A contrapelo - Viere(barcelona)

A CONTRAPELO
Seguramente conservo la vida gracias a Raizty. A Raizty y a su extraña dolencia, la  más extraña que jamás vieran en Shabda, el planeta de los reversibles, aunque en La Tierra, habría pasado inadvertida. Pero Raizty es de Shabda y eso lo cambia todo. Porque Shabda existe, digan lo que digan.
Se dice que ningún humano que se adentre en la constelación de Libra volverá para contarlo. Y es cierto, pero yo he pisado Shabda y he vuelto. Y no soy un héroe. Conservo la vida gracias a Raizty y, tal vez, gracias también a haber compartido un minúsculo camarote de crucero espacial con cuatro hermanas -a cual más presumida- durante la década en la que mi padre sirvió en la armada estelar.
Por eso ahora, mientras paso la obligada cuarentena en la estación espacial después de tanto tiempo lejos de La Tierra, confieso que sin Raizty  yo continuaría siendo un contrabandista criogenizado. Y todo lo que voy a relatar en este informe es cierto. O lo vi con mis propios ojos o me lo confesó el Rey Vax a los pies del lecho ingrávido de la propia Raizty. Y el Rey Vax nunca miente.
Todo empezó el día en que Raizty acababa secundaria. Es lo que me contó el Rey Vax, el que nunca miente.
El sistema inteligente del satélite alcoba de Raizty anuló mecánicamente el filtro ahumado de los ventanales y la estancia se inundó de la luz mortecina del sol de Shabda. Era la hora de levantarse. Pero la chica ni se inmutó. Continuó placidamente dormida, flotando en el campo electromagnético de su cama, envuelta en una delicada sábana de seda de rainbowterfly. A su lado, levitaba su inseparable  osobear esmeralda de peluche.
-¡Hora de levantarse! El curso acaba. Quedan siete yads para la fiesta de graduación- tronó machaconamente una voz metálica, que no cesó hasta que Raizty puso sus dos pares de pies en el suelo.
La muchacha, que rondaba los 5.000 yads (casi 14 años terrestres), se desperezó muy excitada. Le emocionaba la idea de la fiesta y estrenar su primera falda, una corta y deliciosa que le había confeccionado su madre. Impaciente, Raizty decidió probársela. Se la ajustó y caminó con estilo hasta el espejo. Yo, que he visto mujeres hermosas en todos los rincones del universo que me ha sido permitido pisar, estoy seguro de que estaba preciosa.
Su madre había elegido para la minifalda un color azafrán que contrataba con su brillante piel añil -cálida y resbaladiza como la de los delfines terrestres- y que conjuntaba con sus dobles pupilas ambarinas. Raizty estiró todas sus extremidades del lado derecho hacia el espejo y, espeluznada, lanzó un gritó de espanto. ¡No podía ser! Sus cuatro axilas, los bordes de los antebrazos y los dos troncos binarios de sus huesudas piernas se habían poblado con una maraña de esponjoso vello del color de la plata vieja. Igual que el de un osobear. Se quitó la falda de un estirón, se vistió con el uniforme del colegio y se marchó a clase en el primer gravitador público sin despedirse de sus padres. Acababa de decidir que no iría a la fiesta de graduación.
Raizty no explicó nada a nadie y,  seguramente, hubiera seguido callada (para mi desconsuelo) de no haber sido por la chismosa de Suen, su mejor amiga, que la asaltó en el patio.
-¿Te ha llamado Semlab? ¿Te ha llamado Semlab?- le preguntó Suen con insistencia, rodeándola con sus brazos-. ¡Oh, sí! Dime que sí.¿Lo tienes ya todo listo para la fiesta? Sí, sí, sí. ¡Va a ser la bomba!
-No pienso ir a la fiesta- fue la escueta respuesta de Raizty.
-¿Que no? Sí, sí, sí. Sí vas a ir. No puedes faltar. ¿Qué pensaría Semlab? Porque te ha llamado... ¿verdad? El chico con los dobles ojos topacio más rasgados de todo el instituto. ¡Semlab te ha llamado!
-¡Qué más da! No iré a la fiesta.
Raizty apartó los brazos de su amiga y se cubrió la cabeza con los suyos
-¿Pero qué moscanfly te ha picado Raizty?- insistió Suen, arrugando el morro.
-Una moscanfly muy extraña, Suen. No preguntes.
-Entonces, sí te pasa algo. ¿Qué te pasa Raizty? Cuéntamelo, cuéntamelo. Soy tu amiga,.
 Raizty miró a Suen de arriba abajo. No sabía si confiar en ella, podría irse de la lengua, pero necesitaba ayuda. Discretamente, le mostró una de sus piernas. Suen no pudo reprimir un grito de espanto.
-¡Así no puedo ir a la fiesta! Parezco un osobear- sollozó Raizty, llevándose la mitad de sus manos a la cara para taparse los dos ojos dobles.
-¡Nunca había visto nada así!- reconoció Suen-. Pero seguro que esto se te pasa. ¡Oh, si! Seguro- la tranquilizó- Yo no sé de nadie en todo Shabda que tenga el cuerpo peludo. No, No. ¡De nadie!.
-¿Y qué puedo hacer, Suen? –preguntó Raizty sin dejar de llorar.
-No sé. ¿Has probado a arrancártelos?
-¡Arrancármelos?- replicó sorprendida Raizty-. ¿Cómo?
-No sé, no sé, Raizty… Déjame pensar… ¿Qué tal con unas pinzas de crabgrejo?-propuso Suen-. Sirven para todo. Seguro que tu padre tiene unas. ¡El señor doctor papá de Raizty, seguro que tiene unas!
 -Sí, creo que tiene- asintió Raizty más sosegada.
-Bien. Cuando acaben las clases gravitamos a tu casa. ¡Oh, sí! Te voy a dejar sin un solo pelo de osobear.
