¡CUIDADO CON LOS CACTUS!
Quizá en civilizaciones antiguas las cavernícolas se sintieron motivadas y orgullosas de su desproporcionado pelaje en cabeza y cuerpo. A lo mejor les sirvió como modelo de belleza, triunfo personal o protección de los rigores del clima. Así que el ser humano se las ingenió abrigándose con pieles de animales y luego con el práctico invento del vestido. Mediante un proceso perfecto del Universo, poco a poco, el hombre evolucionó el cavernícola existente en él y se convirtió en el “homo sapiens” actual y la pelamenta, poco a poco, fue desapareciendo, aunque no del todo.
Sin embargo, como nuestra cultura nos exige más a las mujeres estar libres de fealdad y esa fealdad incluye pelos en algunas partes del cuerpo. A los diez años me preocupé porque aparecieron unos vellos (que no eran feos) en piernas y brazos; estos eran motivo de burla de las chicas (quienes parecían botellas por lo lisas); y la atracción de los chicos, quienes al acercárseme se creían en el derecho de halarlos. De repente, empecé a tener pesadillas pensando que crecería como una de las tantas cavernícolas que vi en los libros de Prehistoria, porque además de velluda tenía mucho cabello. Me intranquilicé pensando que mis vellos rebasarían límites insospechados y crecerían descomunalmente como los vellos viriles que portaban unas vecinas en labio superior, brazos y piernas, al punto que en el barrio las conocían como “las peludas”, y parece que no les incomodaban porque nunca se los quitaron. Menos mal que mis presagios no duraron mucho puesto que me informé bien y concluí que mis pelitos eran más estéticos que los de ellas. De todas formas desde el principio los rechacé en mis piernas, quería quedar a la par de mis las otras chicas.. Sin embargo, mi ciencia de la depilación sólo comenzó hasta los trece años, cuando mi cuerpo empezó a redondearse y los chicos a mirarme mucho más, allí me di cuenta que ellos lucían mejor con pelos y que las chicas debíamos lucir como reinas (cero pelos).
Pero después de tanta reflexión en mí recién iniciada adolescencia yo debía dejar de lado todas estas premisas culturales, históricas, sociales, etc... Y centrarme únicamente en embellecerme, sobre todo en el área de las piernas que es la más exigente. Uno de los pasos para lograr este objetivo, sin duda, se llamaría “dolor”. Sì, señoras y señoritas, el dolor va ligado a la belleza de una mujer. Ya lo dice el refrán: “El que quiere marrones, aguanta tirones”. Es imposible contar que una se ve bonita sin sentir dolor (más o menos intenso) para embellecerse. Mucho más tratándose del mundo de la depilación, sin importar el elemento que se use para ello: todos los métodos resultan dolorosos.
Empecé por investigar cuál era el método menos doloroso para lograr unas piernas perfectamente depiladas. En aquella época el mercado me ofreció: maquinillas de afeitar, cremas depilatorias, espumas, cera, y hasta depilador de cejas. Este último método, a decir verdad, no me convenció mucho por doloroso, porque perdía las tardes enteras y nunca lograba depilarlas por completo. Así que desistí de inmediato. Pero sé de una amiga que además de cepillarse los dientes con carbón, sacaba la tarde entera para depilar sus piernas vello por vello ¡Qué paciencia! Porque decía que su novio no la podía sentir con vellos salientes, pues le decía “piernas de cactus·”
Además, del depilado, que insisto rinde más en las cejas; mi querida madre me comentó de un método natural, eficaz, no doloroso que en su época se usó: “depilación con babosas” (entiéndase por babosas, animalito que se arrastra en la humedad y vive en los jardines. Sí, esas mismas). Según mi madre, éstas debían frotarse por el área a afeitar y los vellos caían definitivamente. Esta forma de depilación no me convenció; de hecho nunca la usé, tan sólo de imaginarme las gelatinosas y húmedas babosas subiendo y bajando sobre mis piernas. “Las prefiero en el jardín”, dije con cierta sonrisilla a mamá.
Además de lo anterior, probé la crema depiladora, un método que prometía dejar mis piernas completamente lisas por más tiempo (eso sí con un fuerte olor parecido a orín de gato); con tan mala fortuna que un día, por descuido, la dejé en la ducha, y mi hermano mayor (Q.E.P.D.), la confundió con un bote de champú y ¡zas! Cuando menos pensé escuché sus alaridos preguntando qué era ese producto que le tumbaba el cabello por montones y que olía tan feo. Esto me costó además de un severo regaño, el decomiso del producto agresor de sus caídos mechones de cabello. Menos mal que no tenemos antecedentes alopécicos en nuestro árbol genealógico, porque por “vena várice” nos viene buen cabello. Así que mi bello hermano recuperó sus mechones en poco tiempo. De lo contrario, además de morir joven, hubiera muerto alopécico, por cuenta de mi juvenil olvido.
Luego de esta experiencia me decidí por la máquina de afeitar. Fácil, económica, adaptable, mejor dicho “buena, bonita y barata”. Pero cuando usas cuchilla te pueden pasar dos cosas: Que te rasures bien, si no andas con prisa; o que te cortes, si andas con prisa. Y casi siempre en nuestra vida escolar andamos con prisa por lo que cada cortadura cuenta una historia como la siguiente: Una mañana antes de irme a estudiar estaba en la ducha rasurándome muy juiciosita con un jabón espumoso y llevando la máquina en dirección al crecimiento de los vellos, me sentía en la gloria porque luciría un espectacular uniforme de deporte que consistìa en una faldita como de tenista. Cuando ¡madre mía! empezó a temblar la tierra (fenómeno frecuente en mi tierra) de forma que las paredes se mecían de un lado para otro; lógicamente, dejé de lado rasurada y ducha y salí como despavorida, enjabonada y envuelta en una toalla en medio del susto del momento. El zigzag del evento pasó sin mayor novedad ¡uuuf! Pero ¡queeé! El zigzag de la máquina me dejó tremenda cortadura que demoré en sanar lo que me costó llegar tarde a clases ese día, más una vendita para disimular tal accidente. En adelante y con ánimo preventivo me rasuraba por tramos muy cortos por si había una réplica de temblor evitar un fatídico accidente de piernas, además no las tenía aseguradas.
