Marcos no acertaba a adivinar siquiera que era lo que tanto llamaba la atención a sus amigos sobre ese tema, sobre lo que entre ellos denominaban “hacerlo”. Parecía que estaban obsesionados, y que esa obsesión había llegado de repente, sin avisar. Muchas veces pensaba que sería la edad, la adolescencia, que tanto alborotaba últimamente. Pero lo único que tenía claro es que él ni quería ni pretendía hacerlo tan pronto. Ya eran mayoría los que lo habían hecho, y es que a pesar de las dudas, todos coincidían en que era una sensación muy placentera y que una vez que se había probado la primera vez, uno no podía dejar de seguir haciéndolo. A decir verdad, a todos los que ya lo habían hecho se les percibía más felices y centrados en sus cosas. Por ejemplo, de la plantilla de su equipo de fútbol, Raúl era el único que aún no se había decidido a hacerlo, pero pese a sentirse un poco al margen por este hecho, él seguía pensando que no era el momento. Lo que más le preocupaba era pensar que quizás para él nunca lo sería…
Los días de partido muchas veces salía el tema en los vestuarios, principalmente cuando los masajistas comenzaban a trabajar y los muchachos conversaban mientras estaban tumbados en las camillas. Como es lógico, Marcos prefería callarse y no intervenir. Tampoco era cuestión de airear que no se había estrenado todavía, aunque era evidente por muchos motivos, ya que los que lo habían hecho no dudaban en pregonarlo a los cuatro vientos. Dichosa juventud.
El joven escuchaba perplejo como todos comentaban que si hubiesen sabido antes cómo era, lo hubiesen hecho incluso más jóvenes. Y eso que todos tenían entre 18 y 20 años. Pero estaba claro que los tiempos cambiaban a un ritmo vertiginoso y que lo que hace unos años era un escándalo ahora era más que normal. Además, los chicos hablaban de las chicas también, especialmente de algo relacionado con brasileñas, aunque Marcos nunca prestó mucha atención.
El chico cada vez se sentía más desplazado dentro de su grupo de amigos, que no eran otros que los compañeros de equipo, pero tampoco creía que no hacerlo todavía fuese ridículo ni perjudicial, sino que cada persona tenía sus propias convicciones y su forma de afrontar las distintas situaciones que se le plantean en la vida. Pese a tener muy claro que no lo haría todavía, que no se sentía preparado, lo cierto es que Marcos cada vez se sentía más presionado por la situación y el ambiente que le rodeaba. Tanto era así, que en los últimos partidos, había decidido prescindir de los servicios de masajes en el vestuario para evitar la incomodidad de tener que escuchar las mismas conversaciones de siempre.
Se acercaba el final de temporada y a Marcos ya se le había pasado por la cabeza más de una vez hacerlo y evitarse tantas molestias, pero no se acababa de decidir y tampoco estaba muy seguro de cómo debía hacerse. Además, le daba un poco de corte preguntar a algunos de sus amigos, ya que siempre se había mantenido firme en su postura ante ellos y sería cómo una rendición. La idea de Marcos era estrenarse y no contárselo a nadie en un primer momento, pero él ya se habría quitado ese peso de encima.
Era el minuto quince de la segunda parte del partido frente al Rayo Atlético cuando un pase largo desde el centro del campo obligó a Marcos a hacer un esfuerzo en carrera que le costó su primera lesión importante. Una vez abandonó el terreno de juego y el médico le examinó se cumplieron los peores pronósticos para el joven. El diagnóstico y el tratamiento a seguir eran claros: rotura fibrilar y sesiones de masajes durante dos semanas. Cuando Marcos abandonaba el vestuario, el mister le gritó:
- ¡Marquitos, por fin te vas a estrenar! Ya era hora de hacerlo, hijo mío…
Y en efecto, Marcos, pese a todo lo que había mantenido y lo que había luchado, se presentó en su primera sesión de masajes al día siguiente con las piernas perfectamente depiladas. En el vestuario, a modo de bienvenida colgaba una pancarta de ánimo realizada por sus compañeros en la que rezaba:
¡ÁNIMO MARCOS, HAS PERDIDO TU VIRGINIDAD DEPILATORIA!