UN HOMBRE-LOBO RUMANO EN BERLÍN - Lilith Graves(madrid)

Los aullidos inundaban la noche, iluminada por una luna llena pálida. El hombre lobo lanzaba sus lamentos al aire entre grandes esfuerzos por contener las lágrimas. Su sensación de desamparo era aún mayor porque, en la ciudad, pocas respuestas de solidaridad contestaban a su patética llamada: un lobo ya anciano del lejano zoo y algún que otro pastor alemán que aún no había perdido del todo sus instintos a pesar de la vida hogareña.

―Toby, por favor, quieres dejar de moverte. Así no hay forma de seguir. Además, esto es imposible. Con los pelos tan largos que tienes, se rompen cuando tiro de la cera. A mi me da que deberíamos cortarlos primero. Así luego sería más fácil cogerlos. Espera un momento, que voy a buscar mi maquinilla eléctrica ―dice saltando por encima de las tiras de cera fría llenas de una densa pelambrera.

La Epilady se había demostrado enseguida una idea pésima. A punto había estado de desmayarse del dolor, y a Inge le había costado mucho liberar los pelos de sus piernas de aquella máquina infernal.

―Pero ¿por qué coño os torturáis de esta forma voluntariamente? Las mujeres debéis de estar locas ―masculla mientras se masajea la piel irritada, llena de puntitos rojos e incluso gotitas de sangre.

―Tranquilo, mi “peluchito” ―dice al tiempo que le rasca la oreja como le gusta a él―. Duele tanto sólo las primeras veces. Al cabo de unos años, te terminarás acostumbrando.

―¿Unos años? Oh, Dios mío, Inge, no sé si voy a poder…

―Ánimo, campeón. Que no se diga que un hombre-lobo hecho y derecho como tú le tiene miedo a un poco de cera. Si aguantas hasta el final como un machote, luego te doy una galleta.

―Tú siempre tan ingeniosa ―gruñe con las mandíbulas apretadas, más por el dolor que por la rabia.

―¡Toby! Me estoy dando cuente de que a partir de ahora, ya nunca volverás a ser mi “peluchito” ―dice alarmada y triste a partes iguales.

―Tranquila, mi amor, que en cuanto abandone la natación, mis pelos volverán a ser míos.

―Pero eres una joven promesa y sólo estás empezando. Tienes una larga carrera deportiva ante ti. Pueden pasar muchos años antes de que dejes de depilarte. Para entonces, tu hermosa pelambrera se habrá debilitado y seguro que tendrás incluso calvas. El pelo te saldrá en forma de matas dispersas y en algunos lugares ni volverá a crecer ―dice conteniendo las lágrimas―. Ya sabes que me he acostumbrado a quedarme dormida mientras te acaricio el pelo del lomo… de la espalda, perdón ―se corrige con un ligero rubor―. Voy a padecer insomnio durante los próximos diez o quince años ―añade con la voz quebrada.

―Vamos, cielo. No te pongas así. Seguro que mi entrenador descubre enseguida que en realidad no valgo para esto ―miente sólo para animarla, pues en realidad sabe bien que en el agua se mueve como si su padre hubiese sido un terranova y su madre una setter irlandesa.

Ella está tan abatida que apenas tiene fuerzas para seguir tirando de la cera. De modo que, al final, deciden optar por la vía más rápida e indolora: la crema depilatoria. Sin embargo, cuando aún no han hecho más que empezar el arduo trabajo, Inge se da cuenta de que no podrá depilar más que una pequeña parte de su enorme cuerpo con el tubo que tiene en casa. Es demasiado tarde, ya no tiene tiempo de desplazarse hasta el centro comercial. Reza para que el bazar de la esquina siga abierto… Sí. Consigue llegar con la lengua fuera cuando el propietario está a punto de echar el cierre…, para descubrir que no tienen crema depilatoria. Por qué coño tenían que vivir en uno de esos barrios en los que a muchas chicas les daba por dejarse los pelos de las axilas largos y hacerse trenzas con ellos. Y sobre todo, cómo le iba a decir a Toby que le tenía que dejar a medio depilar.

Tiene la piel enrojecida y llena de trasquilones. Ahora quien se siente deprimido es él. Más tarde, en la cama, Inge intenta animarle pasándole la tibia mano por el lomo… por la espalda y rascándole tras la oreja; pero no da resultado. Sacando fuerza de flaqueza, hace un esfuerzo y recurre al humor.

―Míralo por el lado positivo, Toby, de ahora en adelante será imposible que cojas garrapatas cuando te revuelques por el campo en verano. Ya no tendré que ponerte ese incómodo collar antiparasitario que huele tan mal.

El hombre lobo no se vuelve, pero ella puede notar que está llorando porque gimotea quedamente como un cachorrito.

―Toby, cariño, yo te voy a querer siempre, con pelo o sin él. Lo de antes fue una estupidez. Ya sabes que a veces me comporto como una cría inmadura.

