Susana tenía los pelos como escarpias. Una cara preciosa con ojos brillantes y bucles naturales, un cuerpo bastante bonito, unas piernas fuertes y un buen trasero. Pero que no se te ocurriera tocarle las piernas. O te daban calambre: sí, lo juro, cuando viajábamos en el metro…o te arañaban sus pelos hirsutos, resistentes, y pinchudos como escarpias.
Ella solo quería ser ingeniero. Supongo que para descubrir algún tipo de invento: una grúa hidrostática o un cincelador láser que arrancase de cuajo los pelos que había ido alimentando a base de afeitados desde que tenía 12 años. Como era vasca achacaba sus pelos a tanta carne y leche que había tomado de pequeña. Pero en el fondo sabíamos que realmente lo que hacía de Susana una super heroína con pelos era su obsesión por la maquinilla de afeitar.
Todas las demás teníamos cuidado. Habíamos oído tantas veces que si te afeitabas te salían más fuertes que solo al ver a Susana o tocar sus piernas se nos quitaban las ganas de usarla. Las demás ibamos a todas partes con unas pinzas. Yo al menos las guardaba en el estuche, junto a los bolígrafos y portaminas. Y como eran tantas las horas que pasabamos en el colegio, aburridas, nos dedicábamos a sacarnos los pelos unas a otras, como espulgándonos. No sé si era el aburrimiento o que nos encantaba tocarnos. Cuando tocas sientes y tus manos parece que hablan y acaricias o besas o simplemente tocas en silencio. En el frío de enero una mano calentita por tus pantorrillas va avanzando, dándote pellizquitos, extráyendo los pelos y a veces haciéndote cosquillas. No era vida estar todo el día con las pinzas de arriba abajo. En las gradas del colegio, tomando el sol despatarradas, tenía cierto sentido. No podíamos hacer nada mejor. Pero nuestra afición y necesidad había terminado por ser una costumbre un tanto chocante.
Un día quedamos para ir al cine. No sé por qué alguien dijo que en los cines Princesa echaban la última de Brad Pitt. Todas estábamos enamoradas de aquél hombre y no nos perdíamos ninguna de sus películas. Llegamos a las 4.30 y la película no empezaba hasta las seis y media. Tras tomarnos un par de coca colas y cafés en el Vips ya no podíamos alargar más el tiempo de espera, así que nos subimos a una de las esculturas que tienen forma de cubos enormes y allí estuvimos, seis o siete niñas entre 15 y 17 años, otra hora larga. Al cabo de diez minutos a alguien se le ocurrió sacar las pinzas y agarrar la pierna de una de las compañeras. Aquello era como un vicio. Empezabas y nunca sabías terminar. Poco a poco todas fuimos sacando nuestras pinzas y agarrando alguna pierna vecina. Extraer un pelo adecuadamente requiere concentración y buena vista. Lo detectas, escarbas un poquillo en la piel por si está camuflado, y cuando sale una puntita tenue, oscura, la agarras y tiras con todas tus fuerzas. Es bastante entretenido. Cuando nos quisimos dar cuenta teníamos a más de una docena de tíos que esperaban a entrar al cine, observándonos con el mismo interés que nosotros buscábamos los pelos, claro que ellos estaban más entretenidos en detectar el color de nuestras bragas. Cuando nos dimos cuenta pegamos un grito:
− Guarros −y nos partimos de risa. De un salto nos bajamos, pero no sabíamos donde meternos. Eso nos ha pasado en alguna otra ocasión, que nos ensimismamos tanto que el mundo desaparece. En el fondo es la vuelta a la caverna: todas las mujeres juntas y toquiteándonos, como cuando eramos gorilas, solo que ahora llevamos piercings y usamos desodorante y ordenadores, pero no hay mucha diferencia.
Nuestras aventuras adolescentes terminaron con el colegio, cada cual se matriculó en una Universidad. Se que Susana estuvo casi un año sin salir para conseguir una buena nota de Selectividad que le permitiera entrar en la Escuela Superior de Ingenieros Industriales. Y lo consiguió. Una amiga me dijo que fueron a celebrar juntas su ingreso. Había estudiado tanto que se le había quedado la cara mustia, sin vida y sin embargo los pelos de sus piernas habían crecido tanto que asustaban. Iba siempre embutida en pantalones. Pero mi amiga se atrevió a preguntarle y Susana se arremangó: sus piernas parecían la selva amazónica. Los pelos le habían crecido hasta tres y cuatro centímetros y se habían suavizado un poco. Lo que había sido una obsesión de adolescentes ahora parecía una necesidad vital. Susana le confesó a nuestra amiga común que pretendía estudiar algo sobre dinámica de vectores en rayos láser y transversalidad epidérmica. A mí eso me sonaba a chino. Nunca volví a ver a Susana. Supe que se hizo ingeniera y un día, buscando en internet, encontré la famosa dinámica de vectores en la transversalidad del láser, una tesis doctoral imposible de entender que se había traducido en un cargo importantísimo en una multinacional del láser. Creo que Susana, partiendo de las cavernas, ahora es una mujer muy importante en esto de las tecnologías de la depilación. La vi en una foto con unas piernas preciosas, brillantes y la carita tan simpática como ayer. Lo que le ha costado.
Juana de Aizpuru