En resumen durante largo tiempo hice un buen maridaje con la cuchilla o máquina de afeitar; sin embargo, la búsqueda por encontrar el método eficaz no terminaba aún. Con el tiempo y debido a la presión que ejercen los medios de comunicación (radio, televisión, prensa) en las mujeres, en mi mente se posicionó todo tipo de tratamiento para acabar con los vellos de las piernas. Recuerdo que en un comercial se mostraba una estilizada modelo, alta, con unas piernas lindísimas, largas cual avestruz (jamás ponen una piernicortita), anunciando una crema depiladora que la dejaba feliz y atrayendo las miradas de los hombres. Subía y bajaba las piernas cual bailarina profesional. Este comercial causó tanta impresión en mí que quise modelar piernas como aquélla y me compré la tal crema.
Los primeros días me sentí espectacular, fresca, bella y lisa, modelando todos los vestidos, pero una semana después una “piquiñita” molesta se apoderó de mí, de mis noches y de mis piernas. Aún cuando las sentía suaves como de modelo ya no aguanté la “alergia”. Entonces, me casé de nuevo con la fiel y barata cuchillita de afeitar que consigo en la tienda de la esquina o en el supermercado.
Eso sí a toda costa me depilo porque no admito que mis piernas se conviertan en un desierto lleno de cactus que chuzan y pican agresivamente. Si no me depilo, así lleve pantalón siento que todo el mundo se da cuenta de mi descuido. Y menos dejo de depilarme si tengo una cita romántica con mi amor. El código ético de la belleza femenina reza lo siguiente: “mujer, nunca, nunca, puedes permitirte una noche de amor si no estás depilada, es mejor que te reprimas, que inventes una excusa (del tipo que desees), pero nunca salgas con tus piernas sin depilar porque tu galán saldría huyendo como gato que se ha clavado espinas gritando: ¡cuidado con los cactus!”. Tenlo por seguro que ese hombre jamás querría un nuevo encuentro amoroso contigo.
Hablando de las otras áreas de mi cuerpo: los vellos de los brazos se los dejé a la señora oxigenta; las axilas a la señora máquina; pero debo hacer énfasis en el área del bikini… no es mucho lo que debo quitar en esta zona porque no voy a participar en ningún reinado, o a modelar ropa interior para un catálogo, y menos a lucir la última moda en bikini que ya se usa en Brasil (¡una tirita chiquitica para cubrir? los pezones y las partes pudendas con nylon alrededor!), así que aplico la cera, inspiro profundamente y ¡zas! Tiro la bandita y aguanto el dolor. Mi bikini queda perfecto y yo feliz. En términos generales me considero una mujer normal en cuanto a vellos. No me comparo con mis exvecinas “las peludas” o con una señora que vi en días anteriores que hacía homenaje a la cavernícola que aparece en los libros, con vellos extralargos, extragruesos y extramachos en sus extremidades; y adornada de un bigote que se lo envidiaría cualquier hombre y hasta el Maestro Dalí (si aún viviera). Y más ufana que yo de estos pelos groseros, porque tenía puesto un hermoso vestido a la rodilla y sonreía confiada y simpática ante la mirada atónita de los curiosos que pasábamos cerca.
Habiendo probado tanto método me queda aún una esperanza para deshacerme de estos inquietos vellos de las piernas: el láser que me los quitaría definitivamente. Ahorrar tiempo en las mañanas y dinero de por vida, es algo con lo que las mujeres del mundo soñamos y lo mejor no sufriría más dolor. Con el láser me veo luciendo unas espectaculares piernas lisas, bronceaditas por el sol que toca a mi Valle del Cauca, libres de cactus desérticos, ya sea caminando por las calles de mi pueblo; bailando con un espectacular vestido al ritmo de la salsa (soy excelente en esto) o compartiendo una noche romántica. Porque las piernas de una mujer además de servir como tracción motora son un arma conquistadora…
Quizá en civilizaciones antiguas las cavernícolas se sintieron motivadas y orgullosas de su desproporcionado pelaje en cabeza y cuerpo. A lo mejor les sirvió como modelo de belleza, triunfo personal o protección de los rigores del clima. Así que el ser humano se las ingenió abrigándose con pieles de animales y luego con el práctico invento del vestido. Mediante un proceso perfecto del Universo, poco a poco, el hombre evolucionó el cavernícola existente en él y se convirtió en el “homo sapiens” actual y la pelamenta, poco a poco, fue desapareciendo, aunque no del todo.
Sin embargo, como nuestra cultura nos exige más a las mujeres estar libres de fealdad y esa fealdad incluye pelos en algunas partes del cuerpo. A los diez años me preocupé porque aparecieron unos vellos (que no eran feos) en piernas y brazos; estos eran motivo de burla de las chicas (quienes parecían botellas por lo lisas); y la atracción de los chicos, quienes al acercárseme se creían en el derecho de halarlos. De repente, empecé a tener pesadillas pensando que crecería como una de las tantas cavernícolas que vi en los libros de Prehistoria, porque además de velluda tenía mucho cabello. Me intranquilicé pensando que mis vellos rebasarían límites insospechados y crecerían descomunalmente como los vellos viriles que portaban unas vecinas en labio superior, brazos y piernas, al punto que en el barrio las conocían como “las peludas”, y parece que no les incomodaban porque nunca se los quitaron. Menos mal que mis presagios no duraron mucho puesto que me informé bien y concluí que mis pelitos eran más estéticos que los de ellas. De todas formas desde el principio los rechacé en mis piernas, quería quedar a la par de mis las otras chicas.. Sin embargo, mi ciencia de la depilación sólo comenzó hasta los trece años, cuando mi cuerpo empezó a redondearse y los chicos a mirarme mucho más, allí me di cuenta que ellos lucían mejor con pelos y que las chicas debíamos lucir como reinas (cero pelos).
Pero después de tanta reflexión en mí recién iniciada adolescencia yo debía dejar de lado todas estas premisas culturales, históricas, sociales, etc... Y centrarme únicamente en embellecerme, sobre todo en el área de las piernas que es la más exigente. Uno de los pasos para lograr este objetivo, sin duda, se llamaría “dolor”. Sì, señoras y señoritas, el dolor va ligado a la belleza de una mujer. Ya lo dice el refrán: “El que quiere marrones, aguanta tirones”. Es imposible contar que una se ve bonita sin sentir dolor (más o menos intenso) para embellecerse. Mucho más tratándose del mundo de la depilación, sin importar el elemento que se use para ello: todos los métodos resultan dolorosos.
