OSO YOGUI Y EL EQUÍVOCO METAFÓRICO - Miguel Ángel Gayo Sánchez (Sevilla)(sevilla)

Todo comenzó por un equívoco metafórico. Trataba de rehacer mi vida sentimental tras el divorcio, una depresión y dos años de sequía sexual. El único consuelo era mi perrita Marilín, una chihuahua inquieta y vivaz, contrapunto a la melancolía.
Alguien me dijo que probase en Internet, allí las tías no se andaban con tonterías. En pocos días me hice con los rudimentos del cortejo electrónico. Yogui, mi nombre de batalla, resultó simpático, pero las citas al final se malograban y volvió la depresión. Entonces apareció aquella mujer. Firmaba como Tecla.
–Un nombre original. ¿Qué, por tu habilidad con el ordenador?
–Ya quisiera. Es por lo de Santa Tecla de Icono, mártir del cristianismo. Me falta un brazo como a ella.
¡Mala suerte, una tullida! Se trataba de una broma y nos hicimos inseparables en el chat. A la segunda semana concertamos la primera cita. La víspera ella calentó el ambiente y elevó las expectativas.
–También yo llevo un tiempo largo de sequía. Añoro encontrarme con un hombre de verdad, alguien dispuesto a saltar por encima de mis estúpidos prejuicios. ¡Ojalá seas tú mi salvador!
–Tecla, amor mío, Yogui salta que se las pela.
Ella se quejaba de la vida monjil a la que la educación moralista de sus padres le había condenado. Su relación con los hombres siempre estuvo marcada por una moralidad culposa que le impedía disfrutar. Recién ahora se sentía liberada, como una mujer con todos sus jugos a decir de sus propias palabras. De la vida monjil sólo le quedó la afición por la biografía de los santos y mártires del cristianismo, una rémora inocente que colmaba sus necesidades espirituales.
–Si no espabilo me puede ocurrir lo que a Santa Margarita de Antioquía, a la que le cortaron la cabeza antes de catar hombre.
Pero fue en esa víspera de confesiones, en un comentario casual sobre una de sus experiencias con el sexo opuesto, cuando soltó el equívoco metafórico. Transcribo sus palabras.
Tecla dice:
Te juro Yogui que aquella noche estaba dispuesta a irme a la cama con ese tío, pero cuando se desnudó parecía un oso ¡Qué asco! Me largué sin recoger las bragas y le dejé plantado.
Yogui dice:
 I:(
Simulé una bajada de tensión y desconecté el ordenador. ¡Joder, a mí en la mili me llamaban el osito Yogui y no precisamente por la barriguita! Reboso pelos por todo el cuerpo y mi pecho en concreto desconoce la luz solar, tal es la espesura. Si alguien merecía el calificativo de oso ese era yo.
Había elegido el nick de Yogui pensando más bien en la ternura que inspiran los ositos y no en el viejo mito sobre la existencia de mujeres a las que les gustan los hombres de pelo en pecho. Pero Tecla odiaba a los hombres de pelo en pecho al punto de escapar sin bragas. Aquella noche de víspera dormí con el fracaso, pero por la mañana me levanté con el ánimo resuelto. En la oficina traté de concertar cita con carácter de urgencia en alguna clínica especializada en depilación masculina. Me resultó imposible.
–Lo que usted solicita es una carnicería.
Se asustaban ante la petición radical de que en una sola sesión me extirpasen la cortina de pelos que cubría mi cuerpo. La soledad, ya me veía hibernando en una cueva como los osos, me hizo pensar en mi perrita Marilín, fiel compañera del destierro al que me veía abocado. Y fue esta pequeña criatura la que propició la idea salvadora. Ella también era un ser peludo de cabeza a rabo y yo la solía llevar a la clínica veterinaria de debajo de mi casa para que me la acicalaran. La regentaba una vecina de mi bloque, Úrsula, mujer de senos paranormales y fuerte personalidad.
La telefoneé y se negó en rotundo. A ella también le parecía un despropósito el que me depilase a las bravas el cuerpo entero. Pero el corazón de Úrsula era tan grande como sus dos senos juntos y la pude convencer para que al mediodía lo tuviese todo preparado.
