En sus veintidós años de vida, Beatriz sólo había visto crecer en su cuerpo largas matas de pelo. Según decían – o susurraban las malas lenguas – los había pasado en soledad, en compañía de un gallo mudo, mientras la villa, o lo que quedaba de ella, se entregaba sin pudor al saqueo de las alimañas.
La cronología de Beatriz Expósito se remontaba, sin embargo, a una época llena de impostores. Su madre, flor de una dinastía pudiente, la había repudiado en la misma cuna y su abuelo, un rico anticuario del sur, la había injuriado al verla nacer. Sólo la misteriosa injerencia de un fraile preservó su bautizo, pero en lo que a sacramentos se refiere Beatriz creció, anónima y civil, lejos de la clemencia divina.
Lo asombroso del asunto es que, a pesar de hallarse oculto, Beatriz poseía un rostro hermoso. Su nariz, por ejemplo, era recta y fina y su tez, tersa y pálida, evocaba la flor de lis. Tenía unas orejas menudas, muy lindas, como las de un gato recién nacido. En su barbilla había un hoyuelo y un lunar de bordes perfectos. Incluso los enfermeros, cuando la vieron entrar por la puerta, no se asustaron de la niña-lobo.
Tal vez su vida hubiese sido distinta, de no ser por la irrupción de un extraño doctor. En su clínica fue a ingresar un médico de origen austriaco, cuyo apellido, Oppenheimer, tenía resonancias nucleares. Era un tipo tremendo, de porte cuaresmal, aficionado al láudano y al vino de jerez. Apenas vio la hipertricosis de B., se convirtió en su única obsesión: no tanto por la escasez de su patología, como por probar fortuna con sus encantos masculinos.
La noche en que Oppenheimer se puso en pie y visitó su celda, Beatriz sorbía un plato de fríjoles negros. La luna parecía un cuerno de oro cuando el Doctor, ebrio de jerez y lencería, se abalanzó sobre Beatriz. Déjate hacerrrrr, le dijo con voz cavernosa, y Beatriz, ovillada de sábanas y espanto, lanzó un grito aterrador: tan agraz y prolongado que su rostro, privado de luz, se ensombreció para siempre.
Lo que sucedió más tarde – incluyendo la reacción del Doctor, que propuso el exilio de la enferma – nos infunde a todos un amargo pesar. Beatriz fue trasladada a un sanatorio clandestino, un lugar remoto, ajeno a la privanza de Dios: un inmueble espectral y vetusto gobernado por un puñado de monjas. Y allí hubiese perecido de no se porque, un año después, ocurrió algo insólito.
La vida, ya se sabe, es pura incertidumbre y la encarnan seres que la tiñen de misterio. Aquéllos, coronados de polvo, se instalaron con su circo en el jardín rectoral. A primera vista parecían nómadas, pues traían baúles y mantas de lana. Portaban osos, tigres y elefantes, y posaron en el suelo un tambor de santos. La pléyade la componían dos acróbatas y una trapecista nacida en Cienfuegos. La madre superiora, oyéndoles tocar, pensó que los enviaba el mismo demonio.
Una tarde, mientras pelaba naranjas, Beatriz los vio por primera vez. Estaba asomada a la ventana y el sonido le llegó como caído del cielo. No fue un clamor hostil, sino un susurro de cuerdas y esferas. Un rumor de velas blancas que evocaba los corales del mar... Beatriz se sintió hechizada y presa de algo indecible: la necesidad de salir al jardín y pisar la hierba desnuda.
Lo que Beatriz halló extramuros debió hacerla enloquecer. Por el éxtasis o la sugestión, o por los años de soledad y penumbra. Pero lejos de flaquear o rendirse, se entregó a una dulce embriaguez: quizá fue su música – elevándose libre, como un ejército de mariposas -, los grandes aros de fuego, o puede que las narices rojas y los zapatones de payaso. Beatriz oyó a una niña tocar el arpa muy cerca de la fuente. Supo que no aborrecía a los locos ni tampoco la oscuridad. Ni siquiera a ella, que se acercó temblorosa, con su pelo de alambre y su pijama de rayas.
Todo lo que sucedió después se aleja de las reglas del tiempo. No sabemos lo que duró la depilación ni quién clausuró la noche. Un barbero nacido en Matanzas la invitó a sentarse con él. La untó de jabón de clavo y cubrió su cuerpo de espuma. El corazón de Beatriz latía desbocado, como un colibrí capturado por un rosal. Había un hombre con pinta de domador y otros que olían a tierra quemada. Nunca, en su larga vida viajando, habían visto una niña-lobo. Ni siquiera en los tiempos de la revolución, durante su juventud, cuando todo era más irreal. Con una delicadeza infinita, le fueron quitando los pelos del cuerpo. Lograron ver una piel de leche y un rostro blanco y hermoso. Pero también consiguieron que Beatriz Expósito, atrapada por el tiempo, recuperase una imagen nupcial: la de aquella noche de julio, junto a las mansas aguas de una bahía, cuando oyese tocar, con el rostro todavía lampiño, su única canción de amor.