Empecé por investigar cuál era el método menos doloroso para lograr unas piernas perfectamente depiladas. En aquella época el mercado me ofreció: maquinillas de afeitar, cremas depilatorias, espumas, cera, y hasta depilador de cejas. Este último método, a decir verdad, no me convenció mucho por doloroso, porque perdía las tardes enteras y nunca lograba depilarlas por completo. Así que desistí de inmediato. Pero sé de una amiga que además de cepillarse los dientes con carbón, sacaba la tarde entera para depilar sus piernas vello por vello ¡Qué paciencia! Porque decía que su novio no la podía sentir con vellos salientes, pues le decía “piernas de cactus·”
Además, del depilado, que insisto rinde más en las cejas; mi querida madre me comentó de un método natural, eficaz, no doloroso que en su época se usó: “depilación con babosas” (entiéndase por babosas, animalito que se arrastra en la humedad y vive en los jardines. Sí, esas mismas). Según mi madre, éstas debían frotarse por el área a afeitar y los vellos caían definitivamente. Esta forma de depilación no me convenció; de hecho nunca la usé, tan sólo de imaginarme las gelatinosas y húmedas babosas subiendo y bajando sobre mis piernas. “Las prefiero en el jardín”, dije con cierta sonrisilla a mamá.
Además de lo anterior, probé la crema depiladora, un método que prometía dejar mis piernas completamente lisas por más tiempo (eso sí con un fuerte olor parecido a orín de gato); con tan mala fortuna que un día, por descuido, la dejé en la ducha, y mi hermano mayor (Q.E.P.D.), la confundió con un bote de champú y ¡zas! Cuando menos pensé escuché sus alaridos preguntando qué era ese producto que le tumbaba el cabello por montones y que olía tan feo. Esto me costó además de un severo regaño, el decomiso del producto agresor de sus caídos mechones de cabello. Menos mal que no tenemos antecedentes alopécicos en nuestro árbol genealógico, porque por “vena várice” nos viene buen cabello. Así que mi bello hermano recuperó sus mechones en poco tiempo. De lo contrario, además de morir joven, hubiera muerto alopécico, por cuenta de mi juvenil olvido.
Luego de esta experiencia me decidí por la máquina de afeitar. Fácil, económica, adaptable, mejor dicho “buena, bonita y barata”. Pero cuando usas cuchilla te pueden pasar dos cosas: Que te rasures bien, si no andas con prisa; o que te cortes, si andas con prisa. Y casi siempre en nuestra vida escolar andamos con prisa por lo que cada cortadura cuenta una historia como la siguiente: Una mañana antes de irme a estudiar estaba en la ducha rasurándome muy juiciosita con un jabón espumoso y llevando la máquina en dirección al crecimiento de los vellos, me sentía en la gloria porque luciría un espectacular uniforme de deporte que consistìa en una faldita como de tenista. Cuando ¡madre mía! empezó a temblar la tierra (fenómeno frecuente en mi tierra) de forma que las paredes se mecían de un lado para otro; lógicamente, dejé de lado rasurada y ducha y salí como despavorida, enjabonada y envuelta en una toalla en medio del susto del momento. El zigzag del evento pasó sin mayor novedad ¡uuuf! Pero ¡queeé! El zigzag de la máquina me dejó tremenda cortadura que demoré en sanar lo que me costó llegar tarde a clases ese día, más una vendita para disimular tal accidente. En adelante y con ánimo preventivo me rasuraba por tramos muy cortos por si había una réplica de temblor evitar un fatídico accidente de piernas, además no las tenía aseguradas.
En resumen durante largo tiempo hice un buen maridaje con la cuchilla o máquina de afeitar; sin embargo, la búsqueda por encontrar el método eficaz no terminaba aún. Con el tiempo y debido a la presión que ejercen los medios de comunicación (radio, televisión, prensa) en las mujeres, en mi mente se posicionó todo tipo de tratamiento para acabar con los vellos de las piernas. Recuerdo que en un comercial se mostraba una estilizada modelo, alta, con unas piernas lindísimas, largas cual avestruz (jamás ponen una piernicortita), anunciando una crema depiladora que la dejaba feliz y atrayendo las miradas de los hombres. Subía y bajaba las piernas cual bailarina profesional. Este comercial causó tanta impresión en mí que quise modelar piernas como aquélla y me compré la tal crema.
Los primeros días me sentí espectacular, fresca, bella y lisa, modelando todos los vestidos, pero una semana después una “piquiñita” molesta se apoderó de mí, de mis noches y de mis piernas. Aún cuando las sentía suaves como de modelo ya no aguanté la “alergia”. Entonces, me casé de nuevo con la fiel y barata cuchillita de afeitar que consigo en la tienda de la esquina o en el supermercado.
Eso sí a toda costa me depilo porque no admito que mis piernas se conviertan en un desierto lleno de cactus que chuzan y pican agresivamente. Si no me depilo, así lleve pantalón siento que todo el mundo se da cuenta de mi descuido. Y menos dejo de depilarme si tengo una cita romántica con mi amor. El código ético de la belleza femenina reza lo siguiente: “mujer, nunca, nunca, puedes permitirte una noche de amor si no estás depilada, es mejor que te reprimas, que inventes una excusa (del tipo que desees), pero nunca salgas con tus piernas sin depilar porque tu galán saldría huyendo como gato que se ha clavado espinas gritando: ¡cuidado con los cactus!”. Tenlo por seguro que ese hombre jamás querría un nuevo encuentro amoroso contigo.
Hablando de las otras áreas de mi cuerpo: los vellos de los brazos se los dejé a la señora oxigenta; las axilas a la señora máquina; pero debo hacer énfasis en el área del bikini… no es mucho lo que debo quitar en esta zona porque no voy a participar en ningún reinado, o a modelar ropa interior para un catálogo, y menos a lucir la última moda en bikini que ya se usa en Brasil (¡una tirita chiquitica para cubrir? los pezones y las partes pudendas con nylon alrededor!), así que aplico la cera, inspiro profundamente y ¡zas! Tiro la bandita y aguanto el dolor. Mi bikini queda perfecto y yo feliz. En términos generales me considero una mujer normal en cuanto a vellos. No me comparo con mis exvecinas “las peludas” o con una señora que vi en días anteriores que hacía homenaje a la cavernícola que aparece en los libros, con vellos extralargos, extragruesos y extramachos en sus extremidades; y adornada de un bigote que se lo envidiaría cualquier hombre y hasta el Maestro Dalí (si aún viviera). Y más ufana que yo de estos pelos groseros, porque tenía puesto un hermoso vestido a la rodilla y sonreía confiada y simpática ante la mirada atónita de los curiosos que pasábamos cerca.
