LAS TIRAS MAGICAS - JOSE LUIS NAJENSON(no hay is)

LAS TIRAS MAGICAS

 

Prefacio

 

Nunca me imaginé que escribiría  un cuento sobre la depilación. Pocas veces envío obras de mi autoría a concursos y, cuando lo hago, escojo aquéllos de tema libre. Luego abro el cajón, harto más abarrotado que “cajón de sastre”, y elijo algún texto que se adecúe a las bases si es que lo tengo. Jamás redacto un nuevo relato o poema de ex-profeso para un determinado certamen.

 

En este caso sucedió que, hace muchos años, yo había escrito un borrador sobre cierto hecho curioso acaecido en mi pueblo natal “Santa María del Sur”, un villorrio perdido en la pampa; pero, como todos, espejo y micromundo de las pasiones humanas universales, empezando por la concupiscencia que es, según sacras fuentes, uno de los pecados capitales. Yo prefiero, sin embargo, reservar para la lujuria ese oneroso cargo que, según el “mataburros” de la RAE significa “el uso ilícito o apetito desordenado de los deleites carnales; dejando para la concupiscencia un sentimiento menos burdo y primitivo, y más general: “el deseo de todos los placeres terrenales”, incluídos los de la alcoba. Y, sin duda, desde sus comienzos, la depilación, y sobre todo la tradicional, tiene mucho que ver con esta última. Baste recordar la depilación puntual, vello por vello, de las sacerdotizas que ejercían la prostitución sagrada en Creta o las hetairas griegas, que hacían de ello uno de sus encantos imprescindibles.

 

Mi privilegiada profesión de boticario (por lo menos en algo me parezco a León Felipe), de la cual he obtenido valiosa inspiración para mi escritura, me permitió ser testigo, e incluso actor, en un suceso extraordinario de la temprana historia de la depilación. Digo historia, porque hay una larga “prehistoria” de esa operación, no sólo estética sino a menudo ritual, como en uno de los ejemplos que hemos dado, signada por el uso de cuchillos y pinzas u otros instrumentos filosos de hueso, piedra o metal. La “historia” comienza, a mi juicio, recién con la propagación masiva de las tiras depilatorias, mucho menos complicadas y más eficaces que la depilación clásica a base de “raederas”, o el antedicho sistema del tirón. Las mujeres (y a veces los hombres, como algunos gladiadores) de esas épocas, sufrían verdaderas torturas arrancándose los vellos uno a uno o rayendo la piel hasta dejarla lastimada.

 

Los vellos sobre labios femeninos que, al afeitarse (y por más afeites que se usaran), se convertían paulatinamente en bigotes, se tornaban invisibles con la nueva técnica de las “tiras mágicas”, y lo mismo podría decirse de los odiados pelos en otras partes del cuerpo, al menos por un tiempo, hasta que volvían a crecer. La inquietante situación que voy a narrar ocurrió, como se ha dicho, en Santa María del Sur, paraje asolado por el pampero, viento caluroso y polvoriento en verano y helado en invierno. Pero la peor plaga de esta última estación era la lluvia, que convertía al villorrio y a los caminos de tierra que conducían a él en un pantano impasable, incluso para caballos y carretones. Como el lugar aún carecía de estación ferroviaria, en la época de torrenciales quedaba  totalmente aislado del mundo. Aclaro esto porque el clima tuvo mucho que ver con lo acontecido.

 

Siendo el otoño la más aceptable de las estaciones, porque el pampero ya no arrastra polvo y las lluvias fuertes todavía no comienzan, entre abril y julio se llevan a cabo todas las actividades públicas que dependen de incumbentes externos: llegan los circos de la legua, el biógrafo (cine) funciona todos los fines de semana, y se realizan los remates de hacienda con sus asados pantagruélicos, que son por sí mismos celebraciones.

 

 

* * *

 

Una tarde de mayo de hace más de medio siglo, cuando estaba por cerrar la botica, entró corriendo Ña Eleuteria, la “Madama” del burdel del pueblo, sito en las afueras, con el rostro arrebolado por la carrera. Para los cánones estéticos de la época era una mujer atractiva: robusta sin ser gorda, generosos pechos, macizas nalgas y anchos labios sensuales acentuados por el exagerado toque de carmín. La única “feeza” visible, que amenguaba la hermosura de sus rasgos faciales, era el vello bajo la nariz, que parecía un cuidado bigotillo a la mexicana.

 

-         Vengo por esas tiras nuevas, que dicen que sacan el vello. No importa cuanto cuesten – dijo casi sin resuello.

-         ¿Sabe Ud. aplicarlas? –le pregunté colocando el cartel de “cerrado” en la puerta.

-         No, pero podrá enseñarme, ¿verdad?

-         Con mucho gusto, pasemos a la trastienda.

 

Esta parecía el laboratorio de un alquimista, nuestros esotéricos antepasados, porque en ese entonces uno debía preparar muchas de los remedios aún no comercializados, e incluso tenía una camilla y un sillón de dentista, ya que uno tenía que hacer a veces también de sacamuelas.

