Los diecisiete años de mi hermano fueron como los de cualquier adolescente de su edad, gimnasio, chicas y mucha adrenalina. Y el tener un cuerpo que gustar al sexo opuesto era un coqueteo obligado, así que llegó su decisión de depilarse cuerpo entero. Muy valiente él apelando que no debía ser para tanto.
En mitad del comedor montamos una camilla, el con sus bóxers se tumbó boca abajo apoyando la cabeza entre sus manos. Yo, de pie, me preparaba para dar el tirón mientras mi mente esperaba esa dulce venganza de hermana. Tiré, me sentí diabólicamente feliz. Su grito se oyó a tres calles, los brazos de mi hermano se desplomaron de repente hacia los lados de la camilla mientras su cabeza caía empicado rebotando contra la almohada, de un brinco saltó al suelo y sin dejar de mover la pierna y soplando sofocadamente, mi risa parecía no dejar de alterarle.
Mi estomago se doblaba en cada intento de tirar de la cera, el sudaba sin dejar de preguntarme si no existía anestesia para ese sufrimiento. En cada banda de cera que yo le aplicaba, él soplaba y mordía con fuerza la almohada a la vez que yo arrancaba de un tirón parte de su virilidad. Las lágrimas nos caían, a él de dolor, a mí de diversión. Imposible fue llegar a las ingles, se desmayó al saber que debía repetir la experiencia en unas semanas.