Cuando me di cuenta que ese líquido denso, caramelizado y caliente era la cera, y no tenía competidor (al menos en mi época), ya era demasiado tarde. Pero quién realmente sufrió la dura experiencia empírica fue mi vecina. Todo sucedió una tarde de mis 12 años, 14 tenía mi vecina y una creencia ciega en mí, en que una mocosa como yo resolvería sus primeros problemas con esos antiestéticos bellos (¿quién le puso bello a esos horrendos pelos?) que le estaban apareciendo en su cuerpo, para ser más precisa, en sus espinillas.
Pronta y diligente, al no tener "eso" que las mayores llamaban cera, corrí al armario de mi casa a buscar un bote que contenía pegamento de zapatero. Tenía el mismo color y densidad de eso que alguna vez había visto en la tele y en algún salón de belleza al que había acompañado a mi madre.
Se lo extendí con mucho celo y gran regocijo de las dos, pues habíamos descubierto un método, indoloro, barato (lo hurtado no tiene precio) y cómodo de aplicar. Sus espinillas pronto quedaron cubiertas de una gruesa capa de pegamento; pacientemente esperamos a que se secara y "Ahora aguanta un poco el dolor -eso era lo que más me llamaba la atención de mi corta experiencia con la cera- y verás que bonitas te van a quedar las piernas".
Lo que sucedió de ahí en adelante ya podéis imaginároslo. Creo que el padre de la chica le logró quitar el tratamiento de belleza con aguarrás o algún otro disolvente, una amistad aplazada por varias semanas hasta que a mi amiga se le pasó el mosqueo y un apercibimiento grave por parte de mi madre y la prohibición de volver a tener ocurrencias sin antes comentárselas.