Por los pelos... - (madrid)

El día que un soplo de aire hizo que perdiera mis pecas, lloré de tristeza.

 

Si perdiera, de la misma manera, el vello que adorna mis piernas, las lágrimas serían de júbilo, creería en los milagros y pondría, cada domingo, una vela a San Seacabó para que mantuviera mi feliz alopecia de por vida.

 

¡La temporada de esqui-lado ya está aquí! hurra!

El verano nos despoja de los vaqueros y, durante tres meses, debemos estar perfectas, sin un pelo de tontas, para que no nos miren mal.

 

Te depilan, lloras, te enrabietas y, cuando has acabado, o mejor dicho: cuando han acabado contigo, sales de allí con 5 kilos menos, cara de mala hostia y esperando un milagro para no tener que volver al matadero.

 

El verano… ¡que gran estación! Si te tumbas al sol y rebuscas en tus piernas (cosa que solemos hacer todas) encuentras, siempre, algún maqui camuflado y bien armado, resistiendo a salir de su escondite por muy burra que te pongas.

Al final, tus piernas acaban rojas y llenas de heriditas, después de una batalla encarnizada que no sabes bien quien ha ganado.

 

La cera es una tortura por muy bien que huela, la cuchilla una ilusión que sólo dura un día… ¿y la depilación láser? Me habían dicho que dolía pero que era muy efectiva. Sonreí para mi misma y pensé:

 

¿Cómo una inocente lucecita puede hacer tanto daño? – ¡que exagerada es la gente! cuánta víctima hay por el mundo, ay Dios…

 

Fui a la sesión alegre y confiada pensando que iba a ser como un día de playa.

 

Me tumbé en la camilla, me puse unas gafas como las de Diana en “V”, y sonreí a la doctora.

 

Comenzó la sesión y, al instante, me acordé, con un gesto cómplice, del resto de compañeras que me habían advertido de lo doloroso del proceso…

 

-AYYYYYY!!!! - grité apretando los ojos- JODERRRR!!!!-

-Duele eh? Me dijo la doctora con una sonrisa como de: otra incauta más que pica, jeje.

 

Y, en efecto, ni Luke Skywalker podría superar el ataque de aquél rayo láser que se posó sobre mi blanca piel durante más de 20 minutos.

Ni la costumbre que tenía mi abuela de quemar los pelos de las patas de las gallinas, me pareció tan brutal como el dolor y la quemazón que sentí con aquella luz venida de otra galaxia.

 

Cuando la sesión acabó no podía casi ni moverme y un intenso olor a kebap chamuscado inundaba el aire. Desde entonces, cuando paso por algún establecimiento de venta de kebaps, dejo de respirar.

 

Eficaz lo es, y quizá compense, pero eso de que para presumir hay que sufrir no va conmigo.

 

Volví dos veces más y abandoné, exhausta, como los rendidos en la guerra, enarbolando un pañuelo blanco, con el que también enjugué mis lágrimas.

 

Y todo…por los pelos.

 
         
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