El amor, ni por los pelos. -

                                      El amor ni por los pelos.

 

Sofía le lanzó un ultimátum: – “Pareces un oso”. Pau siempre se había sentido algo acomplejado con su exceso de vello. Como era algo despistado, siempre quería hacerse el loco con la homonimia, es decir siempre pensó que no le decían “vello” con “v” sinó “bello” con “b”. Pero en el fondo, siempre tuvo razón. La homonimia sí que jugaba en él un papel destacado. Parecía un homo o un australopitecus. Tal vez hubiese sido guapo en la edad prehistórica. Pero con los siglos la estética había alejado su figura de los cánones, a una velocidad tan acelerada como un monoplaza conducido por Fernando Alonso.

Pau siempre fue torpe. A edad temprana incluso, llegó a confesar en el colegio, que no sabía ni comer pipas. Los niños se reían de él. Las abría con alicates, “lo bueno – decía para tratar de mentirse a sí mismo – es que así no acababas con sal en las manos”. Cuento ésto, para que os hagáis una idea de cómo había sido la evolución de su pericia desde su más tierna infancia... Parecía un simio. Había veranos que llegabas a creer que iba con chaqueta de pana, pero cuando lo observabas con más cautela, veías que no, que era su epidermis poblada como una gran estepa siberiana.

Sofía, era su amor, pero de los de verdad del que duele y que a cambio de cada placer ofrece múltiples efectos secundarios. Se habían conocido a través de la red, de Internet. El siglo XXI tiene estas cosas. Otorgando a Google el papel de celestina de la modernidad. Sofía vivía en Cádiz y Pau en la Seu d’Urgell. Con lo cuál, al inicio la geografía parecía ofrecerse como un obstáculo insalvable. Pero la gran habilidad de Pau con el teclado, sobretodo con los iconos del messenger, era una letal arma de seducción, tan eficaz y descriptible como una arma de destrucción masiva. Por tanto, a través de los meses, el amor entre ambos iba gestándose y afianzándose. Dicen que el amor hay que regarlo cada día, pues se ve que Pau rociaba con una cuba de cava el ordenador cada día, en cada conversación. Porque Sofía siempre acudía ansiosa al ardiente hotmail, confesándole sus ganas de que se encontrasen. Pau pensaba que lo mejor del amor es cuando es recíproco. Que está bien cuando se comparten gustos, pero que cuando se gustan mutuamente ya es la repera.

Así que llegó el día esperado por ambos. Los dos tenían dudas por el físico. Ya que ya se sabe que en Internet siempre se dice la verdad, pero ni él era George Clooney ni ella era Jennifer López. Así que una noche que los dos tenían que ir a Madrid, ya no recuerdo porqué, se verían. La casualidad se alió con el célebre adagio que le diagnostica al amor su miopía y veinte o treinta cataratas. Aquella noche de verano hubo un gran apagón en Madrid. Además el romanticismo ayudaba al relato, ya que habían quedado en un planetario. Estaban a oscuras y la Estrella Polar se había fundido.  Así  que  allí  estaban,  pero  no  se  veían.  Se  gritaban  el nombre para     encontrarse: –“¿Sofía?” – “¿Pau?” – “¿Sofía?” – “¿Pau?”. La verdad, es que él lo iba intercalando con perdones y excusas, ya que tropezaba continuamente con los demás asistentes y algún que otro pilar. Finalmente, se encontraron. Sólo veían sus siluetas. E iniciaron un diálogo tan expresivo como los que se suceden en los ascensores, sumado a tartamudeos, risas nerviosas y todo el resto del repertorio de timideces.

Cuando se saludaron con sus mejillas, ella reparó en su vello. Primero preguntó por si se trataba de algún tipo de disfraz, pero cuando éste le dijo que no, que era todo suyo, ella enmudeció como una biblioteca. Entonces volvió la luz y mientras era amanecido de nuevo por las estrellas, le hizo el destino una guasa curiosa. Mientras eran iluminados sus brazos peludos por la Osa mayor, le dijo: “¡Vaya! ¡Pareces un oso!”. Él muy triste trató de disculparse, tartamudeando. Y al compás de cada “es que..” ella se alejaba más y más, mientras huía veloz y fugaz como las miles de estrellas que los contemplaban.

