YANG EN LA MONTAÑA. - Ginés Mulero Caparrós(barcelona)

El joven monje Yang de túnica naranja y morada mira al Universo desde lo más alto de la Montaña de Tanggula, a 5.072 metros sobre el nivel del mar, en el Tíbet. Ha subido a meditar. Su maestro le ha querido enseñar el arte de la paciencia y él, desoyendo, quiere respirarlo rápido, con la impaciencia briosa que da la juventud. Se rasuró la cabeza al partir del monasterio dejando su cráneo pulido y brillante, se afeitó la barba apurando las raíces y ahora que ha llegado a la cumbre toma conciencia de que le ha crecido con violencia una melena imponente que ondea al viento como una bandera que detesta y también le ha crecido con vehemencia una barba pomposa salpicada de minúsculos copos, una barba que abarca casi todo el rostro dejando sólo los ojos a la vista, unos ojos negros encendidos como el fuego que indaga. Yang piensa que sólo en la cabeza se están volteando más de cien mil cabellos e indignado no quiere hacer un cálculo aleatorio del área invadida en el resto de su cuerpo. Yang  se pasa con una quietud exasperante la mano por encima de la melena rubicunda, aleonada, en un gesto que invita al Tai Chi, y sin llegar a rozársela, intuye que la M dibujada en el dorso de su mano indica la corta línea de vida que le espera si no encuentra el amor. Yang, desde la cima, ve tenebroso que los campos anegados por las últimas lluvias monzónicas se han encogido por arte de la naturaleza y cree entender lo ínfimo del ser humano. Yang desde la cima nevada ve turbio el río torrentoso desbordarse con aguas marronosas y campesinos acuclillados que lloran sobre la ribera porque lo han perdido todo observando en la impotencia como la corriente se lleva sus pocos enseres. Y si achina más los ojos, desde ése enclave privilegiado y pírrico, incluso cree ver diminuto, a lo lejos, sobre la línea difusa del horizonte, el templo de Jokhang en Lhasa, capital del budismo. Nuestro joven monje lleva sandalias humildes y en los dedos de sus pies plagados de selváticos pelos que se mecen, también… siente la brisa helada. El aire frío entra bajo su túnica y la inflama como a un globo, como a un velamen. Por un momento su equilibrio está en juego, pero él cierra los ojos y abre los brazos para estabilizarse y parece que surte efecto. Este gesto nos descubre, por fortuna, que el torso de sus manos extendidas al abismo es de una abundante vellosidad rubia; esta conquista aciaga, esta invasión como al resto… también le repugna.

 
Qué sabio su maestro, le ha hecho subir para que sea consciente de que su tragedia es menor comparada con las calamidades que azotan con un látigo de penuria el mundo que nos envuelve. Ser peludo y feo es un inconveniente de baja graduación comparado con la muerte, y además, todo está en la mente, le arguyó un día su líder espiritual, su Dalai Lama cercano. Sólo Buda sabe lo que le ha costado a nuestro joven monje escalar hasta la cumbre de la montaña, es una penitencia que contemplará una enseñanza. Hacía menos de un año que Yang había entrado en el monasterio budista huyendo de sí mismo, y explicaba como argumento terco a su fealdad, que además de ser despreciado por sus padres, hermanos, familiares y amigos, que además de darle la espalda los girasoles, los bambúes y los juncos a su paso… hasta los perros le ladraban.
 
            -Maestro, nunca encontraré el amor.
            -Discípulo Yang, Confucio decía que había que ver al cosmos como una armonía que regula las estaciones, las plantas, los animales, los humanos; si estos actúan mal, las consecuencias no se harán esperar; es más, te digo para tu consuelo que todas las sombras tienen su luz.
            -Maestro, es que soy tan… horripiloso.
            -Por despreciarte a ti mismo… cumplirás la penitencia de subir a la Montaña de Tanggula.
 
Todos saben desde la antigüedad más remota que la Montaña de Tanggula se ha llevado a muchos vivos, incluso Yang lo sabe. Es por eso que le extraña que su maestro lo envíe tras una inundación a buscar el amor en la montaña de la muerte. Solícito, cumple su castigo, pero es escéptico en que encontrará el amor. Desde lo alto ve unas nubes enormes con una blancura espectral que hasta le parece eléctrica. Está amaneciendo y está exhausto. Se ha pasado la última noche ascendiendo ininterrumpidamente, sin respiro, movido por la ansiedad, escala ciegamente, sin luna, entre la espesura hiriente, los árboles centenarios y los susurros de los muertos. Se ha trastabillado los pies con la falda de la túnica naranja y morada y ha caído decenas de veces, desgarrándosela por decenas de sitios que dejan asomar sus pelos negros pincelados de sangre. Pero ya está en la cumbre. Ha sobrevivido al miedo y a la muerte, y ahora quiere confiar en su maestro. Está amaneciendo. Tiene una vista privilegiada. Parece desde arriba que el río minúsculo, esa sinuosa cinta de plata, vuelve a su cauce, que los campesinos han dejado de llorar, que la vida ha vencido a la muerte. Yang hace una genuflexión y se sienta sobre sus piernas, sobre un charco de nieve, sobre un sueño que parece inalcanzable…
 
Yang yergue la columna, se concentra, posiciona las manos según las enseñanzas, medita durante horas sin que pase nada; espera atraer la energía del Universo hacia el amor: piensa en la magnitud del dolor humano, en el tiempo y el espacio de las guerras a través de los siglos y los lugares, oye el hambre como ruge todavía hoy día… comprende que si su cuerpo es un trigal de cabellos, eso, no es más que una extravagancia que no supera el listón psicológico de la anécdota. En el momento de la lucidez oye ruidos pedregosos de desprendimientos en la ladera… El sol ya está alto, sobre su testuz. Una joven desnuda escarpa por un risco filoso, parece un fantasma blanquinoso emanando de la nieve y piensa que es un muerto que sale del alma de la montaña. Pero no. Es una humana, oriental. Bella y blanca como una geisha, sin un solo cabello en todo el cuerpo, es (tiembla en la sorpresa), es… calva y hermosa a no poder más. Camina erguida, como iluminada desde dentro. Es su espejo inverso, su dualidad, su complemento; es el Amor. Yang lloraría deslumbrado, fascinado por el encuentro, por la felicidad condensada en una forma de mujer, y lo hace.
 
La joven se acerca a la cumbre, su rostro es la perfección, sus senos límpidos cimbrean con fosforescencias en abanico, su pubis liso refleja los rayos del sol como en un ramo, sus piernas estilizadas brillan como si fueran de alcanfor, de nácar, de coral, se acerca más y hay ternura en sus movimientos delicados, ya está encima, desde hace rato está el resplandor femenino en su área de influencia… y ella lo envuelve en un abrazo hipnotizante mientras le aplasta una lágrima enamorada que flota esponjosa sobre los pelos de sus mejillas, y otra, y otra más… Desenfunda a Yang de su túnica naranja y morada admirándolo en su desnudez y hermosura, está vestido con una piel de pelo que le cubre todo el cuerpo como un abrigo protector y se tocan y se acarician y se besan y se aman sobre la cumbre nevada de la Montaña de Tanggula.
 
            -¿Cómo te llamas? –pregunta Yang, desaforado en el éxtasis.
            -Yin… ¿quién si no? 

 
         
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Bases del concurso
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