Una anécdota arqueológico-capilar - Carlos(madrid)

Partamos de una precisión: yo no me depilo. Estoy calvo, un poco gordito y, aunque no me sienta especialmente orgulloso de mi aspecto, considero que una depilación, aunque sea láser e indolora, poco puede aportar a mi ya deteriorada apariencia. Todo lo más, cuando alguna hebra arisca de mis cejas amenaza con asomarse más allá del cerco de las gafas, mi mujer me la extirpa con la misma fruición como energía empleo yo en quejarme del dolor que me produce. Desde luego, no hay duda de que las normas de la estética las redactamos los varones para no aplicárnoslas. Afeitarse apenas duele, sólo escuece un poco cuando se acaba con aftershave barato.

 
No va por ese camino mi narración. No es mi persona digna de protagonizar más relato que el de mi propia existencia y matizar, como mucho y espero que para bien, las de cuantos me rodean.
 
Tan sólo aporto una pequeña anécdota.
 
Me voy lejos: no mucho en el espacio (hasta Soria, para más señas) pero sí en el tiempo. Veinte años ¿o mejor veintidós siglos?...
 
Siendo todavía un adolescente acudí como voluntario al campamento de trabajo de Travesadas, cerca de Soria. Me imaginaba desenterrando tesoros, hallando estatuas mutiladas o corazas de guerreros, como un moderno Indiana Jones. Pero no. Mis manos poco cualificadas sólo servían, al parecer, para manejar el azadón y empujar la carretilla. La brochita y el cepillo de dientes quedaban para los arqueólogos de verdad. Pero el azar es caprichoso.
 
El mediodía de julio amenazaba con hacerme desfallecer bajo su plomo. La carretilla ardía bajo el sol, ¿cuántos viajes desde el terraplén hasta el vertedero? No lo sabía, pero sí recordaba de memoria cada piedra, cada bache de aquellos odiosos trescientos metros de polvo que recorría sin levantar la vista. Trabajábamos en lo que, hace 2.140 años fue el perímetro exterior de uno de los siete campamentos romanos que sitiaron la heroica ciudad de Numancia. Los jóvenes voluntarios tan sólo retirábamos la tierra acumulada por los siglos, para dejar al descubierto el verdadero yacimiento y prepararlo para la siguiente campaña de excavación.
 
Aquella vez vertí la carretilla con especial desgana. Pronto sería la hora de comer. De haber sido fumador hubiera decidido que aquel era el momento ideal para echar un cigarrito. El vientecillo caliente me devolvió una bocanada de polvo sucio en cuanto volqué mi carga. En otras ocasiones no me hubiese fijado en aquel nuevo montón de tierra, uno más entre los cientos que a su vez se amontonaban sobre sí mismos. Pero miré, quizá por desgana, por azar o por destino ¿quién sabe? y allí estaba. Me acerqué sobre un pequeño objeto negro y de inmediato identifiqué algo insólito: unas pinzas de depilar. Basura – pensé- como las latas de sardinas que tiran los labradores desde el tractor o los cartuchos vacíos de los cazadores. Aunque unas pinzas de depilar, ciertamente, no son habituales entre los desechos del campo.
 
Por curiosidad la guardé en mi bolsillo. Estaba oscura y carcomida pero su forma era inconfundible. De hecho, conservaba toda su elasticidad. Sin duda la lluvia, el sol y los hielos del páramo soriano le habrían hecho perder su original baño dorado. Descargué alguna carretada más de tierra y no di al hallazgo mayor importancia.
 
Por la tarde, charlábamos con el jefe de nuestro grupo sobre lo ingrato de nuestra labor, nuestra decepción de arqueólogos frustrados. Él trataba de animarnos.
 
-    Pronto llegaremos al nivel del foso. Allí veréis como empieza a dibujarse la línea de la empalizada.
-    A ver si es verdad, porque hasta ahora, tierra, tierra y trabajo de peón – contesté quejumbroso.
-    ¿Creías que el oficio de un arqueólogo es sólo desenterrar monedas y sacar mosaicos?
-    Pues sí, y me reafirmo. – Contesté.- Para quitar la morralla estamos los chavales de los campamentos de verano ¿no? Para limpiar rastrojos, escombros, tierra y hasta pinzas de depilar.
 
El monitor, de repente, cambió el gesto.
 
-    ¿Qué has dicho?
-    Hombre, perdona, no te ofendas, quise decir que..
-    No, no. Lo de las pinzas.
-    ¿Lo de...?
-    Si, lo de las pinza de depilar. ¿Qué has querido decir?
 
Un poco asustado por su tono y su expresión, extraje el pequeño objeto del bolsillo y se lo mostré, como si fuese la confesión de algún terrible pecado.
 
-          Era una broma. Se me ha ocurrido porque esta mañana, al volcar una carretilla, he encontrado esto entre la tierra, una pincitas y...
 
Con rapidez pero, a la vez, sumo cuidado, las tomó de la palma abierta de mi mano y salió hacia la tienda del director de la excavación. Todos me miraron en silencio. Al cabo de cinco eternos minutos llegó el arqueólogo jefe. Traía mis pinzas ya guardadas en una cajita transparente.
 
-¿Dónde has encontrado esto? – me espetó, sin siquiera saludarme. – Llévanos ahora mismo – ordenó.
 
En medio del silencio sepulcral de mis compañeros salí de la tienda. Sólo mi jefe de equipo sonreía.
 
-    Aquí he estado cargando esta mañana – señalé mi tajo, bajo el sol rojizo de la tarde. Él pareció ubicar el lugar sobre a la posible planta del antiguo campamento.
-    Chaval, has encontrado lo más valioso de una excavación: el vertedero. La basura de hace dos mil años es un tesoro para nosotros.
-    ¿Acaso estas pinzas son...
 
Entonces vi una sonrisa benévola bajo su barbaza.
 
-    ¿Te importaría leer esto en voz alta, por favor? –
 
Me alargó un librito redoblado que sacó de su pantalón caqui de cien bolsillos. Y allí, con los pies entre una nube de polvo y tierra suelta, pronuncié, como una sentencia:
 
Apiano de Alejandría – Historia de Roma: sobre Iberia. Parágrafo 85 "Nada más llegar, Escipión expulsó a todos los mercaderes y prostitutas de los campamentos, así como a los adivinos y sacrificadores. Asimismo les prohibió llevar en el futuro cualquier objeto superfluo, llegando a requisar a los soldados más de veinte mil pinzas para depilarse. A nadie le fue autorizado tener utensilios para su vida cotidiana, exceptuando un asador, una marmita de bronce y una sola taza. Prohibió que tuvieran camas y él fue el primero en descansar sobre un lecho de hierba.”
 
Aquellas pinzas fueron catalogadas, y en el mismo lugar se hallaron, más tarde, una docena más. Alguna, creo, fue a parar al mueso numantino de Soria, no estoy seguro de si la mía fue una de ellas... O quizá acabó en manos de la esposa del arqueólogo, a quien, también algún pelazo hirsuto de las cejas amenazaba con escapar del cerco “numantino” de sus gafas.

 
         
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