelo sí era precioso, espeso y fuerte, con un brillo espectacular. Era lo mejor de ella, sin duda, ya que, aunque delgada, su silueta no era nada llamativa. Quizá si sus pechos no hubieran sido tan diminutos daría más el pego.
"¡Hola! Pasa por aquí, por favor."
Ana se había desprendido de todos sus temores, empujada seguramente por la visión de aquella chica, una mujer normal al fin y al cabo. Estaba plenamente convencida de que había tomado la mejor decisión al aceptar poner a esa clienta en sus manos, segura de que iba a disfrutar el tiempo que iba a pasar junto a ella.
"Quiero hacerme algo especial en el pubis...para Jorge, mi chico", acompañó la nefasta frase con una insolente sonrisa pícara.
Ana sintió un calambre que empezaba en su estómago y acabada en todo el medio de su cerebro, atravesándola como un pincho moruno. Aún así, intentó por todos los medios mantener la compostura.
"¡Ah, ah! Pero nada de brasileña; me ha dicho mi amiga Piluca que está pasadísima de moda". En momentos así, Ana se preguntaba qué demonios había visto en ella.
"Tenemos estudio de piercings y tatuajes", cruzó los dedos para que no eligiera esa opción. "Si quieres te enseño algunos diseños..." La otra negaba con la cabeza.
"Hagamos una cosa: depílame el pubis y deja mi nombre en relieve, así, como si fuera un seto". Había dicho semejante cosa sin parpadear. "Eva, me llamo Eva".
Ana se puso manos a la obra. Le temblaron los dedos al primer contacto con su piel pero se serenó al instante. Quería esmerarse, que el trabajo quedara perfecto, aún a sabiendas de que Eva nunca, jamás, volvería a ponerse en sus manos.
Había sido media hora interminable en la que había experimentado un raudal de sensaciones diferentes. Había odiado cada minuto y sin embargo lo había paladeado como nunca. El trabajo había acabado. Ana se levantó con firmeza, se lavó las manos en la pileta que tenía junto a la camilla y le ofreció a su clienta un espejo redondo para que viera su trabajo.
"¿¿ "Ana"?? ¡Aquí pone Ana! Te he dicho Eva, me llamo Eva, E-V-A!!". La chica estaba completamente fuera de sí.
"Sí, lo sé", respondió Ana con serenidad. "Ana soy yo, A-N-A, y Jorge... Jorge es mi novio... Zorra".