"Javi el Cheewaka"
Cuando llegas a cierta edad, cuando las piernas empiezan a flaquear y tomas conciencia, a tu pesar, de que los días de juventud ya no volverán, es un ejercicio recomendable mirar hacia atrás en el tiempo y dejarte envolver pausada, tibiamente, por los recuerdos del pasado.
Sentado en mi butaca, perdida mi mirada a través de la ventana hasta el horizonte montañoso, me dispongo a cumplir con mi propio consejo y, con una débil sonrisa en los labios, me limito a recordar…
Por uno de aquellos caprichos de las memorias despistadas me traslado veinte años atrás, en mi época de maestro, allá en los ochenta, en el pueblo de Santurce. En aquellos tiempos no tendría más de veinte alumnos en la clase. El pueblo se estaba muriendo poco a poco, desangrado, y la juventud emigraba sin remedio a las grandes ciudades.
Recuerdo a Javi, a quien apodaban el Cheewaka, que se sentaba siempre en primera fila y no perdía detalle de mis explicaciones. Le llamaban así, merecidamente, en honor de su prolífica genética en temas de vello corporal, en alusión directa al mítico personaje de la saga galáctica tan en voga entre la juventud de la época.
- ¡Eh, Cheewaka! A ver si nos cortamos el pelo, que la piel de oso va cara –le gritaban los compañeros en son de burla.
Javi el Cheewaka nunca tuvo conciencia de su exceso de vello y se dedicaba simplemente a sonreir tímidamente los escarnios que le brindaban. Así transcurrió el curso hasta que, llegada prontíamente la edad de la adolescencia, cuando empezó a mirar a la chicas con los ojos curiosos y golosos de la carne, comenzó a coger verdadera consciencia de su excesiva cantidad de pelaje.
- Señor maestro, parezco un perro perdiguero –me dijo un día terminada la clase, cuando nos hubimos quedado a solas-. ¿Qué puedo hacer?
La obviedad de su frondosa capa de pelo, que se extendía hasta rincones de su cuerpo aún por descubrir, me dejó sin una respuesta inmediata. Javi el Cheewaka sentía los cambios hormonales a flor de piel, sentía que aquel vello que antes era decoración sin más ahora era fuente de olores extraños y sudores molestos. Notaba que las chicas le rehuían y que las pocas que se le acercaban le trataban más bien como una alfombra de pelusilla.
Tras darle unas cuantas vueltas al asunto le llevé, la siguiente mañana, que era sábado, a casa de Pedro el Cabrero, conocido vastamente en toda la región por su sobrada destreza en el arte de esquilar las ovejas.
- A ver que le puedes hacer, Pedro –le dije-. En honor a los viejos tiempos…
Y es que Pedro y yo, de mozalbetes, habíamos cometido unas cuantas travesuras juntos.
- Buah –exclamó el cabrero-. Esto va a ser trabajo fino..
- ¿Qué quiere usted decir? –le preguntó Javi el Cheewaka, algo asustado.
Pedro el cabrero emitió una sonrisa de veterano.
- Pues que quedarás hecho un don Juan, chaval, que estas manos han podado ovejas más frondosas que tú…
Sin más, Pedro el cabrero se puso manos a la obra. Tardó dos horas y, al fin, terminó orgulloso de su trabajo.
- ¿Qué tal el paciente, ha sobrevivido? –le pregunté con aire socarrón
- La operación ha sido un éxito, como dirían en américa, ¡veri gut!.. Y es que uno, a parte de cabrero, también es políglota
Dirigí mi mirada hacia Javi el Cheewaka y no pude sino admitir la radicalidad del cambio. Pedro el Cabrero había hecho un trabajo acurado y muy perfeccionista. Javi el Cheewaka parecía más joven y, por primera vez, pude distinguir los auténticos rasgos de su cara. Javi se miró al espejo y nos dio las gracias con una lágrima traviesa derramándose de sus ojos.
Desde aquel día perdió dos quilos en pelo e, inevitablemente, el apodo.
Sentado en mi silla, contemplando a través de la ventana, me limito a recordar y a elocubrar sobre cuál debió ser el futuro de Javi el Cheewaka. A los dos años, cuando terminó la escuela, se fue a estudiar a una de las grandes ciudades y le perdí el rastro para siempre... Supongo, en fin, que la vida tiene estas cosas: el pelo, incluso los apodos, terminan por perderse con el tiempo y, en última instancia, lo único que permanece son, ineludiblemente, los recuerdos.
CM