Cada uno regresó a su casa. Y días después, de nuevo ante tanta insistencia de Pau, Sofía le envió un mensaje tan rotundo (con sus rotundas faltas de ortografía que los móviles elevan a gramática dialectal) que  no  dejaba  lugar  a interpretaciones. “ – Mejor, lo dejamos.” Él hizo lo que hacen todos, se puso a llorar trasvases enteros, trató de emborracharse con tanta mala suerte que buscando alcohol, acabó bebiendo un sorbo de la botella del botiquín, escupiendo fuego por la boca; buscó un CD de boleros, pero sólo halló uno de Leonardo Dantés que para el caso, pensó.. Y de repente, un anuncio de televisión milagrosamente le recetaba la solución. – “Claro”, pensó. Si se depilaba, Sofía lo querría por siempre Y se dispuso a ella, quería seguir los pasos, pero las películas no entienden de sentimientos, e interrumpieron la publicidad para proseguir con “Independence day”.. Por tanto, tenía que improvisar.

Pensó que depilarse no debería ser tan difícil. Primero buscó las velas y cirios que tenía por casa, para conseguir cera. Pero no acabó de verlo claro. Bajó a la farmacia y compró la más habitual. Mientras subía las escaleras de nuevo, hacia su casa, pensó en algo que le había comentado la farmacéutica. Pero no acababa de entender como funcionaba aquello del láser. Así que entró en casa se tumbó en el sofá y se apuntaba con un puntero láser a las axilas. Después de cinco horas con aquel puntito rojo en los sobacos entendió que aquello no era demasiado efectivo, de hecho, creyó que el vello le había aumentado, incluso. Se dispuso por tanto, al método más convencional. Calentó la cera y se la extendió con una espátula de madera por todo el cuerpo, bueno, como no tenía la espátula que le aconsejaban las instrucciones. Lo hizo con el mazo para hacer el ajoaceite. – “Vale, esto es entre tu y yo – se miró fijamente al cuerpo y se dijo –  no debe de ser para tanto.” Y cogiendo sólo una puntita, emitió un grito, que a algunos kilómetros de allí, un científico en Nebraska, creyó que habían vuelto los dinosaurios.

Llamó a Sofía, para contarle lo que estaba haciendo y de paso, que le aconsejase. Pero pronto, calmó su dolor físico para empezar con el emocional. Sofía le dijo que no lo quería, que había habido un malentendido. Ella pensó que Pau, o “Libélula” como rezaba su nick era una mujer. Sofía pensaba que Pau, venía de Paula. Y que la razón por la que huyó era porque no encontró una lesbiana en aquel planetario. Pau, sobrellevó la conversación lo mejor que pudo y asumió su derrota, sacando fuerzas incluso para describirle la situación en la que se encontraba. Ella le dijo que los problemas se solucionan de raíz, así que en el punto en que se encontraba, comenzase a tirar de golpe cada venda de seda, antes de que se anclase más a su piel y de forma definitiva. Pau tenía miedo pero debía hacerse el ánimo, además estaría mejor despoblado, pensó. Comenzó a tirar. Y los alaridos se sucedían como si estuviera en un campo de tortura. Se alentaba a continuar, aunque muchas veces pensaba que una motosierra hubiese sido una opción más cómoda.

Finalmente, acabó de depilarse y pensó en la farmacéutica. Era muy guapa se dijo, y él, ahora, también. Salió de casa y bajando las escaleras se cruzó con unos policías, bastantes que corrían veloces hacia arriba. “¡Salga de aquí!” – gritaban.

            Muy asustado, siguió hasta la farmacia. Y preguntó a la joven dependienta si sabía qué había pasado. Ella, le explicó que se ve que había pasado algo terrible en el piso tercero (donde el vivía sin que ella lo supiese). Una carnicería. Un hombre que ha matado a varias personas. Y para justificarlo, dijo que hasta la farmacia habían llegado los gritos de dolor y las peticiones de auxilio, de sus víctimas. Él, sonrió suavemente, sabiéndose responsable de aquel malentendido. Se armó de valor e invitó a salir a aquella farmacéutica de la Seu d’Urgell. Pero ante su sorpresa, ella pronto le negó:

– “Lo siento, no salgo con tíos depilados. Me dan grima.”

 

                                                               FIN.

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