No era el hombre más guapo ni el más atractivo, pero era un hombre velloso, y como decía aquel refrán: “el hombre y el oso, cuanto más pelo más hermoso”. Aparte de la enorme sabiduría que guardan nuestras queridas frases hechas, el hecho de poseer vello, en un término medio, en la mayor parte de su cuerpo hacía de él un ser..... diferente. Tengan en cuenta vuestras mercedes, que las hazañas que narro forman parte de un futuro no muy lejano, en el que las cuchillas de afeitar se guardan en museos; y las cremas y ceras quedaron para ayudar a esquilar el ganado. Se preguntarán: ¿cómo sabe usted una historia que pasará en el futuro? ¿Y por qué la cuenta en pasado? Y yo contestaré: por una fusión del espacio-tie.... preguntan demasiado. Volviendo a lo de antes, en esta época las clínicas de depilación regalaban descuentos en las pizzerías, cartones de leche..... por la falta de demanda., debido en gran parte a que “casi” todo el mundo ya había pasado por una de ellas. Aunque hubo un hombre......
“El capitán Pelotriste” (le pusieron ese nombre por uno de los mejores personajes que ha dado la literatura) para sus amigos, “el desgraciado ese peludo” para sus enemigos, no era un simple macho ibérico de los que asociaban masculinidad con pelambrera. No señor, era un hombre con ideales -¡eh!- con principios -¡eh!- y si me lo permitén, diré que un revolucionario -¡eeeehhh!- (¿quién me esta vitoreando?).
Hace algunos siglos, Rubens pintó “las tres gracias”, mujeres rollizas que representaban la belleza en su máxima amplitud, en aquellos tiempos, los rostros pálidos también se llevaban. Tiempo después, las dietas eran más estrictas y la obsesión por el 90-60-90, los gimnasios, y tardes solitarias en la playa acompañadas de aceite con el objetivo de salir hecho una gamba, abundaban por doquiér. Ahora, tener pelo era antiestético, por que la sociedad lo había impuesto así. Por eso, el capitán luchaba contra estereotipos, contra modas, contra el viento –eeeeehhhh- (dejar de hacer eso joder), con la fe de que quizás un solo hombre, podía cambiar el mundo.
En realidad, tampoco es que organizara revueltas y motines, más bien no se depilaba por que no le salía de los h.... y punto. Aun así, sus motivos antes explicados albergaban sabiduría y fuerza. En las tardes en las que sus amigos y él se reunían en la taberna de siempre, para abastecer sus estómagos con suculentos manjares compuestos de patatas, olivas y el vino más barato (cuando el fin es emborracharse, la calidad del vino carece de importancia), nunca los exponía. Ante las primeras tentativas de sus compañeros a la depilación, solía responder con frases cortas y simples como “digan lo que digan, los pelos del culo abrigan”. A medida que el alcohol iba hirviendo en su cabeza, la conversación alcanzaba un punto nostálgico.
- Recuerdo que mi padre decía que su abuelo le contaba que tiempo atrás, los niños se acariciaban la cara con tocino rancio para tener barbas precoces y fuertes, y la metamorfosis de niño a hombre consistía en agachar la cabeza y contemplar que en tu pecho, había nacido el primer pelo.
- ¡Pardiez! tu no has vivido esos tiempos, ¿cómo puedes hablar de ellos? ¿cómo sabes si fueron mejores?
- No lo sé. Sólo eran... otros tiempos.
Algunas noches, cuando regresaba hebrio al hogar y contemplaba la luna desde sus aposentos, se sentía un incomprendido.
La puerta fué aporreada con brusqueda, el rayo de luz que atravesaba la mirilla hacía el rellano de la escalera se esfumó cuando Pelotriste acercó el ojo para ver quién le molestaba. Era su compañero de fatigas y aventuras Francisco de Pilado. Aunque la pose de sujetarse las manos detrás de la espalda le parecía sospechosa, no había motivo para desconfiar. Abrió la puerta. Acto seguido, Pilado se giró con un rápido movimiento felino y agarró por el cuello al capitán antes de que este pudiera reaccionar. En la mano diestra blandía una cuchilla de antaño (Francisco de Pilado tenía amigos hasta en el infierno, y para desgracia del hombre que sujetaba, también en los museos); en la siniestra, un bote de espuma de afeitar.
- ¡No queda si no depilarse! – gritó.
En la fracción de segundo que dura un parpadeo, la escena cambió por completo. La cuchilla volaba hacia una estantería en la que se encontraban las novelas de Arturo Pérez-Reverte, una fuerza sobrenatural, la que se encargue de conservar las cosas bien hechas, hizo que se posase suavemente justo al lado de los libros sin llegar a rozarlos. La espuma inundaba la habitación en el fugaz forcegeo. Ambos amigos, adversarios o lo que quiera que fuesen el par de elementos, estaban ahora frente a frente.
- No me obliges a hacerlo. – le dijo
- Al final me lo agradecerás, además he apostado que podía hacer una peluca sólo con lo de tu espalda.
- Bien, no me dejas elección. – Pelotriste corrió hacia el balcón y chilló como un poseido, “SOCORROOOOO, HAY UN ZUMBADO EN MI SALÓÓÓÓÓÓN”.
En esos momentos entró en la comedia una mujer preciosa y despanpanante, de esas en las que niños con granos piensan en las primeros esbozos de su imaginación. A pesar de ser pareja, tenía al capitán a pan y agua desde hacía casi un mes y, para colmo, nada de sexo. Con una mirada fría, autoritaria y al tiempo muy coqueta, echó a Francisco de la sala.
Ante la mirada atónita del capitán, que se temía lo peor, apoyó una de sus largas piernas en una silla y se levantó el pantalón hasta la altura de las rodillas. En aquellas Amazonas, las anacondas eran lo menos peligroso que un explorador podía encontrarse.
- ¿Te parezco atractiva? – le preguntó con una mezcla minuciosamente estudiada entre sarcasmo y mandato.
Pelotriste no dijo nada y dejó que su cuerpo se sentará en la cama. “No queda sino adaptarse a los tiempos” dijo desde lo más profundo de sus más profundos sentimientos, hacia lo más profundo de su profundo corazón. Aquella sensación de resignación batida en una coctelera con ese no sentirse demasiado orgulloso de si mismo, era bastante parecida a la que experimentaría un soldado legendario que ahora debía malvivir, alquilando su espada por cuatro maravedís en asuntos de poco lustre para ganarse el pan. Cierto es que depilarse no era tan trágico, y que tiempo después se daría cuenta de que lo único que echaba de menos era aquel mote.
El capitán se acercó a la puerta, volvióse hacia su novia y dijo - ¿Pasamos por la pizzeria de la esquina?
- ¡Oh, no hace falta! He comprado mucha leche esta mañana. - Respondió ella con una sonrisa en lo labios.