Vittoria
La amo... no sé, locamente, apasionadamente. La amo con las vísceras, con las entrañas. La amo con mi cuerpo y con mi sexo, la amo incluso con mi corazón. Sí, sí, amar con el corazón es algo que se les niega a los hombres pero yo la amo con todo mí ser. Aunque... tuvo esa sombra.
Además ¿cómo no amarla? Vittoria Muccinelli, hija de italianos, morocha, de ojos verdes, típicamente napolitana, figura voluptuosa, cintura de avispa, senos generosos y caderas de guitarra, casi de contrabajo. Es un placer llevarla del brazo: todos los hombres hacían algún comentario elogioso sobre su belleza. Aunque, quizás, alguna vez, la sombra aparecía y entonces, las cuestiones de hermosura quedaban relegadas.
Pero si es linda físicamente, su forma de ser es su mayor virtud. Amable, dispuesta, siempre lista para cualquier tarea o para cualquier circunstancia. Teníamos que ayudar en una mudanza, ella firme. Teníamos que ir a una fiesta, ella cambiadita y lista. Me tenía que quedar a trabajar, me acompañaba hasta cualquier hora. A veces pensaba en esa maldita sombra...
Nunca pero nunca discutió con mi vieja o con mis hermanas. Es que siendo el único varón y teniendo cuatro hermanas y todas más grandes, era posible algún conflicto. Ella se manejó a la perfección, solidaria con todas, amorosa con mamita, una relación familiar bárbara. Fue mi hermana Cata, la tercera, la que me marcó esa pequeña sombra en ella.
- Cuidate – me dijo - eso puede empeorar con los años. Es mejor que lo trate ahora. Seguro que es una pavada.
Una loba, en la cama, una loba. Porque además de su cuerpo escultural, le mete una garra impresionante. Nada le es ajeno y nada le es extraño. Nunca un dolor de cabeza, nunca estaba demasiado cansada. Una verdadera diosa. Pero...
Todo es una pesadilla, tengo la mina perfecta, divina, buena, preciosa, amable, en fin, todo lo que un hombre puede desear de una mujer, yo lo tengo. Sin embargo, la sombra, esa duda cruel me está matando. No podía ser que teniendo todo, estuviera todo el tiempo pensando en esa “famosa” sombra.
Me decidí y la encaré.
- Vicky, amore mío – le dije, - Io sono perduto sin el vostro amore – mi italiano era pobre.
- Cossa fai, cuore – me dijo riéndose.
- Quiero hablar con vos. En realidad quiero pedirte algo – la voz me salía temblorosa porque me daba miedo tocar el tema y que ella se enojara. Sentía verdadero horror de perderla.
- ¿Qué pasa, amor? – me dijo, con una mirada de intriga - ¿Te sentís bien?
Bajé los ojos, no podía mirarla. En definitiva, ¿quién era yo para juzgarla? Cada uno de nosotros tenemos nuestras virtudes y nuestras miserias, todos tenemos cuestiones a resolver. ¿Porqué, entonces meterme con ella?
Me arrepentí pero no sabía como hacer para salir de ese momento. Levanté la mirada y me estaba observando, perpleja.
- ¿Qué pasa? Por favor, decime que pasa – me suplicó angustiada.
- Nada, nada, una boludez. No te preocupes, no es nada... – intenté tranquilizarla.
- Por favor, te pido, es más, te ruego, que me digas que te pasa – estaba al borde de un ataque de nervios.
- Ya que me lo pedís así, te cuento. Pero primero me tenés que prometer que te vas a tomar las cosas como yo te las digo – le aclaré.
- Por favor, habla sin más rodeos – me pidió.
- Bueno, mirá… esteeeee, resulta que sos buenísima, estás buenísima...- le dije mientras levantaba las cejas. Antes ese gesto la hacía reír pero ahora nada. – Bueno, esteeee, no tengo nada que decir de vos pero existe algo...
- ¿Algo? – me interrumpió alterada.
- Algo, algo, nada extraordinario pero es una sombra en nuestra relación – intentaba acercarme al “tema”.
- ¿Qué decís? –
- Digo, no sé, podrías ... –
- ¿Qué? Por favor, decime qué – casi me gritó.
- La sombra... esa sombra...- no sabía que hacer ni como decírselo.
- ¿Sombra? Por favor, ¿de qué sombra me hablás? – sonaba desesperada.
- Digo, ¿No podrías depilarte el bigote? –
Después siguió un estridente “va fangulo” y a los tres meses el casamiento. Eso sí, después de la depilación láser, nuestro amor no tiene sombras.
Daniel B.