Soy un bicho raro, un ser extraño, diferente. Mientras el mundo se estremece de pánico con solo oír la palabra "depilación" yo me estremezco también, pero de placer. Es curioso ¿verdad? Si ya lo decía mi madre: -¡vigila cariño que el mundo está lleno de tarados!-. Y tenía razón, más razón que un santo, lo que ella desconocía es que yo también formaba parte de ese selecto y parodiado grupo de personas que actúan de forma…. RARA.
Tendría nueve años cuando descubrí el extraño placer que me causaba, no el dolor en general, sino la quemazón de la cera sobre mi piel en especial. Fue durante mi primera comunión. Los afortunados que nos disponíamos a recibir el cuerpo de Cristo subíamos en fila india al altar mayor de Santa María Magdalena, iglesia de mi pueblo. Ataviados con una vela que supuestamente nos había de servir para “guiar nuestras almas por la oscura senda de la vida” debíamos encenderla en el pebetero oficial, el glorioso cirio presidencial que iluminaba el Presbiterio. Quiso la providencia que justo cuando me disponía a subir, mi antecesor en la fila, Ricardo Toribio, "Topillo" para los amigos, bajara los escalones con sus zapatos de charol de suela fina y su velita ya encendida, patinase en el abrillantado mármol negro, y fuese a caer sobre mí. La cera líquida de su vela se derramó por mi cuello. Rápidamente se deslizó en forma de múltiples gotas por el interior de mi camisa azul celeste, regalo de comunión de mi abuela Jesusa. En el momento que una de las ardientes gotas rozó mi pezón izquierdo experimenté como una descarga eléctrica. Una poderosa eyaculación que me traspasó el calzoncillo y manchó de blanco el pantalón de pinzas de marinerito que lucía para la ocasión. Todo el mundo atribuyó aquel “roal braguetero” a la misma cera que minutos antes me había caído por encima y lo cierto es que relación tenían, aunque ni si quiera yo fuese consciente de cómo ni porque había sucedido.
Durante los años de la escuela de primaria, cuando la diosa Fortuna me hacía coincidir con el Topillo en alguna clase, o en el comedor o bien a la hora del recreo, siempre experimentaba una enorme erección. Al principio no sabía a que atribuirlo, poco después me creí enamorado de aquel muchacho bobalicón de andares desgarbados. No cabía otra explicación. Ser homosexual no me molestaba, pero tener el gusto tan estropeado era algo preocupante.
Pero el Topillo desapareció un buen día. Se fue a vivir a otro lugar dejando aquel colegio para siempre y curiosamente no me volví a sentir atraído por ningún otro tío. Con el tiempo abandoné aquella absurda idea sobre mi tendencia sexual, era evidente que un par de tetas me ponían a cien.
El verano en que cumplí 18 años no solo alcancé la mayoría de edad sino que también me fue revelado el secreto de mi felicidad, extraña felicidad. Julia, Laura, Roque y Fernando me habían preparado una fiesta no oficial y secreta, que tubo lugar minutos después de la infantiloide celebración familiar organizada en mi casa por mi madre. Los chicos me llevaron al piso del tío de Roque situado a tan solo dos portales del mío. El olor a humedad y a polvo era algo normal en aquel piso deshabitado y cerrado a cal y canto. El propietario se había casado tiempo atrás con una belga y vivía en Amberes hacía más de quince años. Me vendaron los ojos antes de entrar. Me sentaron de rodillas en el suelo de alguna habitación y rápidamente me ataron las manos por detrás de la espalda. Comenzó a sonar una música sinuosa, erótica. Seguidamente me abrieron la boca bruscamente, las uñas de aquella mano evidenciaban que se trataba de una mujer. Me introdujeron alguna cosa, una fresa bañada en licor. En un abrir y cerrar de ojos la fémina se abalanzó sobre mí. El roce de sus pechos en mi cara me puso a mil. A Roque y Fernando les entró la risa tonta mientras comentaban lo cañero de la situación. Creo que todos estaban bastante bebidos. Noté como me amorraban una botella. La composición de aquella bomba de relojería me quemaba el gaznate a medida que se precipitaba en dirección al estómago. En pocos minutos el poder del elixir me transportó al quinto cielo. Lo siguiente que recuerdo es que alguien me destapó los ojos y frente a mí se contoneaba Julia. Estaba totalmente desnuda. La habitación permanecía iluminada por múltiples velas blancas y rojas. Al dirigir la mirada hacia el fondo de la estancia me asaltó la imagen de dos tíos en pelotas beneficiándose a una nena que estaba buenísima. El trío Laura, Roque, Fernando se movía al son de la música, en rítmica danza de apareamiento. Julia me cogió de la cara para que le prestase atención. Sonrió de forma picaresca. A continuación pasó su mano por delante de mis ojos. Con la punta de los dedos agarraba delicadamente una de las velas rojas del suelo. Me hizo un guiño, y comenzó a reír de forma escandalosa. Me empalmé. Minutos después me deleitaba con cada uno de los vertidos de la ardiente cera que Julia realizaba con efervescente pasión sobre mi piel. Dolía, pero al mismo tiempo me excitaba en extremo. Aquella noche fue memorable, me regalaron todo lo que cualquier adolescente podría desear. Por primera vez fui plenamente consciente de lo que me gustaba de verdad. Ahora ya lo tenía claro.
