Los vaivenes de un par de dos días
Sentíame yo como un shavalillo de 17 años el pasado viernes a eso de las 17 horas. El Palinka acariciaba mi garganta cada pocos minutos, y las anécdotas del ex militar húngaro hacían de la tarde cada vez más interesante. El sábado, tras el terremoto nocturno anterior, se presentó algo más longevo, llegándose incluso hasta los 22 años. La tranquilidad, la compañía y la familia amenizaban la velada, aún juvenil. El domingo, día del señor y poco gustado por muchos, asomó su patita con una madurez súbita. Algunas canas se hacían ver por entre mis cabellos y el temor se cernía sobre un servidor ante algunos dolores internos. Al final del día incluso llegue al status de divorciado, por segunda vez. Ya el lunes la cosa empeoró. La fuente de la vida se había secado el día anterior, las reservas joviales, juveniles y aterciopeladas habían llegado a ser tremendamente deficitarias, llegando incluso a tener a los acreedores en la puerta de mi propio hogar.
Cuando todo parecía que el periodo de recensión había llegado a su final, para volver a lanzarse hacia la piel suave, la tez barbilampiña y el flequillo al estilo serie española, me pilló el martes por sorpresa. Día largo, tosco, agrio, lluvioso y gris, aunque a su vez, eso si, dinámico, fatigoso y diferente. El cuerpo se levantó prácticamente sin conciencia, con los restos de voluntad a modo de caballos percherones, tirando de uno mismo. El desayuno estuvo rodeado de nietos que celebraban, muy temprano, el día de mi 85 cumpleaños. En este caso no marcaban las arrugas mi expresión, ya que el tiempo, sin ser traicionero, pues avisador fue, no fue el humanamente suficiente como para que exteriormente se expresara en mí. Los años se iban cumpliendo durante el transcurso del día, la muerte no andaba lejos. Esta, envuelta en una total incertidumbre, pues desconoce uno su "esperanza de vida", era vislumbrada por el fatigado atormentado a través de unos ojos vidriosos completamente inyectados en sangre. Pero véase aquí, en este tipo de situaciones, como la vida te da sorpresas, y sorpresas hay que darle a la vida. El proceso de degradación se paró en seco y comenzó a retrotraerse lentamente. La vida volvía a crecer en mi interior y los pequeños familiares comenzaban a volatilizarse. El final de la jornada me sorprendió con una agradable visita que me llevo a los 53 años, todo un éxito.
Hoy, miércoles, el cuerpo se encuentra mejor, aunque la mente aun sigue algo embotada. Los 37 años abanderan mi estancia en este mundo. Parece que la llamada normalidad comienza a tomar posiciones nuevamente… si es que alguna vez hubo en mi alguna llamada normalidad.
Profesor Capios.