Lampiña Town - Tama(buenos ai)

Lampiña Town
 
Macarena quiso saber porque era pelada, hacía tiempo que la idea daba vueltas en su cabeza pero sabía que de eso no se hablaba. La curiosidad se avecinó cuando vio llegar a las primeras extranjeras, por ese entonces contaba con tan solo ocho años. Pero ahora a sus dieciséis de la curiosidad pasó al deseo y al reproche, era asunto importante averiguar porque le negaban el derecho a tener pelos. Fueron las revistas de moda y su contacto con el otro mundo, es decir fuera de las fronteras tangibles e intangibles de Lampiña Town lo que la perturbaba. Admiraba las largas cabelleras: teñidas, naturales, lacias o rizadas y se preguntaba que pasaba en su pueblo que le tenía horror al cabello. Las mujeres más deseadas eran aquellas que lucían cuerpo y cabeza rasa. Los hombres las sometían a un examen minucioso para determinar a aquella que resistía mejor al crecimiento del vello. Lo había rebelde, arremolinado y persistente, pero en Lampiña Town habían logrado erradicarlo. El sistema era secreto pero cualquier pelo incipiente o intruso era arrancado de raíz y no volvía a crecer. La depilación era admirada en el mundo entero y las famosas y ricas llegaban de a miles dispuestas a someterse al tratamiento. Era usual escuchar en las esquinas, bares o restaurantes, en las calles y veredas a las foráneas cuchichear.
Famosa A-Debe ser un tipo de depilación definitiva tipo el láser.
Rica B - Para mí es un método chino.
Famosa A – No es hindú, por eso están todas peladas
Rica B – O capaz le ponen formol.
Famosa A -Eso te lo alacia, no se te cae.
Famosa A -¡Que no!, a mi prima se le cayó.
Rica B – La verdad no sé, pero mira están todas lisitas… yo voy y que me lo pongan.
Famosa A – ¿Dolerá? Ay no sé, pero que bien que se debe sentir todo sin un maldito pelo. Ojo, la cabeza no la entrego.
Rica B - Obvio eso es para ellas, para mí que son religiosas, por eso te decía lo de China.
Famosa A - ¿Y de que religión son? de las sin pelos.
Rica B – Que graciosa, algo onda oriental, Hare Krishna.
Esos eran solo los rumores pero Macarena no se contentaba con esto, quería saber. Nora apremiada por su inquisidora hija, aunque intuía el verdadero sentido de su calvicie, rememoró la historia del destino de un pueblo, otrora llamado Enrique Fynn:
“Hubo un tiempo en que no éramos nada, un pequeño punto en el mapa, un condado olvidado, hasta que ella llegó. ¿Que hacía acá? ¿que pretendía?, una mujer sola en un pueblo desierto y pobre. Al principio la miramos con recelo, era alemana, era motivo suficiente para sospechar, era delincuente o asesina y para los más conservadores lesbiana. Llegó con un par de maletas y alquiló un local. “Depilación Petra, arranca pelo sin dolor”, se leía en un cartel con filigrana, comedido que engamaba con el entorno. Pero fue su castellano incierto lo que llamó nuestra atención. De a poco todas nos fuimos acercando; la primera en probar fue Lula y nos convenció a todas. Oigo retumbar en mi oído sus palabras.
-Ella sabe, es diferente quizás es por que es de otras tierras, la sensación es indescriptible, saca los cabellos dulcemente, tiene el toque, el don. Ni te das cuenta, es una caricia... pero lo mejor es escucharla.
No le creímos y nos burlamos de ella hasta que probamos.
  
Todas fuimos inocentes, nos envolvió en su grácil telaraña y fue la que nos salvó de la monotonía. Le entregamos todo. Al principio admiramos su sistema, la cera cálida a temperatura perfecta y delicadeza al tirar, ese era el primer paso, después el secreto que hacía que desaparecieran para siempre, el que sólo Lula aprendió. Pero lo fundamental nada tenía que ver con la depilación, queríamos oír sus palabras. A partir de entonces, ir a rasurarnos fue sólo una excusa. Íbamos, como corderos al matadero, obligadas y ciegas, a escuchar su historia dosificada en tiempos de 20 minutos. Relato ajeno y partido, reflejo de otras vidas más convenientes, más vivas, más dignas. Era su amor perdido el motor de nuestra existencia, era una novela cierta y anhelábamos día a día vivir una migaja de su desgracia. Viajábamos a lugares insospechados, con la dulce y fresca ilusión de padecer por un instante tamaña pena. Sufrimos su amor inconcluso y nos convertimos en paladines de su infortunio. Ella fue nuestra guía. Nos hicimos adictas. Las tertulias a escondidas de los hombres, esposos, novios, padres eran cotidianas. Logia de mujeres sedientas de emoción. Deliberábamos en ardientes discusiones nuestra cuestión de estado. Petra, la heroína de Enrique Fynn debía, si es que hay justicia en este mundo, regresar a los brazos de su amado, pero el egoísmo cruel y campechano nos obligaba a abortar tal decisión. Era nuestra y planeábamos estrategias para retenerla, discutíamos capítulo a capítulo el final conveniente para nosotras mismas. No podíamos dejarla ir. Era nuestro amor puesto a prueba en cada sesión y éramos concientes de la creación del monstruo. Era reflejo certero de nuestras vidas y lo aceptábamos como el elixir que se bebe de a poco y de vez en cuando.
Cuando eliminamos los pelos de las partes convenientes, decidimos dar los preciados y así fue como llegamos a quedar peladas. Primero fue la entrepierna, luego las piernas, las axilas, el bozo, los brazos, la espalda, el abdomen y cuando ya no hubo nada entregamos la cabeza. Parece increíble pero necesitábamos escucharla, era el bálsamo para soportar el hastío. Resucitamos hija, y solo con ella.
Un día nos dejo. Armó las maletas y cerró el local pero todo había cambiado. Ni siquiera se despidió, había llegado a concluir su relato y era tiempo de abandono, nunca sabremos si su patraña era cierta.
Debo decir también que a los hombres les costó aceptarlo. No comprendían y nos despreciaban, desconocían a sus mujeres peladas, pensaban que estábamos locas y hasta creyeron que era un delirio místico. Pero a medida que se difundió la extrañeza, el pueblo renació. Hubo trabajo para todos y de a poco la gente se acercó. El hotelucho de Sara, que no había tenido huéspedes desde el fatídico acontecimiento (pero esa es otra historia que alguna vez te contaré) se lleno de curiosos, éramos famosos gracias a ella y a nuestra calvicie.
Éramos conocidos en el mundo como las “cabezas rapadas” y llegaron mujeres ansiosas de todas las latitudes. El mejor y único método de depilación hizo resurgir al pueblo como a nosotras, éramos el atractivo y todo floreció. Los maridos exigían a sus esposas pelarse, era condición no tener pelos para conseguir al mejor varón”.
– ¿Ahora entendés? Eres pelada porque quiero lo mejor para ti. Mirá Maca a la inglesa cuchicheando con la francesa creen que somos budistas, pero todo tiene que ver con el amor.

 

 
         
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