Todavía era una adolescente y ni imaginar contar con una pinza de cejas, es la década del sesenta y habían desaparecido del mercado. Por tanto había que usar la pinza de mami, y dejarla en su lugar, en el lado derecho de la gaveta de la cómoda.
Después me fui becada, lejos de casa, y solo una compañera del grupo tenía pinzas de cejas, me convertí en su mejor amiga para que al menos me la prestara. Recuerdo que una mis cuñadas me dijo al ver mi sufrimiento que me afeitara las cejas, que ella lo hacía. No tuve valor.
Siete años despues de terminar el bachillerato y al año de terminar la universidad, resolví una pinzas herencia de mi suegra, pero estaba vieja y maltrecha, halaba más que sacaba.
!Horror! Aparecieron unos pelillos en la barbilla y comenzó el veradero tormento, necesitaba unas pinzas que me acompañaran toda la vida. Oh, una tía viajó a España y se acordó de traerme una. Me duró mucho hasta que mi marido apretó un pequeño tornillo con ellas. Casi sobrevino el divorcio y todo porque en la tienda no había una maldita pinza de cejas.
Pasó el tiempo y lllegó a mi la mejor pinzas de cejas que he tenido: una que parece unas tijeritas, monísima, atractiva que no desaparecía fácilmente, entonces sí que tuve una cierta tranquilidad con mi pelillos del mentó y los de mis cejas. Hasta que un pésimo día vi una película en la que la protagonista se preocupaba porque estaba en cama y pronto dejaría de moverse y no tenía quién la depilara. Desde entonces fue un recuerdo recurrente.
Llegó el famoso once de septiembre, y quince día después debía viajar de la Habana a Guantánamos. En una pequeña cartera para los cosmético iba cómoda y alegremnte mi tijerita pinzas de cejas y cuando pasé la carta por los rayos equis vino el peligro.
-Señora -dijo el funcionario- no puede viajar con tijera en el bolso.
-No son tijeras son pinzas.
-?Pinzas? -dudó el funcionario.
-Pinzas de cejas, lo que tienen forma de tijeritas, pero son pinzas -dije sin que me temblara la voz y dispuesta a todo.
-Ni pinzas ni tijeritas, debe dejarlas aquí.
La vista se me nubló, maldecí a los terroristas, al once de septiembre y al pobre y gris funcionario que pensaba que yo, una gorda que se depila cada dos día, le iba a dejar mis sacrosantas pinzas de cejas, un logro extraordinario después de una adolescencia y juventud llena de carencias.
-Ni muerta se las dejo, me oyó, ni muerta, no viajo, me voy para mi casa y me da lo mismo el evento científico y la sequí y todo lo demás.
Algo sucedió, quizás mi cara, la furia de mis ojos, el amor por mis pinzas, no sé, pero el funcionario terminó diciendo:
-No se muera, pero no saque las pinzas en el avión.