Ay... ufff, ufff, se acerca el día... Y dentro del día, el momento... argh...
Entro en el recinto; algunas luces de neón nublan mi vista. Una mujer vestida de uniforme me sonríe amablemente (no con los ojos) y, con cara de "túsabrásdóndetemetes", me dice "no, no hay mucha gente, pasa". Ays.
Me estoy mareando. Paseo nerviosamente por la estancia subterránea mientras el hilo musical adormece mis sentidos, esto es, ejerce su función de anestesia general. Tensa espera. Miro de reojo las revistas: todas están rotas, como si algún torturado (o torturada, ahora que está tan de moda esto de especificar) las hubiera despedazado entre aullidos descarnados de dolor...
Por fin, llega el momento. Oigo la palabra clave: "pasa", me dice una voz gélida sin cuerpo, sin nombre, desde dentro de la habitación maldita... Y continuamos el ritual: "¿Qué te vas a hacer?" Especifico, con voz temblorosa. No importa cuántos años lleves sometiéndote a esa tiranía... siempre duele. Y siempre recuerdo aquella primera vez, a manos de mi hermana mayor, en plena pubertad incipiente... La pregunta aterrada, entre lágrimas, fue: "¿¿esto va a ser siempre así ??"
Hay que enfrentarse al dolor. "Túmbate en la camilla". Sudores. Algunos segundos de mirar al techo, a la puñetera lucecita de neón que me hace sentir como en un quirófano... y de repente... ¡¡RAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAS!! Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy.... mi rostro mira al techo, impávido. ¡No voy a darle encima el gustazo de que sienta mi pánico, mi sufrimiento...!
Respiro hondo, en plan parturienta... Intento pensar en otra cosa, pero, qué curioso, el único pensamiento que inunda mi cerebro es: "esto tiene que ser lo más parecido a que te arranquen la piel a tiras. Ufff! Uff!..". Continúa la respiración controlada.
Mínimo quejido ahogado desde las cavernas de mi dolor. "¿Quema?", pregunta la muy insensata entre masivas salivaciones de chicle. "Pues sí, un poco", respondes, a punto de romper a hervir.
Intentas pensar en otra cosa, encima la insensata no te da conversación (que a veces es peor, sí... la verdad es que, en esto, no hay distracción posible). Tras veinte minutos de "oooooooooooogh" y "aaaaaaaaagh... joder" internos, tensiones musculares y odios varios, oyes el milagroso: "Ya estás, date la vuelta". Te deshinchas como un globo. Ahhhhhhhh, cremita fría, ¡por fin!
Mamá, ¿por qué me has dejado esta herencia genética de guanche descarriado, de cromañón errante por las sendas de las Islas Canarias? ¿No habría sido más práctico hacer hijos rubios... digo yo??
Difícil estaba la cosa.
Sales de la sala de torturas sintiendo cada latido de tu corazón en piernas, rodillas, muslos... y con una temperatura de 55 grados centígrados de cintura para abajo. Sabiendo que todos te mirarán por la calle con curiosidad, tratando de adivinar qué le ha pasado a tu labio superior y a tu entrecejo, que están rooooooooooooooooooojos rojos rojos.
¡Y encima... apoquinas!
Hala, ya estamos depilados. Hasta dentro de tres semanas.