Cuando llegué a la clínica me esperaba junto a su marido taxista, un hombre insensible curtido en la rudeza de la conducción urbana que nos ayudaría en el trabajo sucio. Úrsula me explicó los pormenores:
–Te quitas toda la ropa menos los calzoncillos y te tumbas en la camilla. Dado el volumen y la reciura de tu pelo lo mejor será utilizar cera caliente. –Me mostró dos tarros industriales–. La tendremos que calentar en el microondas así que me he agenciado con una espátula con sensor de temperatura para no achicharrarte. Luego un poco de agua tibia con esponja vegetal y crema balsámica para la hidratación. Tengo nolotil por si fuese necesario. ¿Alguna pregunta?
Me desprendí de la ropa.
–Ya puestos quiero que también me rasures la zona testicular –me bajé los calzoncillos de un tirón–. No vaya a ser que Tecla nos salga melindres y la fastidiemos.
Decidimos comenzar por las piernas para testar mi resistencia al dolor. Cuando Úrsula arrancó la tira de cera grité como un conejo y le pegué un patadón en una de las tetas. Úrsula abroncó a su marido y le ordenó que me amarrase bien.
–Si queremos que esto funcione hay que hacerlo rápido y sin miramientos. Contamos a la de tres y ya no paro hasta que las piernas estén acabadas.
El taxista se dejó caer sobre mi plexo solar mientras Úrsula me embadurnaba con la espátula.
–¡TRES! –gritó Úrsula saltándose el uno y el dos.
¿Es necesario o posible describir la intensidad del dolor humano? Sólo testimoniar que mi cuerpo se rebeló contra el espíritu y trató de escapar de aquel suplicio soltando patadas a diestro y siniestro. Como Úrsula dejó caer su tetamen sobre mis piernas y siguió despegando las tiras ardientes, la impotencia me llevó a morder el brazo del taxista, que se defendió con un certero guantazo en los morros. Luego tuvo la ocurrencia de colocarme en la boca un hueso de plástico que se utilizaba en la clínica con los perros rabiosos. Fue así como mis piernas y mis nalgas quedaron libres de la horrenda vellosidad que las cubría.
Me puse a dar vueltas alrededor de la camilla mientras la cera se calentaba. Las piernas parecían salchichas cocidas. Según pasaban los minutos el ardor subía de intensidad. Pensé en retirarme, en buscar otra mujer menos escrupulosa que supiese valorar el interior, pero me sorprendió la rapidez con la que el taxista me enganchó por detrás y me tumbó sobre la camilla, y el rictus sádico en el rostro de Úrsula, que se acercaba hacia mí con el tarro de cera abrasiva y la espátula correosa. Intenté detenerla, pero el hueso de perro en la boca me lo impidió.
Cuando Úrsula acabó con mi pecho, con los brazos y con la espalda, me sentía el maravilloso hombre antorcha. Me ayudaron a bajar de la camilla y me acerqué al espejo. Ya no odiaba a mis torturadores.
–¡AQUÍ ME TIENES, TECLA! –grité con los brazos en cruz–. ¡LIBRE DE PECADO COMO LOS SANTOS QUE TANTO ADMIRAS!
–Faltan los huevos –recordó Úrsula agitando la espátula.
Aunque traté de impedirlo, el taxista me encajó el hueso y me retorció el brazo.
–Nos debes una comida, sinvergonzón –dijo Úrsula justo antes de esparramar la cera hirviendo sobre los pelos amatojados que bordeaban mis testículos, pues el pene desapareció de la vista como por arte de magia.
La veterinaria me limpió con agua tibia y me cubrió de crema hidratante. Le pedí que me acercase la caja de nolotil, el hueso y me dejase descansar. Tal era el insoportable sufrimiento...