Habiendo probado tanto método me queda aún una esperanza para deshacerme de estos inquietos vellos de las piernas: el láser que me los quitaría definitivamente. Ahorrar tiempo en las mañanas y dinero de por vida, es algo con lo que las mujeres del mundo soñamos y lo mejor no sufriría más dolor. Con el láser me veo luciendo unas espectaculares piernas lisas, bronceaditas por el sol que toca a mi Valle del Cauca, libres de cactus desérticos, ya sea caminando por las calles de mi pueblo; bailando con un espectacular vestido al ritmo de la salsa (soy excelente en esto) o compartiendo una noche romántica. Porque las piernas de una mujer además de servir como tracción motora son un arma conquistadora…
¡CUIDADO CON LOS CACTUS!
Quizá en civilizaciones antiguas las cavernícolas se sintieron motivadas y orgullosas de su desproporcionado pelaje en cabeza y cuerpo. A lo mejor les sirvió como modelo de belleza, triunfo personal o protección de los rigores del clima. Así que el ser humano se las ingenió abrigándose con pieles de animales y luego con el práctico invento del vestido. Mediante un proceso perfecto del Universo, poco a poco, el hombre evolucionó el cavernícola existente en él y se convirtió en el “homo sapiens” actual y la pelamenta, poco a poco, fue desapareciendo, aunque no del todo.
Sin embargo, como nuestra cultura nos exige más a las mujeres estar libres de fealdad y esa fealdad incluye pelos en algunas partes del cuerpo. A los diez años me preocupé porque aparecieron unos vellos (que no eran feos) en piernas y brazos; estos eran motivo de burla de las chicas (quienes parecían botellas por lo lisas); y la atracción de los chicos, quienes al acercárseme se creían en el derecho de halarlos. De repente, empecé a tener pesadillas pensando que crecería como una de las tantas cavernícolas que vi en los libros de Prehistoria, porque además de velluda tenía mucho cabello. Me intranquilicé pensando que mis vellos rebasarían límites insospechados y crecerían descomunalmente como los vellos viriles que portaban unas vecinas en labio superior, brazos y piernas, al punto que en el barrio las conocían como “las peludas”, y parece que no les incomodaban porque nunca se los quitaron. Menos mal que mis presagios no duraron mucho puesto que me informé bien y concluí que mis pelitos eran más estéticos que los de ellas. De todas formas desde el principio los rechacé en mis piernas, quería quedar a la par de mis las otras chicas.. Sin embargo, mi ciencia de la depilación sólo comenzó hasta los trece años, cuando mi cuerpo empezó a redondearse y los chicos a mirarme mucho más, allí me di cuenta que ellos lucían mejor con pelos y que las chicas debíamos lucir como reinas (cero pelos).
Pero después de tanta reflexión en mí recién iniciada adolescencia yo debía dejar de lado todas estas premisas culturales, históricas, sociales, etc... Y centrarme únicamente en embellecerme, sobre todo en el área de las piernas que es la más exigente. Uno de los pasos para lograr este objetivo, sin duda, se llamaría “dolor”. Sì, señoras y señoritas, el dolor va ligado a la belleza de una mujer. Ya lo dice el refrán: “El que quiere marrones, aguanta tirones”. Es imposible contar que una se ve bonita sin sentir dolor (más o menos intenso) para embellecerse. Mucho más tratándose del mundo de la depilación, sin importar el elemento que se use para ello: todos los métodos resultan dolorosos.
Empecé por investigar cuál era el método menos doloroso para lograr unas piernas perfectamente depiladas. En aquella época el mercado me ofreció: maquinillas de afeitar, cremas depilatorias, espumas, cera, y hasta depilador de cejas. Este último método, a decir verdad, no me convenció mucho por doloroso, porque perdía las tardes enteras y nunca lograba depilarlas por completo. Así que desistí de inmediato. Pero sé de una amiga que además de cepillarse los dientes con carbón, sacaba la tarde entera para depilar sus piernas vello por vello ¡Qué paciencia! Porque decía que su novio no la podía sentir con vellos salientes, pues le decía “piernas de cactus·”
Además, del depilado, que insisto rinde más en las cejas; mi querida madre me comentó de un método natural, eficaz, no doloroso que en su época se usó: “depilación con babosas” (entiéndase por babosas, animalito que se arrastra en la humedad y vive en los jardines. Sí, esas mismas). Según mi madre, éstas debían frotarse por el área a afeitar y los vellos caían definitivamente. Esta forma de depilación no me convenció; de hecho nunca la usé, tan sólo de imaginarme las gelatinosas y húmedas babosas subiendo y bajando sobre mis piernas. “Las prefiero en el jardín”, dije con cierta sonrisilla a mamá.
Además de lo anterior, probé la crema depiladora, un método que prometía dejar mis piernas completamente lisas por más tiempo (eso sí con un fuerte olor parecido a orín de gato); con tan mala fortuna que un día, por descuido, la dejé en la ducha, y mi hermano mayor (Q.E.P.D.), la confundió con un bote de champú y ¡zas! Cuando menos pensé escuché sus alaridos preguntando qué era ese producto que le tumbaba el cabello por montones y que olía tan feo. Esto me costó además de un severo regaño, el decomiso del producto agresor de sus caídos mechones de cabello. Menos mal que no tenemos antecedentes alopécicos en nuestro árbol genealógico, porque por “vena várice” nos viene buen cabello. Así que mi bello hermano recuperó sus mechones en poco tiempo. De lo contrario, además de morir joven, hubiera muerto alopécico, por cuenta de mi juvenil olvido.
