Metempsicosis - Edwin V.(lima)

 

El trapicheo, ese rigor que me hace desvivirme en la jungla de cemento a la que pertenezco, me hace también sudar mucho. Contra los síntomas convencionales de que sudar no produce sino el mal aspecto de alguien que como yo tiene que ganarse la vida de sol a sol imbuido en la informalidad ambulatoria, a mí me pasa una cosa curiosa. Resulta que ya sea invierno, o verano, y mucho más en esta última estación, casa vez que sudo, y últimamente lo hago con profusión, me salen unos pelos finos que con el correr de los días y acicateados por el viento se vuelven duros. Al principio tuve que recurrir al método típico de agarrar una hoja de afeitar y pasármelo para derruir ese inconveniente piloso. Al no ver resultados recurrí a un curandero que me dio unas piedras “rasca-rasca”. “Cada vez que tomes un baño te frotaras con éstas”, me dijo. Como es un reputado de la medicina natural, hice tal cual. Al principio funcionó, pero luego mi situación en vez de ser como antes, empeoró. De cada folículo en vez de salirme uno, comenzaron a salirme varios pelos y con mayor rapidez. Estaba desconcertado. Todas las mañanas antes de salir a trabajar me rasuraba las partes visibles: mis manos, mi cara y la parte del gargüero. Yo tenía mi radio de acción en un lugar en el que permanecía un corto tiempo pues al rato de haber llegado todo lampiño, ya los indeseables brotes estaban irrumpiendo en mi piel, convirtiéndome para la tarde en un barbón hippie.
 
Era horrible pasar por el cuchicheo de algunas personas. ¿Qué cosa ya se creerá? ¿Un yeti?, se reían y se marchaban dejándome con la flecha incrustada de sus chanzas. Supliqué pues al curandero que recurriera a una cura más efectiva. Mi vida y mi futuro pendían de la solución que él me brindara. “¿Qué raro tu caso? Esto ya no tiene su causa en algo normal. Veré”, me dijo. A mi novia, dispuesto a no ocultárselo más, le conté una tarde todo lo que me acontecía. No se desentendió como yo pensé, sino más bien se sensibilizó, “Vamos donde los especialistas, esos que tienen que ver con la capilaridad, ellos sabrán qué hacer contigo”. Desde luego que le minimicé la gravedad de mi caso por eso ella lo tomaba como una minucia que en un periquete se solucionaría en la clínica de la belleza a la que acudimos. “¿Sólo dígame algo, usted me asegura que después de hacerme la depilación, no volverán a crecerme los vellos?”, le pregunté al especialista. Éste asintió. Claro que me iba a costar más de lo que yo podía ganar en meses, pero para eso estaban los ahorros, además me aseguré de que en caso no ocurriese tal cual me estaban ofreciendo, automáticamente tendrían que devolverme el dinero. No dije más, y me fui regresando a los dos días. La sesión que tuvo lugar en un espacio apartado, casi ni la sentí. “Ya ves, te dije que eso era solucionable”, me dijo mi novia. Si bien sentía como si mi piel hubiera sido completamente remozada, expedita incluso para contrarrestar los efectos del sudor, verdadero causante de mi infortunio, yo todavía andaba escéptico. Además mi cara era el conejillo de indias, si funcionaba allí procedería a hacérmelo en el resto del cuerpo, que estaba hecho un enmarañamiento. Llegando a casa estuve temeroso de que mi novia, con lo apasionada que a veces es, buscara intimidad. Si descubría mi pelambre hecho todo un revoltijo, seguramente lanzaría el alarido más estrepitoso de los que nunca, ni siquiera cuando me pilló masturbándome con la foto de una de sus amigas, había lanzado.
 