Pero el remedio de Suen no funcionó. Cada pelo arrancado con las pinzas de crabgrejo la hizo aullar de dolor y le dejó una sangrante herida purpúrea peor aún que el vello.
Suen probó a rasurarlos con una de las afiladas cuchillas de titanio de la cocina, pero tampoco hubo manera. Ni el fuego fue solución. Ni el plasma. Y pintar el vello con el mismo tono añil que la piel de Raizty fue la peor idea de todas porque el cabello absorbió el tinte, se tornó más plúmbeo y siguió creciendo.
Raizty tuvo que explicárselo todo a sus padres. Y como el  doctor tampoco sabía qué hacer, recurrió al Supremo Consejo de Shabda, que tampoco conocía la extraña enfermedad. Sabios, estudiosos y genios tomaron la alcoba de Raizty e intentaron sin éxito hallar una cura para el mal .
El yad antes del baile de graduación un  sabio tuvo una idea. Arrancó uno de los montaraces pelos de una axila y lo comparó molecularmente con muestras capilares de todas las especies del planeta Shabda. Ninguna tenía la misma composición del vello de Raizty pero dedujo que en alguna parte del Universo debía haber algo semejante y solicitó la presencia del mismísimo Rey Vax.
A petición del sabio, el Rey Vax se desplazó con un  equipo de investigadores hasta las profundas mazmorras de criogenización en las que son confinadas todas la criaturas que se adentraran en la constelación de Libra sin ser invitadas. Por eso nunca vuelve nadie de Shabda.
Probaron sin suerte con todos los dispares alienígenas atrapados: gretperts de Andrómeda, trompélidos de Aldebarán, orgánulos tubulares de Belliar, fishescots de Beta Derek… Hasta que llegó mi turno, el de un humilde contrabandista de La Tierra condenado a la congelación eterna.
Ni siquiera sentí el más mínimo dolor cuando me arrancaron vello de las piernas, el pubis y el tórax. Tampoco cuando me acoplaron un traductor por ultrasonidos. Los seres criogenizados somos insensibles. Solo recuerdo un dulce despertar, como el de una siesta de estío, la cara romboide del Rey Vax a y detrás suyo a Raizty, abrazada a su osebear esmeralda.
-Sálvala terrícola y volverás a La Tierra- me prometió el Rey Vax - Eres su única esperanza.
Yo me acerqué a la niña andando con torpeza. Todavía tenía los pies entumecidos por el frío. Era bellísima, de una simetría perfecta, geométrica. Uno de los doctores me mostró las piernas de Raitzy tapizadas del más hermoso vello metálico que nunca jamás verán ojos humanos. Entonces comprendí lo que pasaba. Ninguno de los reversibles que había a mi alrededor tenía ni un solo pelo en todo el cuerpo. Ese era su mal. Y sabía cómo erradicarlo.
-Creo que puedo salvarla- exclamé-. Pero necesito mi arma láser, la que me fue requisada en Gliese. Y también un calibrador.
-Se te dará lo pidas. Pero si fallas, lo pagarás con la vida- me advirtió el Rey Vax.
-No fallaré.
En cuanto me devolvieron el arma, la desmonté y le ajusté el calibrador en la base del cañón. No era como los que yo estaba acostumbrado a ver pero serviría porque medía en nanómetros como en La Tierra. Pedí que pulverizaran el cuerpo índigo de Raizty con un gel frío y envolvieran el lecho con nieve carbónica. Después, cargué el alma y respiré hondo. Durante unos segundos me evoqué a mí mismo espiando a hurtadillas a mis hermanas en el camarote del crucero espacial donde servía papá. Y espiando también a sus amigas cuando llegaba el día. Porque a todas les llegaba el día. Me había aprendido hasta su cancioncilla de memoria. “695 nanómetros: Láser Rubí, vello negro y piel clarín. 810 nanómetros: Láser Diodo, piel y vello oscuros del todo. 755 nanómetros: Láser Alejandrita, vello oscuro y piel morenita”.¡Alejandrita! Éste era el de Raizty
Besé en la frente a Raizty,  apunté el arma hacia ella y sin dudarlo apreté el gatillo de mi improvisado fotodepilador con la misma pericia que lo hubiera hecho una de mis hermanas.
***
Raizty estaba radiante. La falda que le había cosido su madre le ajustaba como un guante y el pronunciado doble escote de su blusa hacía que su piel refulgiera como el zafiro. El sistema domótico anunció que Semlab y su flamante aerobike esperaban abajo y Raizty se sonrojó. No quería hacerle esperar. Se despidió, bajó las escaleras a toda velocidad, con el corazón latiéndole como un horscaballo desbocado y deseó que el muchacho con los dobles ojos topacio más rasgados de todo el instituto la besara esa misma noche…
Es cierto, es todo cierto. Lo que no vi yo mismo, me lo contó el Rey Vax de Shabda antes de que me enviara por un túnel de espacio-tiempo hasta esta estación aduana en el límite del sistema solar. Y el Rey Vax nunca miente.
Y yo tampoco miento. Todo es tan cierto como que nunca más regresaré a Shabda ni volveré a ver a Raizty. Todo es tan cierto como mi firme convicción de convertirme en alguien de provecho. Se lo prometí a Raizty. No miento. No puedo hacerlo. Quien ha sido redimido por el Rey Vax, nunca más puede mentir.
 

 
         
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