Luego de esta experiencia me decidí por la máquina de afeitar. Fácil, económica, adaptable, mejor dicho “buena, bonita y barata”. Pero cuando usas cuchilla te pueden pasar dos cosas: Que te rasures bien, si no andas con prisa; o que te cortes, si andas con prisa. Y casi siempre en nuestra vida escolar andamos con prisa por lo que cada cortadura cuenta una historia como la siguiente: Una mañana antes de irme a estudiar estaba en la ducha rasurándome muy juiciosita con un jabón espumoso y llevando la máquina en dirección al crecimiento de los vellos, me sentía en la gloria porque luciría un espectacular uniforme de deporte que consistìa en una faldita como de tenista. Cuando ¡madre mía! empezó a temblar la tierra (fenómeno frecuente en mi tierra) de forma que las paredes se mecían de un lado para otro; lógicamente, dejé de lado rasurada y ducha y salí como despavorida, enjabonada y envuelta en una toalla en medio del susto del momento. El zigzag del evento pasó sin mayor novedad ¡uuuf! Pero ¡queeé! El zigzag de la máquina me dejó tremenda cortadura que demoré en sanar lo que me costó llegar tarde a clases ese día, más una vendita para disimular tal accidente. En adelante y con ánimo preventivo me rasuraba por tramos muy cortos por si había una réplica de temblor evitar un fatídico accidente de piernas, además no las tenía aseguradas.
En resumen durante largo tiempo hice un buen maridaje con la cuchilla o máquina de afeitar; sin embargo, la búsqueda por encontrar el método eficaz no terminaba aún. Con el tiempo y debido a la presión que ejercen los medios de comunicación (radio, televisión, prensa) en las mujeres, en mi mente se posicionó todo tipo de tratamiento para acabar con los vellos de las piernas. Recuerdo que en un comercial se mostraba una estilizada modelo, alta, con unas piernas lindísimas, largas cual avestruz (jamás ponen una piernicortita), anunciando una crema depiladora que la dejaba feliz y atrayendo las miradas de los hombres. Subía y bajaba las piernas cual bailarina profesional. Este comercial causó tanta impresión en mí que quise modelar piernas como aquélla y me compré la tal crema.
Los primeros días me sentí espectacular, fresca, bella y lisa, modelando todos los vestidos, pero una semana después una “piquiñita” molesta se apoderó de mí, de mis noches y de mis piernas. Aún cuando las sentía suaves como de modelo ya no aguanté la “alergia”. Entonces, me casé de nuevo con la fiel y barata cuchillita de afeitar que consigo en la tienda de la esquina o en el supermercado.
Eso sí a toda costa me depilo porque no admito que mis piernas se conviertan en un desierto lleno de cactus que chuzan y pican agresivamente. Si no me depilo, así lleve pantalón siento que todo el mundo se da cuenta de mi descuido. Y menos dejo de depilarme si tengo una cita romántica con mi amor. El código ético de la belleza femenina reza lo siguiente: “mujer, nunca, nunca, puedes permitirte una noche de amor si no estás depilada, es mejor que te reprimas, que inventes una excusa (del tipo que desees), pero nunca salgas con tus piernas sin depilar porque tu galán saldría huyendo como gato que se ha clavado espinas gritando: ¡cuidado con los cactus!”. Tenlo por seguro que ese hombre jamás querría un nuevo encuentro amoroso contigo.
Hablando de las otras áreas de mi cuerpo: los vellos de los brazos se los dejé a la señora oxigenta; las axilas a la señora máquina; pero debo hacer énfasis en el área del bikini… no es mucho lo que debo quitar en esta zona porque no voy a participar en ningún reinado, o a modelar ropa interior para un catálogo, y menos a lucir la última moda en bikini que ya se usa en Brasil (¡una tirita chiquitica para cubrir? los pezones y las partes pudendas con nylon alrededor!), así que aplico la cera, inspiro profundamente y ¡zas! Tiro la bandita y aguanto el dolor. Mi bikini queda perfecto y yo feliz. En términos generales me considero una mujer normal en cuanto a vellos. No me comparo con mis exvecinas “las peludas” o con una señora que vi en días anteriores que hacía homenaje a la cavernícola que aparece en los libros, con vellos extralargos, extragruesos y extramachos en sus extremidades; y adornada de un bigote que se lo envidiaría cualquier hombre y hasta el Maestro Dalí (si aún viviera). Y más ufana que yo de estos pelos groseros, porque tenía puesto un hermoso vestido a la rodilla y sonreía confiada y simpática ante la mirada atónita de los curiosos que pasábamos cerca.
Habiendo probado tanto método me queda aún una esperanza para deshacerme de estos inquietos vellos de las piernas: el láser que me los quitaría definitivamente. Ahorrar tiempo en las mañanas y dinero de por vida, es algo con lo que las mujeres del mundo soñamos y lo mejor no sufriría más dolor. Con el láser me veo luciendo unas espectaculares piernas lisas, bronceaditas por el sol que toca a mi Valle del Cauca, libres de cactus desérticos, ya sea caminando por las calles de mi pueblo; bailando con un espectacular vestido al ritmo de la salsa (soy excelente en esto) o compartiendo una noche romántica. Porque las piernas de una mujer además de servir como tracción motora son un arma conquistadora…
¡CUIDADO CON LOS CACTUS!
Quizá en civilizaciones antiguas las cavernícolas se sintieron motivadas y orgullosas de su desproporcionado pelaje en cabeza y cuerpo. A lo mejor les sirvió como modelo de belleza, triunfo personal o protección de los rigores del clima. Así que el ser humano se las ingenió abrigándose con pieles de animales y luego con el práctico invento del vestido. Mediante un proceso perfecto del Universo, poco a poco, el hombre evolucionó el cavernícola existente en él y se convirtió en el “homo sapiens” actual y la pelamenta, poco a poco, fue desapareciendo, aunque no del todo.
