Los tiempos del silex se habían perdido en la lejanía, cuando la edad del metal brillaba con todo su esplendor. Viejos momentos aquellos en los que una piedra concienzudamente afilada servía para cortar un grueso chuletón de mamut. No eran filetes precisamente livianos los que rocas pulimentadas cortaban para poder ser devorados por hambrientos cazadores. Sus dentaduras tenían que hacer sobreesfuerzos de trituración y los ácidos de sus estómagos se debían multiplicar para lograr degradar los gruesos trozos de carne. Crueles digestiones llenaban la vida de aquellos primigenios ancestros. Tras una desbordante e indigesta cena de muslo de diplodocus, perdidos en la oscuridad de una fría cueva, sólo el desenfrenado instinto animal podía conducir al cuerpo de una pestilente mujer y al cuerpo de un peludo hombre, entre escandalosos gemidos, a unirse en un solo cuerpo. A un rudo troglodita poco le importaba que la hembra a la que montaba estuviera envuelta en un hedor casi mortífero y su asqueroso pelo fuera interminablemente largo; una repelente cavernícola no tendría en cuenta que el macho que la montaba bien pareciera por su porte y pelaje un orangután gigante. Visto desde fuera el espectáculo no sería muy atrayente, bueno, desde fuera ni desde dentro. Cierto es que se mire por donde se mire, lo de reproducirse en nuestros inicios, carecía de todo matiz romántico. Gritos y alaridos, volteretas y coces hacían de agotadores prolegómenos. Entrelazados en una desbaratada pelambrera retozaban sin que se pudiese distinguir el uno del otro. Rodando por las profundidades de la caverna, golpeándose entre estalactitas y estalagmitas, la respiración iba y venía de forma bruscamente entrecortada. Sonidos ininteligibles salían de sus roncas gargantas y viajaban por los túneles de la cueva espantando a manadas de murciélagos que huían despavoridos. Todo terminaba con una explosión de movimientos dislocados que más que la unión de un hombre y una mujer, parecía el choque de dos trenes descarrilados. Una vez culminado el acto, exhaustos, macho y hembra caían en un sopor letárgico que los mantenía toda la noche ausentes de cualquier acontecer. A la mañana siguiente, llegaban hasta la salida de la caverna, lugar donde se separaban y cada uno se perdía por senderos diferentes. Dentro, un rastro de vasto pelo llenaba hasta la esquina más recóndita de la oquedad y delataba lo que la noche pasada allí se había perpetrado.
Pero ahora que el hierro había reemplazado al pedernal, la vida de aquellos rudos homínidos se transformó por completo. Asombrados quedaron cuando descubrieron las múltiples utilidades que podían sacar de aquel hallazgo revolucionario. Ya no tendrían que matar a sus presas a base de pedradas y mamporrazos; con puntiagudas lanzas daban caza a lo que más tarde se convertiría en auténticos festines. El trabajo de sus caninos se vio drásticamente reducido, así como la labor de sus estómagos experimentó un reparador alivio; todo ello gracias a afilados cuchillos con los que conseguían cortar unos filetes de una finura jamás vista en la Prehistoria. Aunque lo que más les llamó la atención y se convertiría en una verdadera revolución, fue el día en que a uno de ellos se le ocurrió pasear el filo de una navaja por entre la madeja de pelo que escondía su rostro. Pasmado se quedó cuando, tras rasurar todo el follaje pelágico que envolvía su cara, se vio reflejado en la trasparente agua de un riachuelo. Ante él apareció un ser hasta entonces desconocido. A su faz podía llegar ahora la luz del día, imposible antes con el obstáculo que suponía la frondosidad del entramado vello. Podía distinguir también con toda claridad el contorno de sus ojos saltones, la tosca línea de sus pómulos, la comisura de sus gruesos labios; descubrió por dónde respiraba, sí, halló su enorme nariz como si hubiera inventado el fuego; palpó absorto la barbilla como si se encontrara por primera vez con ella. Impresionado por tal visión, cayó de espaldas empujado por la fuerza del asombro, golpeándose la testa con el tronco de un árbol. Semiinconsciente por el mamporrazo y aturdido por lo que acababa de experimentar, atrapó fuertemente la navaja, y de arriba a abajo comenzó a librarse de la manta de pelo que escondía todo su cuerpo. El estado anestésico en el que se encontraba fruto del porrazo craneal, no le salvó de sufrir los terribles dolores que le infringía el cuchillo a su paso por su oculta piel. Ni el horrible dolor ni los brotes de sangre que le salpicaban por todas partes le hicieron parar de trasquilarse. Poco a poco iban apareciendo partes secretas de su cuerpo. Una vez hubo terminado, a sus pies se había formado un profundo manto seboso, mezcla de rojo sanguinolento y negro carbón, que un simple viento tendría difícil retirar, más bien lo podría conseguir a duras penas un pequeño huracán. Libre de toda lana se lanzó al riachuelo, jugueteó con el agua, se despertó de su estado de atolondramiento, secó sus heridas, y ese día había nacido un nuevo hombre. Los estudiosos de la Prehistoria darían diversos nombres al hombre antiguo: Neardental, Cro-Magon, Homo Sapiens …, pero jamás perdonaría la Humanidad que se olvidaran del que surgió en la Edad del Metal tras aquella gran rapada. Liviano y ligero como una pluma, ágil como un conejo y libre como un pajarillo recién escapado de su jaula, el nuevo hombre comenzó a correr y saltar por entre la arboleda del bosque. De la situación de aturdimiento pasó a un estado de felicidad ilimitada que le había provocado la liberación de kilos de pelos. Los saltos eran tan altos que casi podía tocar las copas de largos árboles; desprovistos de cualquier impedimento corporal sus exultantes testículos subían y bajaban al viento cual canguro saltarín, solidarizándose con su portador. Risas y carcajadas llenaron todo el entorno, el Diluvio Universal se había adelantado, sólo que en vez de agua de lluvia era alegría y gozo lo que inundaba todo. A partir de ese día la vida sería totalmente diferente para él y sus descendientes. Aquel hombre nacido de rasurarse el cuerpo completo con un rudimentario artilugio de hierro afilado a base de un dolor y sufrimiento casi indescriptibles, no era consciente de que con ese acto había iniciado la era de la depilación. Tampoco llegaremos a comprender a los estudiosos por no haber incluido dicha era en los manuales de Prehistoria, tal como lo hicieron con la de piedra o los metales. Muchos miles de años después la tecnología permitiría desprenderse del vello de una manera más sencilla e indolora, pero los que en estos tiempos modernos lucen una lisa piel de bebé por playas y gimnasios nunca deberían dejar en el olvido, cuando se practican la depilación láser o la fotodepilación, que el padecimiento sufrido por aquel lejano ancestro nuestro no fue en vano.