 

La hice sentar en aquél y la bañé con la luz intensa del foco para extracciones dentales.

 

-         Cierre los ojos y permítame medir la distancia- Con una pequeña regla calculé la

       longitud que debería tener la tira y, después de aplicar una pasta  que aliviaría un

       poco el dolor, le mostré cómo cortar la tira y aplicarla a la piel. Luego traje un

       espejo y lo monté frente a ella, para que viese cómo se hacía el final de la

       operación. Y casi sin que se diera cuenta, arranqué de un solo tirón el emplasto.

       Por último, limpié el sitio con un algodón mojado en alcohol y le pasé el espejo.

       Quedó maravillada del resultado que, debo confesarlo, me impactó a mí también;

        porque ahora no sólo se veía atractiva sino bella. Así se lo dije, y ella sonrió

        con picardía mientras se alzaba el vestido, suplicándome:

 

-         También las piernas por favor...

 

 

Yo era joven y soltero entonces, y bastante ingenuo, pero no lo suficiente como para dejar pasar esa oportunidad. Le pedí que se acostara en la camilla y procedí meticulosamente, decímetro por decímetro hasta que no hubo rastro de vellosidad, salvo donde era natural. La proximidad de su cuerpo y el toqueteo indispensable me enervaron de tal modo que, no sin su sutil colaboración, pasó lo que tenía que pasar. Antes de irse, mientras fumábamos un cigarrillo a medias, me contó el porqué de la urgencia:

 

-         En el fondo es una historia de amor. Una de mis internas y el trapecista del circo

legüero se enamoraron  “a primera vista”, como dicen, y ella necesita las “tiras mágicas”para esta noche, que es la de su compromiso. Ambos se casarán, si Dios quiere, el próximo otoño cuando vuelva el circo. Pero el problema de mi pupila no es sólo sobre el labio y en las piernas, sino también en las mejillas y el resto del cuerpo, desde el cuello hasta los pies, incluyendo los brazos y la espalda. Me consta que eso le pasó por haberse afeitado. Ella supone que esta noche el novio tratará de conocerla íntimamente y por eso está desesperada. Pero no hace falta que Ud. venga, yo he aprendido a hacerlo, gracias a que tuve un buen maestro...

 

Le dí todas las tiras que tenía en la botica y me negué a aceptar dinero por ellas.

 

-         Ya me ha pagado de antemano -la piropié *- con su belleza-. Y me pareció que

       esta vez se ruborizaba de verdad y no por la agitación. Cuando le daba el “beso

       del estribo”, cayó el Angelus.

 

                                                               * * *

 

* piropo: requiebro, cumplido

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                          II

 

Más de un año después, en pleno julio, en medio de un temporal que duraba ya varios días, volvió Ña Eleuteria a la botica, acompañada de otra mujer, y dijo a boca de jarro:

 

-         Le presento a María de de los Angeles, la que recibió sus tiras mágicas el

      otoño pasado. Esta noche se casa y las necesita de nuevo. Nos llevaremos todas

       las que pueda darnos, para su luna de miel y algún tiempo más.

 

Las miré tristemente, diciendo:

 

-         Se acabaron hace tres días y la tormenta bloqueó los caminos. El ómnibus que las

      traía  no podrá pasar, quién sabe hasta cuándo...

 

La pupila rompió a llorar como una Magdalena:

 

-         ¿Y ahora qué haré? El no qerrá llevarme consigo, se sentirá engañado. El circo llegó hasta el pueblo sólo por mí, no alzará la carpa ni abrá función alguna.-La mujer se mesaba los cabellos con desesperación.

 

De repente, se sacó el vestido y quedó desnuda. Parecía una lobizona, como las del cuento que narran las abuelas para asustar a los niños, creyendo que así se duermen. Tenía pelos hasta en las nalgas. Fuera de eso, la mujer no era menos bonita que su Madama. Preparé el mate para consolarla y, mientras Ña Eleuteria lo cebaba, me exprimí los sesos en busca de una solución.

 

-         Les parecerá raro lo que voy a proponer, les dije al fin, pero no veo otra

      alternativa: hacerle una visita a Doña Murcia, la curandera. Sé que esto suena

      como el colmo de un boticario, pero no se me ocurre nada mejor. La he visto

      hacer maravillas, y, de cuando en cuando, le mando algún caso grave que el  

      médico ya ha desahuciado.

 

-         Pero doña Murcia no es sólo curandera sino también bruja...Nos pedirá el alma

      por apenas intentarlo...-María volvió a llorar sobre el mate y sus lágrimas salaron

      la yerba.

 

-         ¿Y si le hace daño?, terció Ña Eleuteria, que no las tenía todas consigo.

 

-         ¡Pamplinas! -Me apresuré a tranquilizarlas- ella no es bruja sino maga, y nada

      perdemos al consultarla.