Sin embargo, como nuestra cultura nos exige más a las mujeres estar libres de fealdad y esa fealdad incluye pelos en algunas partes del cuerpo. A los diez años me preocupé porque aparecieron unos vellos (que no eran feos) en piernas y brazos; estos eran motivo de burla de las chicas (quienes parecían botellas por lo lisas); y la atracción de los chicos, quienes al acercárseme se creían en el derecho de halarlos. De repente, empecé a tener pesadillas pensando que crecería como una de las tantas cavernícolas que vi en los libros de Prehistoria, porque además de velluda tenía mucho cabello. Me intranquilicé pensando que mis vellos rebasarían límites insospechados y crecerían descomunalmente como los vellos viriles que portaban unas vecinas en labio superior, brazos y piernas, al punto que en el barrio las conocían como “las peludas”, y parece que no les incomodaban porque nunca se los quitaron. Menos mal que mis presagios no duraron mucho puesto que me informé bien y concluí que mis pelitos eran más estéticos que los de ellas. De todas formas desde el principio los rechacé en mis piernas, quería quedar a la par de mis las otras chicas.. Sin embargo, mi ciencia de la depilación sólo comenzó hasta los trece años, cuando mi cuerpo empezó a redondearse y los chicos a mirarme mucho más, allí me di cuenta que ellos lucían mejor con pelos y que las chicas debíamos lucir como reinas (cero pelos).
Pero después de tanta reflexión en mí recién iniciada adolescencia yo debía dejar de lado todas estas premisas culturales, históricas, sociales, etc... Y centrarme únicamente en embellecerme, sobre todo en el área de las piernas que es la más exigente. Uno de los pasos para lograr este objetivo, sin duda, se llamaría “dolor”. Sì, señoras y señoritas, el dolor va ligado a la belleza de una mujer. Ya lo dice el refrán: “El que quiere marrones, aguanta tirones”. Es imposible contar que una se ve bonita sin sentir dolor (más o menos intenso) para embellecerse. Mucho más tratándose del mundo de la depilación, sin importar el elemento que se use para ello: todos los métodos resultan dolorosos.
Empecé por investigar cuál era el método menos doloroso para lograr unas piernas perfectamente depiladas. En aquella época el mercado me ofreció: maquinillas de afeitar, cremas depilatorias, espumas, cera, y hasta depilador de cejas. Este último método, a decir verdad, no me convenció mucho por doloroso, porque perdía las tardes enteras y nunca lograba depilarlas por completo. Así que desistí de inmediato. Pero sé de una amiga que además de cepillarse los dientes con carbón, sacaba la tarde entera para depilar sus piernas vello por vello ¡Qué paciencia! Porque decía que su novio no la podía sentir con vellos salientes, pues le decía “piernas de cactus·”
Además, del depilado, que insisto rinde más en las cejas; mi querida madre me comentó de un método natural, eficaz, no doloroso que en su época se usó: “depilación con babosas” (entiéndase por babosas, animalito que se arrastra en la humedad y vive en los jardines. Sí, esas mismas). Según mi madre, éstas debían frotarse por el área a afeitar y los vellos caían definitivamente. Esta forma de depilación no me convenció; de hecho nunca la usé, tan sólo de imaginarme las gelatinosas y húmedas babosas subiendo y bajando sobre mis piernas. “Las prefiero en el jardín”, dije con cierta sonrisilla a mamá.
Además de lo anterior, probé la crema depiladora, un método que prometía dejar mis piernas completamente lisas por más tiempo (eso sí con un fuerte olor parecido a orín de gato); con tan mala fortuna que un día, por descuido, la dejé en la ducha, y mi hermano mayor (Q.E.P.D.), la confundió con un bote de champú y ¡zas! Cuando menos pensé escuché sus alaridos preguntando qué era ese producto que le tumbaba el cabello por montones y que olía tan feo. Esto me costó además de un severo regaño, el decomiso del producto agresor de sus caídos mechones de cabello. Menos mal que no tenemos antecedentes alopécicos en nuestro árbol genealógico, porque por “vena várice” nos viene buen cabello. Así que mi bello hermano recuperó sus mechones en poco tiempo. De lo contrario, además de morir joven, hubiera muerto alopécico, por cuenta de mi juvenil olvido.
Luego de esta experiencia me decidí por la máquina de afeitar. Fácil, económica, adaptable, mejor dicho “buena, bonita y barata”. Pero cuando usas cuchilla te pueden pasar dos cosas: Que te rasures bien, si no andas con prisa; o que te cortes, si andas con prisa. Y casi siempre en nuestra vida escolar andamos con prisa por lo que cada cortadura cuenta una historia como la siguiente: Una mañana antes de irme a estudiar estaba en la ducha rasurándome muy juiciosita con un jabón espumoso y llevando la máquina en dirección al crecimiento de los vellos, me sentía en la gloria porque luciría un espectacular uniforme de deporte que consistìa en una faldita como de tenista. Cuando ¡madre mía! empezó a temblar la tierra (fenómeno frecuente en mi tierra) de forma que las paredes se mecían de un lado para otro; lógicamente, dejé de lado rasurada y ducha y salí como despavorida, enjabonada y envuelta en una toalla en medio del susto del momento. El zigzag del evento pasó sin mayor novedad ¡uuuf! Pero ¡queeé! El zigzag de la máquina me dejó tremenda cortadura que demoré en sanar lo que me costó llegar tarde a clases ese día, más una vendita para disimular tal accidente. En adelante y con ánimo preventivo me rasuraba por tramos muy cortos por si había una réplica de temblor evitar un fatídico accidente de piernas, además no las tenía aseguradas.
En resumen durante largo tiempo hice un buen maridaje con la cuchilla o máquina de afeitar; sin embargo, la búsqueda por encontrar el método eficaz no terminaba aún. Con el tiempo y debido a la presión que ejercen los medios de comunicación (radio, televisión, prensa) en las mujeres, en mi mente se posicionó todo tipo de tratamiento para acabar con los vellos de las piernas. Recuerdo que en un comercial se mostraba una estilizada modelo, alta, con unas piernas lindísimas, largas cual avestruz (jamás ponen una piernicortita), anunciando una crema depiladora que la dejaba feliz y atrayendo las miradas de los hombres. Subía y bajaba las piernas cual bailarina profesional. Este comercial causó tanta impresión en mí que quise modelar piernas como aquélla y me compré la tal crema.
Los primeros días me sentí espectacular, fresca, bella y lisa, modelando todos los vestidos, pero una semana después una “piquiñita” molesta se apoderó de mí, de mis noches y de mis piernas. Aún cuando las sentía suaves como de modelo ya no aguanté la “alergia”. Entonces, me casé de nuevo con la fiel y barata cuchillita de afeitar que consigo en la tienda de la esquina o en el supermercado.