Mi primera depilación a la cera tubo lugar tres años después. Ya estudiaba en la universidad. Tenía dos compañeros de piso a los que les apasionaba la natación. Me engrescaron en ese mundillo, y cada día asistía religiosamente a hacer kilometro y medio de piscina. No es que fuera yo demasiado velludo ¡pero mis pelos tenía! sobretodo en piernas y culo y me aconsejaron depilarlos para mejorar mi rendimiento en el agua. Acudí a una esteticién especializada en depilación masculina que ellos mismos me recomendaron. Hoy en día sigo estándoles súper agradecido porque su propuesta propició que descubriera el hobby de mi vida, la depilación a la cera caliente. La música era el ingrediente secreto de aquel centro de estética para amenizar las dolorosas sesiones de esquilación de personal. La mujer que debía enfrentarse a mis pelambreras era una joven estudiante de Psicología que con la extracción de pelo se ganaba unas perras para libros y alguna juerga que otra. No era una mujer especialmente guapa, pero sí muy atractiva. Su mirada de dulce inocencia, sus labios rojos no excesivamente gruesos y la caída de sus rubias ondulaciones sobre aquellos blancos y delicados hombros la hacían irresistible. Me tumbé sobre la camilla vistiendo tan solo una especie de taparrabos de celulosa que ella misma me había proporcionado. Era similar a un tanga concebido especialmente para facilitar la depilación de zonas delicadas (ingles y glúteos) sin necesidad de exhibir las partes pudientes. Y comenzó la tortura. Tortura porque con cada aplicación de cera y posterior tirón yo me retorcía de placer y debía hacer grandes esfuerzos para no llegar al orgasmo. Aquella mujer era una autómata. Extendía cera y tiraba a tal velocidad que no daba tiempo a decir ni “mu”. Actuaba como impulsada por un ataque de prisas, programada para rentabilizar el tiempo ¡Creo que incluso llegó a aplicar y estirar con ambas manos a la vez! No me recuperaba de uno cuando ya tenía el otro encima. A medida que avanzaba la sesión el frenesí iba en aumento, ella centrada en sus labores y yo en el placer que debía reprimir concienzudamente. Mis alaridos debían escucharse hasta en la sala de espera. Cuando todo estaba llegando a su fin le tocó el turno a la zona perianal. La cera caliente aterrizó en la sensible piel de mi agujero negro y me corrí vivo. No podía más, aquello era demasiado. Me quedé tumbado boca abajo durante unos minutos para recuperar el aliento. La “malpagada” se untó las manos en crema de Aloe Vera y con un suave y rico masaje la extendió por la parte trasera de mis piernas y muslos. Cuando se disponía a hacer lo mismo por la parte delantera la disuadí. No quería que viera que la celulosa del calzoncillo se había comenzado a deshacer por la humedad del liquido seminal. Me dejó unos minutos a solas, el tiempo justo para vestirme. Me dije que jamás volvería a repetir. Reprimir el placer había sido una dolorosa experiencia.
Con el tiempo, cuando pasaba frente al centro de depilación, excitantes recuerdos regresaban a mi mente, imágenes exquisitas que se repetían en mis sueños. La atracción por lo prohibido me hacía pasear por los alrededores del local con más asiduidad, acechándolo. Aquella puerta de aluminio blanco y cristal opaco se convirtió en el centro de todos mis deseos, una oscura obsesión. Es curioso el morbo que despertaba en mi, como si de un prostíbulo se tratase. Ni que decir tiene que finalmente caí en la tentación. Las depilaciones se hicieron más frecuentes, a veces no me habían nacido los pelos cuando ya estaba a vueltas. No había nada en el mundo que me hiciera gozar más que un reprimido orgasmo ante público reducido (la depiladora).
Como os decía al principio, soy un enfermo, un perturbado felizmente casado. Hace ya diez años que decidí llevarme el placer a casa (mi sueldo comenzaba a resentirse). No, no me casé con un bote de cera, ni con una banda depilatoria, no, pero sí con la esteticién que tres veces al mes asistía, no como mera espectadora puesto que era agente activo en el asunto, al sonoro espectáculo orgasmático que yo ofrecía.
Ella es “La Razón” en nuestra relación, el “Buen Juicio”, por eso ha puesto límites a mi afición, no quiere verme con la piel hecha trizas en unos años. Solo una sesión cada dos meses puedo disfrutar de su caliente depilación a la cera, eso sí, me concede el capricho de aplicármela cada vez más caliente.