 

Obtenido su consentimiento y el beneplácito a regañadientes de la Madama, partimos hacia la casa de Doña Murcia, que estaba al borde de la cañada, justo en el lado opuesto al prostíbulo.

 

Tuvimos que dar un largo rodeo para no ser vistos, y finalmente llegamos  a  su rancho, transfigurado por la luna. Parecía una tapera fantasma, pero el leve brillo del rescoldo de la chimenea se filtraba bajo la puerta. Doña Murcia era una mujer de edad indefinible, ojos achinados y una larga melena azabache que se confundía con la noche.

 

Sin decir palabra, María de los Angeles se desnudó, como lo había hecho en la trastienda de la botica, para que la curandera viese de qué se trataba, y Ña Eleuteria le explicó el porqué de la premura. Se quedó pensativa un rato, luego sacó un antiguo tratado en latín de su repleta estantería y estuvo hojeándolo unos minutos.

 

-         Hay una sola forma -Doña Murcia acarició el cabello de María- pero tendrás

      que tener mucho coraje y confianza en mí...

 

-         Haré lo que sea -contestó la joven con determinación.

 

-         ¿De qué se trata? –preguntó Ña Eleuteria con una nota de aprensión en la voz.

 

-         De quemar los pelos. Pero no sentirá dolor, y sólo hace falta valor para soportar el calor sofocante del fuego.

 

-         ¿Y si falla? –Yo siempre aludía al peor escenario, por razón y conjuro.

 

-         No fallará. No debe moverse, ése es todo el secreto, si se queda quieta no hay ningún problema. Lo he probado otras veces.-Y dirigiéndose a María: ¿te animás a hacerlo?

 

-         ¡Me animo a todo! –exclamó María con presteza.

 

-         ¡Bravo! Para animarte te diré que a este ungüento lo usaban las mujeres de antaño en estas mismas pampas, falsamente acusadas de brujas, para que el fuego no les hiciera daño.

 

-         ¿Es magia?-insistió Ña Eleuteria, que no podía ocultar su temor.

 

-         Mitad magia y mitad ciencia –dijo la curandera guiñándome un ojo, aunque no figure en los catálogos del Señor Boticario...

 

Le devolví el guiño, contestándole:

 

-         Ya sabe que yo confío en Usted.

 

-         Gracias...-murmuró, y puso manos a la obra.

 

Llevó a María a la camilla  y comezó a cantar una letanía en voz muy baja, mientras preparaba una pócima con olor a hierbabuena.

 

-         Esto te va a ayudar, sólo te adormecerá un poco. Debes tomártelo todo –susurró al

      oído de María. Ella se lo bebió de un trago, sin hesitar, y Doña Murcia cebó mate

      hasta que el brebaje hizo efecto.

 

Después desparramó sobre toda la piel de la joven, desde la frente para abajo, un espeso ungüento que guardaba en una vejiga de cerdo, y cebó otros cuantos mates hasta que aquél se convirtió en una capa dura y resistente. Hecho esto se encerró en su trastienda a preparar el unto secreto que detendría el poder del fuego. En el interín, Ña Eleuteria siguió cebando mate, y María se durmió como una santa.

 

Al cabo de un largo rato volvió Doña Murcia trayendo una retorta con un líquido rojo escarlata, que vertió sobre el cuerpo de María, por ambos lados, desparramándolo con un pincel. Finalmente, y como disfrutando de nuestra expectación, le prendió fuego. Este pronto cubrió la superficie pintada de rojo y acabó con toda pilosidad, en tanto María se retorcía en sueños, y también al despertarse, como si estuviera padeciendo un auto sacramental. Pero después que todo hubo acabado, y de haberse dado un chapuzón en el arroyo que pasaba junto el rancho, todos pudimos comprobar que no había sufrido quemadura alguna, y que se veía lampiña como una india. Maravillada y agradecida,  se acercó a Doña Murcia y le besó las manos. Esa noche todos fuimos al casorio, en la iglesia, y creo que jamás he visto una novia tan feliz ni enamorada.

 

María de los Angeles se unió al circo ambulante, y al cabo de un tiempo, como nos contó  ella misma más tarde, le volvieron a crecer los pelos sin que hubiesen pasado, todavía, por un pueblo lo suficientemente grande como para que tuviera una botica y ella pudiese conseguir las tiras mágicas. Jugándose el todo por el todo le contó a su marido lo que había pasado, jurándole que pronto volvería a ser como era antes.

 

Para su sorpresa, el hombre le rogó que no hiciera tal cosa otra vez, porque a él le gustaba más así como ella estaba ahora, con toda la pelambre.

 

-         Mi primera mujer, fallecida hace algunoa años, -le confesó radiante- era como

      vos. Y desde que murió no hemos podido encontrar otra Mujer Barbuda. Ya es

      hora de que yo y el circo la tengamos...

 

 

                                                              * * *

 

 
         
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