Como mi piel no aguantaba el roce de la ropa, me cubrieron con una bata de la clínica y me subieron a casa. Les pedí que llenasen la bañera de agua tibia. La piel humedecida parecía calmarse y me quedé en remojo más de una hora, pero era consciente de que debía enfrentarme a la sequedad del mundo si quería que el sacrificio valiese la pena. Salí de la bañera y pensé en la indumentaria para la cita, a sabiendas de que debería sacrificar la estética por la comodidad. Por suerte mi ropero rebosaba de prendas holgadas pues después del divorcio adelgacé unos cuantos kilos. Fue durante la elección de la ropa cuando sentí nuevamente los ardores, mi cuerpo volvía a convertirse en una antorcha, una leña avivada desde dentro. En unos segundos el dolor se hizo tan insoportable que pensé en arrancarme la piel a tiras. En alguna medida el baño de agua tibia había detenido (o agravado) el proceso, y ahora todo el calor acumulado en el cuerpo emergía y trataba de liberarse. La cera me había quemado algunas zonas provocando pequeñas burbujitas que estallaban al más mínimo roce, los testículos saltaban dentro de su bolsa como si estuviesen en plena cocción, y una herida profunda en la cara interna del muslo empezaba a supurar. Allí la cera había arrancado carne además de pelos.
Me tragué dos nolotiles y volví a la bañera. Cuando desperté el dolor intenso había desaparecido. Aunque el cuerpo seguía ardiendo y caminaba como un robot, me sentí capaz de llegar a la cita. Para evitar el contacto de la piel me vendé las zonas de roce y me vestí con ropa holgada. El taxista depilador me acercó al restaurante japonés justo a tiempo.
La cadencia del habla de aquella mujer, su figura amorcillada y a la vez voluptuosa, el insinuante juego de manos que ora se acercaban ora se alejaban de las mías, la caída de los párpados al ruborizarse por algún comentario picantón, la rebeldía consumada ante la educación mojigata de sus padres de la que tanto se vanagloriaba, y sus dos grandes tetazas espongiformes, superaron mis mejores expectativas. Dado mi estado, yo le debí parecer un poco insípido.
–Te noto apagado. ¿Ocurre algo?
¿Apagado? Si ella supiese. Saqué un par de analgésicos y me los tragué a palo seco.
–¿Nervios? ¿Colesterol? –preguntó.
Cambié de tema y me vanaglorié de su actitud ante aquel impresentable que le pareció un oso.
–Hiciste muy bien en largarte. Son increíbles los pelajes que gastan algunos tíos. Depilarse no cuesta tanto.
–¿Qué dices? A mí me pone supercaliente un tío con una buena mata de pelo en el pecho –se inclinó y bajó la voz para que el resto de comensales no la escuchasen–. Tú tienes pinta de que los pelos te llegan hasta los huevos –y se sonrió picarona tapándose la boca.
Le miré fijamente a los ojos. Debió ser una mirada demasiado fría pues ella se impresionó.
–Yogui, cariño, me estás asustando. ¿No tomarás drogas? Esas pastillas...
Traté de tranquilizarme y respiré hondo.
–Vamos a ver, Tecla. Recuerdo perfectamente lo que me dijiste. Cuando aquel tipo se desnudó parecía un oso y te dio un asco terrible.
–Claro que parecía un oso. Tenía las uñas de los pies mugrientas y grandes como garras. ¡A cualquiera le daría asco un tipo así! Sólo de recordarlo siento ganas de vomitar.
Agarré los extremos de la mesa con tanta fuerza que las copas se tambalearon. Me incliné hacia ella e intenté explicarme, hacerla entender lo evidente, la diferencia tajante entre la metáfora popular de “parecerse a un uso”, utilizada para referirse a alguien excesivamente peludo, y la otra metáfora no menos popular de las “uñas de águila” cuando lo que se quiere manifestar es el desagrado que nos producen las pezuñas largas y descuidadas. Pero un cansancio infinito me invadió y se me nublaron los ojos.
–¿Por qué lloras, Yogui?
Me fui al baño y metí la cabeza debajo del chorro de agua fría. Luego me desnude por completo y tiré la ropa a la papelera. Mi cuerpo y mi alma ya no soportaban tanto suplicio. Mientras orinaba con el culo al aire leí la frase escrita a rotulador en la pared: “Pasivo se ofrece a oso velludo para dejarse acurrucar”, y un número de teléfono.
Abandoné el restaurante ante el asombro de los comensales. Me llevaba un dolor añadido: el saber que ni los maricones se acostarían conmigo. Y todo por el equívoco metafórico de una inculta mujer obsesionada por la vida de los santos y mártires del cristianismo.

 
         
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