Eso sí a toda costa me depilo porque no admito que mis piernas se conviertan en un desierto lleno de cactus que chuzan y pican agresivamente. Si no me depilo, así lleve pantalón siento que todo el mundo se da cuenta de mi descuido. Y menos dejo de depilarme si tengo una cita romántica con mi amor. El código ético de la belleza femenina reza lo siguiente: “mujer, nunca, nunca, puedes permitirte una noche de amor si no estás depilada, es mejor que te reprimas, que inventes una excusa (del tipo que desees), pero nunca salgas con tus piernas sin depilar porque tu galán saldría huyendo como gato que se ha clavado espinas gritando: ¡cuidado con los cactus!”. Tenlo por seguro que ese hombre jamás querría un nuevo encuentro amoroso contigo.
Hablando de las otras áreas de mi cuerpo: los vellos de los brazos se los dejé a la señora oxigenta; las axilas a la señora máquina; pero debo hacer énfasis en el área del bikini… no es mucho lo que debo quitar en esta zona porque no voy a participar en ningún reinado, o a modelar ropa interior para un catálogo, y menos a lucir la última moda en bikini que ya se usa en Brasil (¡una tirita chiquitica para cubrir? los pezones y las partes pudendas con nylon alrededor!), así que aplico la cera, inspiro profundamente y ¡zas! Tiro la bandita y aguanto el dolor. Mi bikini queda perfecto y yo feliz. En términos generales me considero una mujer normal en cuanto a vellos. No me comparo con mis exvecinas “las peludas” o con una señora que vi en días anteriores que hacía homenaje a la cavernícola que aparece en los libros, con vellos extralargos, extragruesos y extramachos en sus extremidades; y adornada de un bigote que se lo envidiaría cualquier hombre y hasta el Maestro Dalí (si aún viviera). Y más ufana que yo de estos pelos groseros, porque tenía puesto un hermoso vestido a la rodilla y sonreía confiada y simpática ante la mirada atónita de los curiosos que pasábamos cerca.
Habiendo probado tanto método me queda aún una esperanza para deshacerme de estos inquietos vellos de las piernas: el láser que me los quitaría definitivamente. Ahorrar tiempo en las mañanas y dinero de por vida, es algo con lo que las mujeres del mundo soñamos y lo mejor no sufriría más dolor. Con el láser me veo luciendo unas espectaculares piernas lisas, bronceaditas por el sol que toca a mi Valle del Cauca, libres de cactus desérticos, ya sea caminando por las calles de mi pueblo; bailando con un espectacular vestido al ritmo de la salsa (soy excelente en esto) o compartiendo una noche romántica. Porque las piernas de una mujer además de servir como tracción motora son un arma conquistadora…
¡CUIDADO CON LOS CACTUS!
Quizá en civilizaciones antiguas las cavernícolas se sintieron motivadas y orgullosas de su desproporcionado pelaje en cabeza y cuerpo. A lo mejor les sirvió como modelo de belleza, triunfo personal o protección de los rigores del clima. Así que el ser humano se las ingenió abrigándose con pieles de animales y luego con el práctico invento del vestido. Mediante un proceso perfecto del Universo, poco a poco, el hombre evolucionó el cavernícola existente en él y se convirtió en el “homo sapiens” actual y la pelamenta, poco a poco, fue desapareciendo, aunque no del todo.
Sin embargo, como nuestra cultura nos exige más a las mujeres estar libres de fealdad y esa fealdad incluye pelos en algunas partes del cuerpo. A los diez años me preocupé porque aparecieron unos vellos (que no eran feos) en piernas y brazos; estos eran motivo de burla de las chicas (quienes parecían botellas por lo lisas); y la atracción de los chicos, quienes al acercárseme se creían en el derecho de halarlos. De repente, empecé a tener pesadillas pensando que crecería como una de las tantas cavernícolas que vi en los libros de Prehistoria, porque además de velluda tenía mucho cabello. Me intranquilicé pensando que mis vellos rebasarían límites insospechados y crecerían descomunalmente como los vellos viriles que portaban unas vecinas en labio superior, brazos y piernas, al punto que en el barrio las conocían como “las peludas”, y parece que no les incomodaban porque nunca se los quitaron. Menos mal que mis presagios no duraron mucho puesto que me informé bien y concluí que mis pelitos eran más estéticos que los de ellas. De todas formas desde el principio los rechacé en mis piernas, quería quedar a la par de mis las otras chicas.. Sin embargo, mi ciencia de la depilación sólo comenzó hasta los trece años, cuando mi cuerpo empezó a redondearse y los chicos a mirarme mucho más, allí me di cuenta que ellos lucían mejor con pelos y que las chicas debíamos lucir como reinas (cero pelos).
Pero después de tanta reflexión en mí recién iniciada adolescencia yo debía dejar de lado todas estas premisas culturales, históricas, sociales, etc... Y centrarme únicamente en embellecerme, sobre todo en el área de las piernas que es la más exigente. Uno de los pasos para lograr este objetivo, sin duda, se llamaría “dolor”. Sì, señoras y señoritas, el dolor va ligado a la belleza de una mujer. Ya lo dice el refrán: “El que quiere marrones, aguanta tirones”. Es imposible contar que una se ve bonita sin sentir dolor (más o menos intenso) para embellecerse. Mucho más tratándose del mundo de la depilación, sin importar el elemento que se use para ello: todos los métodos resultan dolorosos.
Empecé por investigar cuál era el método menos doloroso para lograr unas piernas perfectamente depiladas. En aquella época el mercado me ofreció: maquinillas de afeitar, cremas depilatorias, espumas, cera, y hasta depilador de cejas. Este último método, a decir verdad, no me convenció mucho por doloroso, porque perdía las tardes enteras y nunca lograba depilarlas por completo. Así que desistí de inmediato. Pero sé de una amiga que además de cepillarse los dientes con carbón, sacaba la tarde entera para depilar sus piernas vello por vello ¡Qué paciencia! Porque decía que su novio no la podía sentir con vellos salientes, pues le decía “piernas de cactus·”
Además, del depilado, que insisto rinde más en las cejas; mi querida madre me comentó de un método natural, eficaz, no doloroso que en su época se usó: “depilación con babosas” (entiéndase por babosas, animalito que se arrastra en la humedad y vive en los jardines. Sí, esas mismas). Según mi madre, éstas debían frotarse por el área a afeitar y los vellos caían definitivamente. Esta forma de depilación no me convenció; de hecho nunca la usé, tan sólo de imaginarme las gelatinosas y húmedas babosas subiendo y bajando sobre mis piernas. “Las prefiero en el jardín”, dije con cierta sonrisilla a mamá.
