La llanura húngara - Alfonso Vázquez García hulot@telefonica.net(mã¡laga)

Francisco José accionó la palanca y una catarata de agua fresca se precipitó por el culo imperial, aliviando los escozores. La compra del moderno water closet de sistema inglés le hizo vislumbrar, pecando de modesto, un futuro mejor para la Humanidad.

Comenzaba un nuevo día en el palacio de Schönbrunn y el hombre más poderoso de Europa, sentado en el \'trono de madera\', contemplaba en el espejo de enfrente su cara de lechuza abatida. "No tengo arreglo, mi rostro es un iceberg derritiéndose en agosto", reflexionó amargado. A esa hora del día, las seis de la mañana, se permitía estas reflexiones estéticas. El resto de la jornada la dedicaba a gestionar el Imperio desde un despacho austero, casi monacal, en el que el único momento de asueto era el examen de la contribución fiscal croata.

Cuando terminó de evacuar la carga imperial, cogió el peine de nácar y se azotó el cabello con determinación militar. Con los años, el gallardo revoltijo de pelo que había encandilado a su prima Elizabeth se había convertido en una \'llanura húngara\' en la que, de higos a brevas, se observaban agrupaciones aisladas de arbustos. Estaba domeñando las hilachas grisáceas cuando llamaron a la puerta. "Ya viene el pesado de Krebs. Todos los días lo mismo", pensó hastiado. El funcionamiento del Imperio, y por ende del palacio imperial, era como un reloj suizo, por eso, a las 6.30 debía aparecer tras la puerta Krebs, el asistente personal. Algo falló en el mecanismo, quizás una rueda dentada, porque quien entró fue  la infanta María Valeria. Francisco José, gratamente sorprendido, le preguntó de buen humor:

-"Buenos días querida, ¿qué haces tan temprano levantada?, ¿has decidido poner remedio a tu azarosa vida?.- Al aproximarse al espejo, el padre contempló los ojos rojos y la expresión demacrada de la hija.

-Verás papá, en realidad venía para desearte un buen día antes de acostarme. Ayer salí hasta tarde con mamá.- El rostro del emperador ganó en flacidez y abatimiento. "Ya está siguiendo los pasos de esa pelandusca", masculló airado. Hacía años que la pareja imperial no llevaba una vida en común. Sissí, esclava del gimnasio y de los balnearios europeos, había decidido no compartir su existencia con un esclavo de la Burocracia. La princesa María Valeria, ajena a la indignación paterna, comenzó a narrarle la salida de madre e hija a la Ópera y  la escapada para probar el vino joven en Hietzing hasta las cinco de la mañana. Fue entonces cuando Francisco José, todavía peine en ristre, comenzó a sentirse mal. La verdad es que, si no hubiera desdeñado desde joven todo lo moderno, la reacción cutánea que a continuación experimentó habría sido diagnosticada por el joven doctor Sigmund Freud como \'psicosomática\'. Ignorante de los barullos de la mente, el emperador de Austria-Hungría sintió un sarpullido y cómo iba ganando terreno por su cuerpo peludo una culebrina.

-¿Papá te ocurre algo?-María Valeria era testigo de los rascones frenéticos del padre, que se aflojó el cuello del la guerrera, hizo violentos aspavientos y terminó ocultándose veloz tras un biombo. A los dos segundos ya estaba en ropa interior. 

-Papá, ¿qué haces?, ¿tienes el baile de San Vito? -Del biombo surgió la cara azufrada del emperador, centrado en aplacar un picor que parecía producido por hormigas gigantes de Brasil.

-¡Llama al doctor Zimmerman idiota!-gritó con todas sus fuerzas. La infanta salió zumbando. La carcajada juvenil se escuchó por los pasillos de palacio. En el fragor de la batalla cutánea, Francisco José se imaginó a su mujer y a su hija echándose vino joven de Hietzing por el coleto. Cuando llegó el doctor Zimmerman, el guardián preclaro del Imperio estaba pataleando boca arriba en el suelo como un escarabajo. El galeno rasgó la ropa interior del paciente, dejando al descubierto un vello pectoral que en nada desmerecía de las ovejas de Carintia. Tras palpar las matas de pelo unos segundos, diagnosticó: "Majestad, no veo un pimiento, sintiéndolo mucho habrá que depilar a fondo".

El paciente, recostado en la cama de recias tablas de madera, incómoda hasta para un santo, regalaba al mundo una expresión casi bíblica. "Todo está consumado", sentenció solemne. Levantó la sábana y contempló horrorizado el pecho desnudo y rosado, como el culo de un bebé. El doctor Zimmerman había esquilado con determinación, dejando al descubierto los coletazos de la culebrina. Una enfermera con aspecto de haberse saltado la dieta los últimos 40 años entró para aplicarle una crema. Justo cuando iba a caerle encima la plasta salvífica, entró en la habitación Elisabeth de Hungría, acompañada de una sonrisa compasiva. 

-Déjeme enfermera, yo se lo aplicaré a mi marido-dijo.

La emperatriz de luengos cabellos extendió con delicadeza la crema por las zonas enrojecidas. El paciente cerraba los ojos y esbozaba una sonrisa, que cortó en seco cuando su esposa le soltó:

-¿Sabes?, sin tanto pelo estás mucho mejor. ¿Por qué no pruebas y te quitas ese bigotón tan anticuado?

Años después, los hagiógrafos imperiales transformaron la historia en una hermosa leyenda: la marca cutánea que azotó la piel de Francisco José I reproducía, milagrosamente, el mapa exacto de las posesiones imperiales, incluidas las zonas en disputa con Prusia.

 
         
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