―Es que me siento tan ridículo como un caniche recién pelado. Me siento desnudo.

―Bueno, ahora sí, porque sueles dormir sin pijama. Pero supongo que no pensarás salir a la calle en bolas. Te pondrás ropa como siempre, y entonces dejarás de estar desnudo.

―Pero la ropa me pica y me raspa. No tengo la piel acostumbrada al tejido ―dice haciendo pucheros como un niño pequeño.

―No te preocupes. Mañana iré a comprarte ropa cómoda y holgada de algodón, y luego iremos comprobando poco a poco qué fibras te irritan la piel y cuáles no ―responde ella con voz maternal.

 

Sale de casa abatido y avergonzado. Camina velozmente y con la cabeza gacha, como intentando pasar desapercibido. Está convencido de que todos le miran. Sin embargo, a medida que avanza por las calles de la que se ha convertido en su ciudad, va recobrando su orgullo y su proverbial seguridad. Ahora es él el primero que busca los ojos de los transeúntes con su mirada. Y encuentra exactamente lo mismo que le impulsó a emigrar hace ya varios años: en el peor de los casos, indiferencia, y en el mejor ―y más común―, tolerancia.

Y por qué no había de ser así. Esto es Berlín, la ciudad de la libertad, la ciudad donde todo está permitido.

Entonces Toby, que fue bautizado con el nombre de Radu, recuerda cómo decidió abandonar su pequeña aldea en Rumania, donde le era imposible salir a la calle sin que algún paisano intentase apedrearle o clavarle una estaca de madera en el corazón ―pues en nuestro mundo moderno y globalizado, incluso en la vieja Rumania las tradiciones se habían perdido hasta el punto de que la mayor parte de los parroquianos confundían los remedios contra los hombres-lobo con los que hay que aplicar para exterminar a los vampiros―, al ver un día en la televisión un reportaje sobre una mágica ciudad en la que nadie parecía sorprenderse de nada; nadie miraba al pasar a gigantes de caras tatuadas o a chicas mortalmente pálidas con los labios y los párpados negros o a muchachos de rasgos femeninos atravesados por piercings e imperdibles o a toda una lista de seres considerados extraños en otros muchos lugares del mundo. Allí nadie llamaba la atención porque casi todos eran… raros. Berlín era el paraíso de los diversos, y éstos ―conscientes de la persecución que sus hermanos habían sufrido durante siglos y seguían sufriendo en muchos otros lugares― tenían la delicadeza de no marginar ni mirar como a bichos raros a los escasos ciudadanos normales, que transitaban libremente por sus calles sin ser importunados.

Y se trasladó a Berlín. Y allí conoció a Inge, que afortunadamente era una gran amante de los perros. Y fue ella quien le cambió su nombre por el de Toby, enterrando así para siempre un pasado marcado por la vergüenza y el ostracismo. No sólo ya no estaba dispuesto a renegar de su lado animal, sino que lo proclamaba a los cuatro vientos.

Y ahora, sin embargo, su entrenador le exige que se deshaga de una de sus señas de identidad más importantes. Que renuncie a lo que en realidad es… a cambio de unas pocas míseras décimas. Décimas que está seguro de poder recuperar con la potencia de sus brazos y su enorme fuerza de voluntad.

Pues no está dispuesto. No se volverá a esconder de nuevo nunca más.

―Jefe, he decidido que voy a nadar sin depilar ―le espeta a su entrenador.

―Ya te he explicado mil veces que no es posible. Aquí no se trata de que te des un chapuzón, sino de que compitas. Una décima puede ser vital, y esos puñeteros pelos tuyos te retrasarían demasiado. No se puede nadar con pelos y punto ―dice con un aire tan autoritario y tajante que Toby deduce inmediatamente que sus antepasados debieron de emigrar a Berlín desde algún otro lugar similar a su aldea natal. Pero él ya ha tomado una determinación. Y aunque los lobos son mucho más leales de lo que cuentan algunas sórdidas leyendas, también son testarudos.

―¿Que no? Eso lo dice porque nunca ha visto nadar a una nutria.

―Pero… ―balbucea su entrenador.

―Y espérese que no decida que el bañador me pica y que tengo que nadar en bolas ―añade amenazante, aunque sin perder la sonrisa lobuna.

El entrenador comprende que es mejor dar por terminada la discusión. Es bien sabido que cuando a Toby se le mete algo entre ceja y ceja ―o en su única ceja, pasa ser más exactos―, es imposible disuadirle. Para no tener que reconocer su derrota, se dice que, en el fondo, una rareza así puede darle lustre y popularidad a un equipo más bien desconocido. Teniendo en cuenta cómo son los berlineses, seguro que las empresas se darán de bofetadas por patrocinarlos. Al fin y al cabo, un hombre-lobo nadador parece el icono perfecto para ese paraíso de los bichos raros.

 

 
         
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