¡HORROR, ESTABA SIN DEPILAR! - GLORIA ARIAS ARANDA(madrid)

Era viernes, uno de esos viernes que parecen nunca terminar por la cantidad de trabajo acumulado que tienes sobre tu mesa y, para agravar esta situación mi maravilloso jefe no tuvo mejor idea que ponerme a las 12:00 de la mañana una de esas reuniones estúpidas que no sirven para nada, porque lo único de lo que se habla es de como intentar mejorar objetivos repitiendo las tres ideas de siempre que nunca sirven para nada, parece ser que los directivos aún no se han enterado que la gente no invierte por el terror a la crisis financiera.

Y, en esta vorágine en la que me veía sumida un viernes, a las 4:00 de la tarde, exhausta de trabajo, tuve que recibir la llamada más esperada, y digo más esperada porque llevaba veinte días deseando que me llamara Andrés, el hombre más sexy, encantador e increíble que había conocido en mis 33 años de existencia.  No daba crédito a lo que oía al otro lado de teléfono, su voz dulce y a la vez varonil me comentaba que había regresado de Sierra Leona después de rodar un reportaje, pero lo mejor fue cuando me dijo: "Eva, ¿te recojo esta tarde, pasamos por tu casa para que cojas algo de ropa y, nos perdemos este fin de semana en una casita rural que he reservado en Asturias?.

¿Cómo iba a decir que no? No había hecho planes para el fin de semana y además era imposible negarme a tal proposición, entre otras cosas porque no había nada  en el mundo que me apeteciera más, pero........ ¡Horror! ¡ESTABA SIN DEPILAR!, ¿qué podía hacer si estaba en el trabajo y Andrés,  me iba a recoger allí, para llevarme a casa y después a Asturias?. Sólo me quedaba una hora para que llegara, no había tiempo. En ese momento irrumpió en mi despacho el pesado de mi jefe para decirme que se marchaba y que tuviera un buen fin de semana, pero ¿cómo voy a pasar un buen fin de semana si estoy sin depilar y el hombre de mis mejores sueños va a venir a buscarme?. De pronto, caí en la cuenta que el despacho de mi jefe estaba vacío, y dentro del mismo, se encontraba su baño en el que probablemente encontraría una maquinilla de afeitar o algo similar, y aunque odiaba  depilarme con cuchilla, ¿qué otra alternativa tenía?. Así que rauda acudí al baño de su despacho, me quedé en ropa interior, comencé e extender la espuma de afeitar por mis piernas e inicié el acto de afeitado, ¡qué desagradable!, pensé cuando sin que me diera tiempo a pensar más, Enrique, un compañero de trabajo de trabajo entró presuroso en el baño con el pantalón desabrochado. Yo miré al suelo por si gracias a un milagro inexplicable se había abierto un gran agujero para colarme en él, pero al ver que el milagro no se había producido, Enrique, pálido y rojo a la vez se limitó a decirme: "Eeeva, lo sisiento, es que no podía más y el otro baño estaba ocupado”. Pero yo, ¿qué podía decir yo?, pensé en decirle “no te preocupes Enrique es que tengo por costumbre afeitarme las piernas en el baño del jefe”; así que teniendo en cuenta respuesta tan absurda, me limité a callarme y a taparme con una de las toallas. Enrique salió rápidamente del baño a la vez que volvía a abrochar sus pantalones.

Después de esta escena tan vergonzosa, en el que me había visto un compañero de trabajo en ropa interior y cubierta de espuma de afeitar, tan sólo me quedaban treinta míseros minutos para terminar con la escabechina en mis piernas y, teniendo en cuenta que lo más importante para mí en ese momento era irme ese fin de semana con Andrés, traté de olvidar por unos minutos tal situación y terminar con la “depilación”. Cuando más o menos estuve lista me vestí y salí del baño del modo más silencioso que pude para que nadie me viera, mientras me imaginaba a Enrique contándoselo a toda la oficina, más teniendo en cuenta que este compañero era el menos discreto de toda la empresa. ¡Cómo deseaba en ese momento convertirme en hombre imberbe para no tener que depilarme nunca!. Mientras pensaba en eso llegué a mi despacho y revisando mi correo electrónico, encontré un mensaje de mi amiga Laura, en él me comentaba que había encontrado un sitio fantástico en el que le habían dado unas sesiones de depilación laser, me decía que en tan sólo tres sesiones ya prácticamente no le había vuelto a salir vello en las piernas y que estaba contentísima. Guardé ese mensaje como oro en paño para contactar con el Centro el mismo lunes con el fin de que me dieran más información.

Sin casi darme cuenta se me echó la hora encima, sin llegar a terminar mi trabajo debido al tiempo perdido para afeitarme las piernas, así que me tuve que dejar algunas cosas pendientes para el lunes, aunque se me olvidó todo al ver a Andrés esperándome en la puerta con su coche.

El fin de semana fue espectacular, tal y cómo esperaba excepto por el pequeño detalle que el domingo mis piernas ya no estaban tan suaves como el viernes, ¡sólo dos días duró mi “afeitado de piernas”!, pensé, "menos mal que el domingo volvemos para Madrid, porque si no tendré que acudir a una farmacia de guardia a comprar unas cuchillas ya que Andrés utiliza maquinilla eléctrica". Pero al llegar a Madrid, Andrés me propuso quedarme en su casa esa semana porque necesitaba pasar más tiempo conmigo y, la verdad es que yo también lo necesitaba después de haber estado veinte días sin verle.  ¡Madre mía! Otra vez, ¿qué podía hacer?, quería estar perfectamente depilada porque así yo también me sentía bien y disfrutaría más de nuestra relación. Al llegar a Madrid, le dije que me llevara a casa para coger ropa, aprovechando la ocasión buscaría alguna cuchilla en mi piso, pero desgraciadamente no fue así, ¡maldita sea! pensé, ¿por qué sólo me depilo con cera?. Tenía que bajar a comprar una cuchilla porque no tenía el vello lo suficientemente largo para hacerme la cera y si así fuera tardaría demasiado en depilarme.

Cuando terminé de coger la ropa, nos fuimos para su casa y, al pasar por una farmacia le pedí que dejara el coche en segunda fila porque tenía que comprar una crema para la cara que había olvidado. Entré presurosa, cogí unas cuchillas y, me dispuse a pagar cuando en ese momento miré a mi izquierda y pegado a mí en el mostrador me encontré con Enrique: “¡Qué casualidad Eva! ¿Qué tal el fin de semana?”. Pensé, “hay millones de personas en Madrid y me tengo que encontrar con este, ¿por qué me tienen que pasar estas cosas a mí?. Así que disimulando guardé las cuchillas en unas bolsa y le dije, “Pues bien, aquí comprando unas cuchillas para mi novio que me espera fuera”.

El lunes, cuando llegué a la oficina, quería morirme de la vergüenza, durante el fin de semana se me había olvidado el hecho pavoroso vivido el viernes, pero el lunes no podía dejar de pensar en la escenita vivida en el baño. Así que, teniendo muy claro que no quería volver a vivir más situaciones embarazosas cogí el teléfono y llamé a Corporación Capilar.

Hoy ha pasado un año de los sucesos de ese fin de semana y ya no tengo que pensar en la depilación. Parece una tontería pero mi vida ha cambiado y me siento más libre para poder hacer cosas.

 

 
         
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