En el principio de los tiempos, en esos frescos campos curvados, vírgenes y suaves no se atisbaba ni la más mínima amenaza. Pero antes de la gran lluvia roja, en los sedosos prados comenzaron a brotar aquella especie de tímidos e imperceptibles hilos que intentaban camuflarse con su entorno. Unos años después de este diluvio, aquella primigenia existencia comenzó a crecerse, a hacerse más fuerte, a ennegrecerse al sol y a cubrir todas las amplias llanuras. En algunas zonas se doblegaron, a saber porque extraña fuerza superiora, y acordaron no ampliar sus fronteras naturales. Para otros en cambio las ansias de conquistar parajes vírgenes eran irrefrenables. Se emplearon contra ellos las más magníficas armas de ataque, la más novedosa tecnología, pero todo esto les hacía aún más fuertes, más robustos, más mortales.
Las sedosas llanuras ahora estaban áridas y agrietadas con salientes negros a medio cortar, que no tardaban en volver a crecer, puntiagudos, decididos a hacerse notar y a provocar dolor. Se convirtieron estas hermosas llanuras en un campo de batalla en el que no existía ni la tregua ni la compasión.
Quedará la esperanza profunda de que el rayo exterminador caiga, desde las fronteras de los valles y campos, y acabe de una vez para siempre con esa masa incansable y persistente, rebeldes con la única causa que la de incordiar.