Nací en el seno de una familia feliz y, lo más importante, rica. Mis padres dicen que de pequeño fui muy llorón y peleón y que tuvieron que armarse de paciencia para sacarme adelante pues era el más débil de todos sus hijos. Tras muchos años de cuidados y miles de nutrientes y demás potingues extraños logré salir de lo que yo llamo mi “crisis inicial” y cuando ya contaba con siete años, mi infancia comenzó a ser normal. Gané alguna que otra carrera y empecé a sobresalir entre mis hermanos por mi fuerza y mi mal carácter, rasgo que en mi casa no parecían tolerar muy bien pues decía que no me llevaría a buen puerto. Entré en mi adolescencia y aunque mis hermanos se volvieron taciturnos y tristes yo seguí manteniéndome como el rebelde que era: desobedecía y menospreciaba a mis padres y a cualquiera que me diese una orden pero un día mis padres desaparecieron y mis hermanos y yo nos quedamos solos. Ellos no eran lo que se dice el alma de la fiesta así que busqué formas de divertirme y mantener a aquellos muertos vivientes, irónicamente, vivos. Salí al exterior y mi sorpresa no pudo ser mayor cuando vi a mis padres moribundos pegados a una gran tira recubierta de una sustancia pegajosa y caliente. Había oído hablar de la depilación a la cera pero creía que era una leyenda urbana, uno de esos cuentos que los padres cuentan a sus hijos antes de irse a dormir para asustarles irracionalmente. Pero no. Allí en frente de mí pude contemplar la peor pesadilla de un bello vello adolescente: la cera caliente preparada por Olga también conocida como “el cuerpo en el que yo había crecido.”
“Vaya me he dejado unos cuantos en la pantorrilla… maldita cera.”
Yo también maldije a la cera después de todo parecía haber perdido aquel asalto pero poco después: mi gozo en un pozo. Tras reírme de la gran reina depilación fui llevado a la guillotina como el gran Luis XVI aunque en realidad fue la guillotina la que vino a mí. Allí el jabón me enterró entre sus burbujas y no logré ver nada hasta que por fin llegó el momento en de separarme de aquel cuerpo en el que había crecido y vivido tan feliz.
No le reprocho nada a mi casera…después de todo no me gustaba su marido y aquel vestido de satén rojo no me habría favorecido nada.