INVISIBLE - La novia delincuente(madrid)

—¿Y de verdad no sabe usted dónde puedo localizarle? —insistió la joven levantando los dos pies a la vez, que casi se da de narices contra el suelo. Y es que dicen que si te barren los pies no te casas.
Doña Lola suspiró, puso los ojos en blanco y siguió barriendo las escaleras. No. Ya se lo había dicho las tres veces que había venido preguntando por don Andrés. No sabía dónde estaba su vecino, ni le importaba. Aquella joven se estaba poniendo muy pesada.
Don Andrés era el típico vecino invisible. No se le veía nunca, ni se le oía jamás, aunque últimamente, de unas semanas a esta parte, le oía entrar y salir a todas horas, hasta parecía haberse echado novia, porque algunas noches se oían risas femeninas en su piso. No conocía a su vecino, ni siquiera físicamente, que las pocas veces que se habían cruzado en las escaleras, él iba tan tapado como el ombligo de una monja, y le sería imposible decir si era rubio o moreno, guapo o feo, joven o viejo. Uno enfrente del otro y jamás habían tenido una maldita conversación
La muchacha insistió:
—¿Y no sabe dónde trabaja?
Bastante tenía doña Lola con su vida como para ocuparse de la de su vecino. Con un marido en el paro desde hacia años, y que se daba a la bebida con una afición desmedida, que ya se había convertido en devoción; preocupada todo el santo día por la Mari Loli, su hija, enferma mental, entrando y saliendo del psiquiátrico con la misma frecuencia que entraba y salía su padre del bar, vivía en un continuo sinvivir. Como para estar pendiente de don Andrés.
—Si no le importa, le dejo mi tarjeta, por si puede decirle a don Andrés que me llame. Aunque de todas formas mañana vuelvo a pasarme —dijo la muchacha tendiéndole un pequeño rectángulo de cartulina con su nombre y un número impresos—. Y perdone las molestias. Adiós, buenos días.
Doña Lola siguió barriendo su trozo de escalera. Aquella muchacha tenía demasiado interés en su vecino. ¿Sería de la policía?, ¿de algún banco al que su vecino debía dinero? Gran aficionada a los culebrones y telenovelas, doña Lola pensó en muchas fechorías que don Andrés podía haber cometido. Podía ser un asesino en serie, un violador, un estafador, y ella tan tranquila. 
En cuanto recogió la fregona y el cubo, bajó a casa de la Luisa, la del primero. La encontró en la cocina, haciéndose la cera.
—Pero si a nuestra edad ya ni pelos en las piernas tenemos… —le dijo con más alivio que pena—. Luisa, ¿tú sabes a que se dedica don Andrés?
La Luisa, que no salía de casa desde que por accidente se cayó escaleras abajo y se fracturó la columna, hacia ya seis años, estaba enterada de los ires y venires de todo el bloque, pero de don Andrés no había oído nunca nada.
—Es más raro que un torero con bigote —contestó doña Luisa, después de pensar un rato—. Siempre tan tapado, como si quisiera que nadie le viera, que hasta en verano le he visto con guantes, con la gorra calada hasta las orejas y un foulard hasta la nariz. Para mi que se esconde de algo, no se…
 Aquella tarde doña Lola pasó horas vigilando la puerta de su vecino a través de la mirilla. A las diez tuvo que abandonar la guardia porque el Pepe venía borracho, subiendo a cuatro patas los escalones y cantando “Asturias, patria querida” a grito pelado. Lo metió como pudo en la ducha, le preparó una tortilla francesa y lo acostó.
Durmió mal doña Lola, a trompicones, despertándose angustiada, sin poder dejar de pensar en don Andrés y los horribles crímenes que imaginaba había cometido. Y ella tan feliz, tan ignorante, viviendo cerca de un delincuente. Mañana debería ir a la comisaría a denunciarlo. No, mejor no precipitarse.
La muchacha que buscaba a don Andrés volvió a la mañana siguiente, tal y como había prometido. Doña Lola salió al rellano sin preocuparse siquiera de cambiarse de bata. La agarró de los brazos, con violencia, y la zarandeó un buen rato.
—Tiene que decirme que le ha hecho ese criminal. Yo la ayudaré, no se preocupe, pero tengo que saber qué es lo que le ha hecho ese canalla…
—Por dios, señora ¿qué dice? Pero si don Andrés es solo un cliente. A ver, tranquilícese, mujer, que yo se lo explico —contestó la muchacha temiendo que a doña Lola se le fuera la olla, cogiese un cuchillo y se lo clavase, que doña Lola, enfadada, tenía mas peligro que un barbero con hipo—. Soy del departamento de seguimiento de clientes de una clínica dermatológica y solo quería preguntarle a don Andrés qué tal se encontraba, si estaba satisfecho con los resultados después del tratamiento de depilación láser que se hizo hace unas semanas, nada más, que lo dejamos hecho un pincel, créame, que no vea la de pelo que tenía, en cantidades exageradas, y ahora parece el culito de un bebé. No me extraña que saliera poco de casa, si es que parecía familia del hombre lobo…

 

 
         
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