Una mañana de domingo, como otra cualquiera, me disponía a depilarme el labio. Estaba sola en casa, mis padres estaban en una comida. Entonces puse a calentar al baño maría un potito con un poco de cera, pero, tocan al timbre, voy a abrir, eran mis amigas. Nos quedamos un rato en la puerta alucinadas porqué justo delante de mi casa hacían un espectáculo, nos pudo la curiosidad. Me propusieron dar una vuelta por el pueblo, y por supuesto dije que sí, sin acordarme del potito de cera al baño maría que tenía en la cocina. Le dije a una amiga que me acompañara arriba a buscar una chaqueta, pero entonces...SORPRESA!!! La escalera llena de un humo blanco con una olor horrible, ¡qué miedo!, justamente subimos las más miedicas. Nos adentramos en la cocina y ... ¡fuegooooo! Las dos salimos corriendo a la terraza gritando, la gente del espectáculo que mencioné antes nos miraba pero no hacían nada (era gente de fuera), las amigas que se habían quedado abajo impacientes por nuestra tardanza decidieron subir, y menos mal que subieron, porqué fueron ellas las que apagaron el fuego, eso sí, de una forma muy peculiar. Cuando primero, subimos yo y otra amiga, antes de irnos a la terraza tiré un vaso de agua al fuego, pero este emprendió más aún, así que las otras amigas, más valientes por supuesto, cogieron un trapo, pero el fuego se resistió, y me preguntaron si podían coger una lechuga que había en la mesa, yo un poco descolocada les dije que cogieran lo que quisieran, pero fue con esa lechuga con la que mis amigas apagaron el fuego; gracias lechuga, por estar en este preciso momento en ese preciso lugar.
Lo demás podeis imaginar, la cocina era blanca, y acabó negra, mis padres enfadados,.... pero ahora lo contamos cómo una anécdota, ya que los daños fueron leves. A partir de ese momento nunca más calenté cera al baño maría, sinó que al mircroondas.