Me fui pues los siguientes días a retomar mi trabajo con todas mis mercancías esperándome quietitas en las dos maletas en las que yo las transportaba. Me sorprendió que todo marchara bien. Los días críticos serían siete, ya iba por el tercero y el asomo de algún vello era nulo. Aun así, estaba con una moqueta ansiosa cubriéndome. El curandero me había dejado una nota al no encontrarme. “Es preciso que tomes esta infusión, si no lo haces lo lamentarás”. Mi novia siempre se había referido a él como un charlatán. Como me había fallado con eso de las piedras rasca-rasca, yo también lo comencé a creer, así que no le hice caso. Cumplidos los siete días, me di por satisfecho, y agradecí a las ciencias estéticas el que mi cara estuviera intacta. Ahora nomás faltaba el resto de mi cuerpo, y faltaba también un buen tanqueo a mi bolsillo, bastante alicaído. Cuanto más predispuesto estaba a trabajar duro para reunir el dinero, una tembladera me sobreseyó. Estaba en plena calle, la resolana caía por mis costados, mi sombra a contra luz se levantaba como si fuera un capullo negruzco del cual se desprendían unas flecos toscos que me rodeaban apretujándome con escozores indecibles. Una voz salió a flote, “No escuchaste la advertencia, ahora pagarás las consecuencias”. Yo no lo entendía, ¿qué es lo que pasaba? Sudaba como si fuera un tipo a quien la piel se le estuviera derritiendo, encargándose el subsuelo de succionarme. “Sufre ahora por desobediente”, me decía la voz. Y mientras mi yo humano desaparecía, los flecos se plegaban a mi otro ser que renacía como un cogollo que se iba haciendo cada vez más grande y peludo. Al principio pensé que sería algo así como una transmutación que me llevaría a adoptar la forma de un licántropo. Me atemoricé de tan solo pensar que me convertiría en esa clase de bestia. “El brebaje que te di era un antídoto contra el conjuro que te han mandado desde el mundo suprahumano por haber sido un incestuoso”, se interpuso otra voz, a la que sí reconocí, era del curandero. Creí que estaba en modorra, y que un mal sueño me aquejaba. No era así, lo podía notar porque a lo ancho de un pretil veía el mundo tal cual era, tal cual se desenvolvía, era mi mundo, el de mi rutina de siempre, con esas cabezas topónimas que representaban el mestizaje de las regiones orientales, occidentales, septentrionales y meridionales de mi país. “¿Incestuoso? Ni siquiera tengo primas, mucho menos hermanas, y con mi madre o mis tías, de tan solo pensar que caería en esa horridez me dan retortijones”. “Calla —me dijo con tiesura— en tus vidas anteriores lo fuiste”, y desapareció.
 
No supe más, al recuperar el conocimiento, en el rellano de un centro recreacional con hartos niños, y un estanque a mi lado, yo estaba atado a una estaca. De toda la guedeja que me cubría, ya solo me quedaba un ligero pelaje color ceniciento. Sentía toqueteos en mi vientre convertirse en interminables cosquilleos, movía mis orejas en señal de agrado. Viré mi cabeza de un lado a otro tratando de reconocer el paisaje. Un portero vestido de overol se acercó y me tiró una estopa de briznas trinchudas, diciéndome “Porque así lo pagan los manchados”. Procedió luego a espolear a los niños para que se fueran de mi lado. Se me hizo apetecible lo que me había tirado. Contravenía mi racionalidad aquello, pero qué le podía hacer, se me hacía inevitable. Me abalancé, probé del bocado tímidamente. “Usha, usha —me dijo el portero antes de darle de lleno a la deglución—, mira hacia allá”. Me señaló en dirección oeste: a unos metros caminaba mi novia del brazo de un tipo con pinta andrógina. Me arrebaté, un varapalo me contuvo de salir disparado a embestir a su acompañante. “Usha, usha, qué pues haces, tú ya no eres de este mundo”. La behetría se posicionó. “Anda, por qué no te ves”, me azuzó señalándome las aguas del estanque. Me dirigí, la forma más animalizada que había podido adquirir me azoró tanto que otro de los varapalos del conserje me tuvo que calmar. “Ya, ya, vaya a comerse su ración, que esquilmarlo no me ha llevado por gusto a tomarme mi tiempo, zoquete animal”. La estética paisajística se fue tragando de a pocos mi discernimiento. “Tú en vez de heno comerás todos los días tu propio pelo, el cual te crecerá durante el día, y te será cortado por la tarde, momento en el cual serás exhibido ante el público, así pues literalmente comerás del sudor de tu cuerpo, porque será tu transpiración la que hará crecer tu pelaje, fiambre tuyo de por vida”, fue la sentencia de aquella voz etérea. “Porque todo pecado se paga, tarde o temprano”, añadió. Agaché entonces mi testuz, el conserje seguía observándome con la llama estampada en sus pupilas de querer seguir dándome más varapalos. Un rebuzno fue mi lamento hecho respuesta mientras la tarde se iba yendo proyectando débilmente mi nueva sombra.

 
         
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