En el principio, acá estábamos nosotros. Hasta que vinieron ellos y dijeron que acá era allá y nosotros, los otros.
Puestos cara a cara, ellos trajeron las barbas y nosotros mostramos nuestros rostros limpios.
A partir de entonces, ellos alimentaron las puntas de nuestras lanzas, pero los fuegos que matan desde lejos tenían hambre de nosotros y estallaron hasta la saciedad. Y ellos, los hirsutos, fueron nosotros y nos condenaron por lampiños a ser los otros.
Las matronas del Méjico virreinal se retrataban orgullosas mostrando espesa pelambre sobre el labio superior, porque sus sirvientas indias eran diferentes justo en esa cuestión.
Pero también su dios barbado habla de vueltas y revueltas, de subidas y caídas. Su dios era él y las matronas mejicanas, ellas. Y entonces hizo bajar del norte revistas ilustradas y películas y publicidades. Y ellas debieron ser como las rubias y claras, y en extático desenfreno instauraron el sufriente ritual periódico de arrancarse los pelos del rostro, del cuerpo, del pubis, de las piernas. Algunas se rebelan y las tratan de exóticas o mugrientas, según el caso.
De los nuestros quedaron pocos. Estamos debajo de las matronas y de los que están arriba de las matronas también. Sabemos que algunos de ellos están siendo impulsados a seguir el camino de ellas por revistas, películas y publicidades. Y por eso, se someten a torturas periódicas para arrancarse lo que los diferenciaba de nosotros, los acallados.
A nosotros, los lampiños, no nos queda más que sonreír en silencio.