Aquellos tiempos - Oscar Llano(barcelona)

Que tiempos aquellos en los que podía pasearme por la playa enfundado en mi slip de leopardo, con mis gafas de espejo, y ese gran medallón de oro flotando en la maraña de pelo de mi pecho. La rumba acompañaba mis pasos, y las suecas hacían corrillo a mi alrededor. Me sentía un macho latino. Era un triunfador.
 
Pero los tiempos tuvieron que cambiar. Primero fueron mis patillas. Tanto tiempo conmigo y ahora nos teníamos que separar. El día anterior nos fuimos juntos a cenar, para recordar las experiencias vividas. Las despedidas siempre me han resultado duras, pero esa tardé mucho tiempo en superarla. Abrazos, llantos entrecortados, promesas de volver a encontrarnos en un futuro…
 
Luego le tocó el turno a mi espalda. Fue duro descubrir que todo aquello en lo que creía, se estaba desmoronando por completo por culpa de unos ineptos que marcaban la tendencia del momento. Siempre pensé que el tacto aterciopelado de mi espalda resultaba irresistiblemente atractivo. Nada más lejos de la realidad. La despedida no fue tan dura como la anterior. De hecho compartíamos cosas, pero nunca nos habíamos mirado a la cara, ni contado nuestros secretos.
 
El siguiente turno fue para mi pecho. Eso si que fue duro. Atrás quedaban años de rizos ensortijados asomando por la camisa desabrochada. Mi gran crucifijo de oro, al que tantas conquistas debía, no luciría nunca de la misma manera. Ya nada sería igual. Siempre le sería fiel a mi mata de pelo. Nunca podría mirar a otra mata con los mismos ojos, pese a descubrir que yo también tenía pezones Años de de insomnio y prozac me costó superar ese amargo trago.
 
Por último, mis piernas. Eso si que no!!! Hasta ahí podíamos llegar. El último reducto de masculinidad que afloraba en mi, estaba a punto de desaparecer. Y no estaba dispuesto a permitirlo. Lamentablemente mi condición sexual me hace débil, y tras un escote vertiginoso, y tres botellas de vino, sucumbí al más abyecto de sus deseos y cedí ante la evidencia.
 
Todo esto me sirvió para descubrir el motivo por el que nuestras playas ya no gozan de la presencia de esas suecas que amenizaban nuestros veranos.

 
         
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