Parte de las ropas de ambos, ya desparramadas entre los muebles del cuarto, lucían como un preludio del placer venidero. Deseaba a Álvaro más que el agua para una persona perdida en el desierto, más que el aire que respiraba. El ansia empezó a consumirme nada más ver aquél par de ojos negros, cubiertos de pestañas tupidas y sedosas. Ahora por fin, tras citas y coqueteos, había llegado el momento de apaciguar el volcán que había creado en mí.
Entre caricias ardorosas, comenzó a bajar con sensualidad los ligueros negros que cubrían aún mis piernas. Su aliento hirviente me quemaba el cuello, y el anhelo me dominaba.
-Marien…-susurró con voz ahogada en mi oído, ya cerca de nuestra unión-Me estás pinchando.
Vale, está más que claro que esa noche no hubo orgasmo para mí. Sin más, alegué un mareo repentino, recogí mi vestido, medias, pendientes desperdigados, bolso y tacones y salí de allí a la velocidad del rayo.
¿Qué “lo estaba pinchando”? Quizás estuviera muy bueno, pero no tenía ni puñetera idea de cómo tratar a las mujeres. Estuvo con los pantalones puestos todo el rato, seguro que la tenía pequeña y además era un amante pésimo. Despotriqué mentalmente todo el camino hasta que a diez metros del portal de mi casa, mi tacón derecho se desprendió, con lo que me desplomé en el suelo con muy poca gracia.
Solté un grito agudo, producto de la frustración y la rabia.
-¡Cállate zorra!-vociferó una fémina de cabello en proceso de permanentación que asomó su rostro lleno de mascarilla facial verde por la ventana.
-Mierda-susurré sentándome en la escalera al llegar a destino.
Rocé mi pierna con disimulo, no fuera cosa que un transeúnte pensara lo que no era… ¡Venga ya, Marien! Estás con el rimel corrido de llorar, un zapato roto y sentada en una escalera con un vestido demasiado corto: no creo que la catástrofe pueda volverse mayor. Algunos pelos incipientes fueron descubiertos por mi mano ¡Pero tampoco era para tanto!
Bufé y tras repetirme aproximadamente unas veintidós frases feministas, apagué el móvil y obligué a mi cuerpo a perderse entre las mantas de mi cama, agradeciendo que me despertaría un sábado, día que supuse emplearía en reponerme de la noche de intensa lujuria que yo creía que me esperaba.
Me levanté de la cama con un aspecto peor al de un zombi, vamos, del todo hundida en las espirales de la miseria. Entré en la ducha antes de que empezara a pensar en que me había faltado un pelo (o mejor dicho, sobrado) para cumplir mis fantasías de los últimos meses… o en por qué la miseria tenía forma de espiral.
Encendí nuevamente el móvil, mientras preparaba una pseudoalmuerzo con el escaso contenido de la alacena y la nevera. Enseguida me llegó un mensaje que me informaba de las veinticinco llamadas perdidas de parte de Álvaro, hasta hacía dos minutos atrás. Tan pronto acabé de leerlo, la pantalla se iluminó con su nombre y el aparatejo comenzó a sonar.
-¿Marien? ¿Cómo estás de tu mareo? ¿Ocurre algo? ¿Hice alguna cosa que te molestase?-definitivamente el chico estaba falto de luces.
-Si, si, estoy mucho mejor-respondí intentando ocultar mi desolación
-¿Cuándo quedamos para… dar una vuelta?-Si, YA- ¿El próximo viernes a la misma hora?-concluyó con un tono sugerente que ayer me habría resultado irresistible, pero hoy se me antojaba patético.
-Si, si, estaría muy bien. ¿Qué te parece si cenamos en mi casa?
-Allí estaré.
Cerré la tapa del móvil con determinación. La situación había perdido bastante de su encanto inicial, pero bueno, no se puede tener todo en esta vida. Mira mona, está bueno, y a ti te vendría estupendo un buen polvo; quizás si le tapas la boca no será tan horrible…
Miré hacia abajo y decidí que era el momento para plantearme qué haría con mis vellosidades; de lo contrario me quedaban dos caminos si la situación se repetía: sentirme la mujer menos atractiva de toda la creación y sumirme en la depresión, o pegarle una patada en los huevos.
Opté por ir al supermercado en busca del método de depilación de larga duración más difundido, y al poco rato regresaba contentísima a casa con un bote de cera.
La experiencia fue humillante.
Me rendí a los cuarenta y siete minutos con exactitud, cuando había arrancado (mal) únicamente una tira de cera, pero a la vez pringado mis pantalones cortos, mis manos y buena parte del baño. Guardé lo que quedaba en un estante y me arrojé en la cama sudada y con dolor de espalda.