Además de lo anterior, probé la crema depiladora, un método que prometía dejar mis piernas completamente lisas por más tiempo (eso sí con un fuerte olor parecido a orín de gato); con tan mala fortuna que un día, por descuido, la dejé en la ducha, y mi hermano mayor (Q.E.P.D.), la confundió con un bote de champú y ¡zas! Cuando menos pensé escuché sus alaridos preguntando qué era ese producto que le tumbaba el cabello por montones y que olía tan feo. Esto me costó además de un severo regaño, el decomiso del producto agresor de sus caídos mechones de cabello. Menos mal que no tenemos antecedentes alopécicos en nuestro árbol genealógico, porque por “vena várice” nos viene buen cabello. Así que mi bello hermano recuperó sus mechones en poco tiempo. De lo contrario, además de morir joven, hubiera muerto alopécico, por cuenta de mi juvenil olvido.
Luego de esta experiencia me decidí por la máquina de afeitar. Fácil, económica, adaptable, mejor dicho “buena, bonita y barata”. Pero cuando usas cuchilla te pueden pasar dos cosas: Que te rasures bien, si no andas con prisa; o que te cortes, si andas con prisa. Y casi siempre en nuestra vida escolar andamos con prisa por lo que cada cortadura cuenta una historia como la siguiente: Una mañana antes de irme a estudiar estaba en la ducha rasurándome muy juiciosita con un jabón espumoso y llevando la máquina en dirección al crecimiento de los vellos, me sentía en la gloria porque luciría un espectacular uniforme de deporte que consistìa en una faldita como de tenista. Cuando ¡madre mía! empezó a temblar la tierra (fenómeno frecuente en mi tierra) de forma que las paredes se mecían de un lado para otro; lógicamente, dejé de lado rasurada y ducha y salí como despavorida, enjabonada y envuelta en una toalla en medio del susto del momento. El zigzag del evento pasó sin mayor novedad ¡uuuf! Pero ¡queeé! El zigzag de la máquina me dejó tremenda cortadura que demoré en sanar lo que me costó llegar tarde a clases ese día, más una vendita para disimular tal accidente. En adelante y con ánimo preventivo me rasuraba por tramos muy cortos por si había una réplica de temblor evitar un fatídico accidente de piernas, además no las tenía aseguradas.
En resumen durante largo tiempo hice un buen maridaje con la cuchilla o máquina de afeitar; sin embargo, la búsqueda por encontrar el método eficaz no terminaba aún. Con el tiempo y debido a la presión que ejercen los medios de comunicación (radio, televisión, prensa) en las mujeres, en mi mente se posicionó todo tipo de tratamiento para acabar con los vellos de las piernas. Recuerdo que en un comercial se mostraba una estilizada modelo, alta, con unas piernas lindísimas, largas cual avestruz (jamás ponen una piernicortita), anunciando una crema depiladora que la dejaba feliz y atrayendo las miradas de los hombres. Subía y bajaba las piernas cual bailarina profesional. Este comercial causó tanta impresión en mí que quise modelar piernas como aquélla y me compré la tal crema.
Los primeros días me sentí espectacular, fresca, bella y lisa, modelando todos los vestidos, pero una semana después una “piquiñita” molesta se apoderó de mí, de mis noches y de mis piernas. Aún cuando las sentía suaves como de modelo ya no aguanté la “alergia”. Entonces, me casé de nuevo con la fiel y barata cuchillita de afeitar que consigo en la tienda de la esquina o en el supermercado.
Eso sí a toda costa me depilo porque no admito que mis piernas se conviertan en un desierto lleno de cactus que chuzan y pican agresivamente. Si no me depilo, así lleve pantalón siento que todo el mundo se da cuenta de mi descuido. Y menos dejo de depilarme si tengo una cita romántica con mi amor. El código ético de la belleza femenina reza lo siguiente: “mujer, nunca, nunca, puedes permitirte una noche de amor si no estás depilada, es mejor que te reprimas, que inventes una excusa (del tipo que desees), pero nunca salgas con tus piernas sin depilar porque tu galán saldría huyendo como gato que se ha clavado espinas gritando: ¡cuidado con los cactus!”. Tenlo por seguro que ese hombre jamás querría un nuevo encuentro amoroso contigo.
Hablando de las otras áreas de mi cuerpo: los vellos de los brazos se los dejé a la señora oxigenta; las axilas a la señora máquina; pero debo hacer énfasis en el área del bikini… no es mucho lo que debo quitar en esta zona porque no voy a participar en ningún reinado, o a modelar ropa interior para un catálogo, y menos a lucir la última moda en bikini que ya se usa en Brasil (¡una tirita chiquitica para cubrir? los pezones y las partes pudendas con nylon alrededor!), así que aplico la cera, inspiro profundamente y ¡zas! Tiro la bandita y aguanto el dolor. Mi bikini queda perfecto y yo feliz. En términos generales me considero una mujer normal en cuanto a vellos. No me comparo con mis exvecinas “las peludas” o con una señora que vi en días anteriores que hacía homenaje a la cavernícola que aparece en los libros, con vellos extralargos, extragruesos y extramachos en sus extremidades; y adornada de un bigote que se lo envidiaría cualquier hombre y hasta el Maestro Dalí (si aún viviera). Y más ufana que yo de estos pelos groseros, porque tenía puesto un hermoso vestido a la rodilla y sonreía confiada y simpática ante la mirada atónita de los curiosos que pasábamos cerca.
Habiendo probado tanto método me queda aún una esperanza para deshacerme de estos inquietos vellos de las piernas: el láser que me los quitaría definitivamente. Ahorrar tiempo en las mañanas y dinero de por vida, es algo con lo que las mujeres del mundo soñamos y lo mejor no sufriría más dolor. Con el láser me veo luciendo unas espectaculares piernas lisas, bronceaditas por el sol que toca a mi Valle del Cauca, libres de cactus desérticos, ya sea caminando por las calles de mi pueblo; bailando con un espectacular vestido al ritmo de la salsa (soy excelente en esto) o compartiendo una noche romántica. Porque las piernas de una mujer además de servir como tracción motora son un arma conquistadora…