“Nuestro láser de Diodo de alta potencia, produce un potente haz de luz de determinada frecuencia, que se emite sobre la piel durante una fracción de segundo. Pasando así a través de la piel hasta llegar al folículo piloso, donde el pigmento que lo rodea absorbe su energía. El intenso calor destruye definitivamente el folículo…”repetía como un lorito el especialista, tantas veces por día tenia que decir aquel monólogo. Aunque esta vez era diferente, aquella mujer que tenía al lado poseía una barba prominente. No alcanzarían con 5 sesiones, a lo sumo quizá con 15 en lo que se refiere al rostro. Sin embargo también tenía intenciones de depilarse la zona de la espalda y las piernas.
Bárbara asentía a todo lo que escuchaba sin prestar la más mínima atención. Estaba ansiosa, cuanto antes quería iniciar las sesiones.
“Haz de luz”, Folículo piloso”, “Pigmento”, todas esas palabras, todo ese tecnicismo ingresaba en su mente de manera atropellada y vacía.
Que linda sería la nueva vida, esa vida que se había truncado cuando comenzó a ser adolescente, y con esa edad llegaron los primeros pelos que en poco tiempo poblarían todo el cuerpo.
Bárbara se veía afianzada, compraría una nueva casa, modesta pero una casa de verdad, llena de espejos que reflejarían una mujer suave y lampiña. Se pasearía desnuda y encontraría cada parte de su cuerpo y no esa aura de pelos que la sofocaba.
-Sí doctor –gritó eufóricamente -. Quiero realizarme ahora mismo las sesiones.
Del bolsillo de su campera sacó un fajo de billetes y los depositó en el mostrador. El especialista embargado de emoción, dejó de lado su postura fría y profesional y se permitió llorar por la respuesta. Sintió que el pueblo ya no seria el mismo, por otro lado comprendía que aquella mujer ya había dado mucho.
-¿Los muchachos lo saben? –preguntó por respeto el especialista.
-Hoy es mi última función –añadió Bárbara.
-Mañana la espero –dijo resignado el especialista.
Cuando cerró la puerta de vidrio del centro de belleza, un sentimiento extraño la asaltó, ¿Qué sería ahora del pueblo sin su fenómeno?
Mientras caminaba por la vereda, recordó que Mario el domador, le debía unos pesos. No se los cobraría a modo de gratitud, después de todo, le debía un nombre y un lugar en el mundo.