Dos días antes de mi cita, acepté lo inevitable.
Allí estaba yo, Marien, a mis veinte años… una incondicional de la maquinilla de afeitar desde los trece, a las puertas de un centro de estética.
Al llegar mi turno, una señorita muy amable me guió hasta un cuarto y me preparó una camilla. Cuando la primera capa de cera tibia estuvo sobre mi piel, me relajé; después de todo, aquello iba a ser mucho más rápido, limpio y cómodo. Colocó una tira de lienzo encima y…
¡FRAS! ¡TRAS! ¡ZAS! ¡FRUS!
Ni bien conseguí reunir las fuerzas suficientes como para arrastrarme fuera de la camilla hacia mi ropa, fui del todo incapaz de comprender cómo prosperaban las reuniones en clubes de sadomaso, existiendo algo como la depilación. Sin duda habría quedado maravillada con el tacto extraordinariamente suave de mi cuerpo, si no persistiera la sensación de que mi piel había sido arrancada a tiras. De todas formas, el equipo humano fue del todo encantador, más aún si tenemos en cuenta la extraordinaria gentileza que mostraron al cobrarme únicamente el servicio, eximiéndome del precio de los vidrios rotos y las cirugías de reconstrucción de tímpanos que, seguramente necesitarían todas las personas en un radio de dos calles.
Agradecí enormemente el haber ido después de trabajo, o no me podría mover ni un centímetro para ningún lugar. Tan pronto llegué a casa, caí en mi cama con ropa y todo, quedándome dormida.
Dos días después, mi piel había perdido toda rojez, luciendo sedosa y con un brillo mate destacado por las luces bajas. Había preparado una cena ligera, y me había enfundado en un vestido borgoña que me llegaba algo por debajo de las rodillas, compensado por un corte que casi llegaba hasta las caderas, exhibiendo una de mis piernas al contonearme sobre un par de sandalias de altísimo tacón, así como un generoso escote por detrás hasta la cintura.
Mi acompañante tocó el timbre con una puntualidad exquisita. Cenamos entre insinuaciones, para terminar en la cama antes de llegar al postre, cosa ciertamente positiva para mi vida sexual y culinaria, porque había pasado de preparar nada. Recorrió mi cuerpo con embelesamiento, alucinado con su tacto… psss, no era para menos, la verdad, tras semejante tortura china, era lo menos que se podía esperar. Me levanté un momento, acallando sus protestas con un dedo en sus labios.
-Espérame aquí-susurré con la voz más sexy que pude.
Fui a la nevera y saqué un spray de nata montada, y un par de esposas de uno de los cajones de la cocina (Nota: Está terminantemente prohibido indagar qué hacían allí). Volví corriendo, y me detuve en la puerta del cuarto, para entrar con el mismo paso sensual con el que me había ido (Si esperaban una femme fatal, léanse novelas eróticas ¿Vale?). Lo desvestí hasta dejarlo en ropa interior, y le puse las esposas en las muñecas, dejándolo inmovilizado contra el espaldar de la cama.
Le enseñé el bote de nata, poniendo un poco en mi dedo índice, que chupé lentamente mientras lo miraba con fijeza. Puse música suave, para enseguida pasar a hacer un striptease… no está de más decir que había practicado al menos tres horas el día anterior para encontrar una manera de quitarme el precioso pero irritante vestido con algo de dignidad; véase, sin herir a nadie, tropezar con la colcha o torcerme un tobillo con el arma mortal de doce centímetros que el resto de la humanidad se empeñaba en llamar zapato.
En cuanto estuve encima de él, le arranqué los bóxer intentando imitar a una de esas estrellas porno que tanto les gustan a los tíos; aún con resultados pobres, la reacción no se hizo esperar, y fue muy positiva… exceptuando que mis ojos estaban a punto de desafiar las leyes de la física y saltar de sus cuencas, y no precisamente por un motivo agradable.
Allí… había… ¡Una mata de pelo que emulaba a la selva del Amazonas! ¡Será capullo! ¡Ja! Pero esto no se iba a quedar así. Me levanté de la cama nuevamente, y me dirigí hacia el baño, hastiada… ¡¿Qué se creía el tío ése?! ¡Yo sufriendo como una desgraciada para contentarlo, y él ahí con su bosquecillo feliz! En medio de mi perorata, divisé algo de lo más apropiado.
-Mmm… cariño… por fin has vuelto… te echábamos de menos…-me dijo mordiéndose el labio.
-¿En serio? Vaya…-gemí en su oído, mientras sacaba el bote de cera de la pequeña bolsa que traía-Si, sin duda esta noche va a ser muy larga para ti, guapo.