Erradicación, así lo llamaron los Sacerdotes del Emanatore antes de su final. Que debe de haber sido tremendo a juzgar por el desgarrador grito de dolor nos llegó desde el otro lado de El Mundo donde tenían su santuario.
Grande fue, también, el estremecimiento del orbe. Catastrófico hasta el punto que el Gran O´cul sufrió una erupción incontrolada y convulsiva solo vista en contadas ocasiones.
Nosotros, los Guardianes, sentimos su sufrimiento a través del suelo hasta el punto de sentir la enorme necesidad de ponernos firmes mirando al cielo y lanzar nuestra plegaria.
Después de ese gran lamento de los Sacerdotes, ya hubo mensajes desde la gran planicie de adoración. ¿Quién elevará las plegarias ante el Gigante Durmiente y se maravillará con su despertar?¿Quién será testigo de la Santa Invasión a otros mundos?
Ya hacía algún tiempo que habíamos quedado incomunicados. Nuestros vigías en lo alto de las Montañas Gemelas habían sufrido la fase final del primer ataque y nada quedaba de ellos.
No nos percatamos de su desaparición inmediatamente porque debimos soportar innumerables terremotos y seguidos por erupciones del Gran O´cul. Uno tras otro, en oleadas interminables. Creíamos que todo acababa cada vez pero el suelo nos transmitía la tensión del orbe y llegaba un nuevo terremoto y erupción. El tiempo parecía agigantarse durante tamaña agonía.
Sin nuestros vigias nada supimos de la catástrofe ocurrida en la cima de El Mundo. Hasta que la inundación del S´udor nos dio un atisbo de su magnitud, cuando llegó arrasando con todo a su entrada en la cañada. Nuestros hermanos, que moran a lo largo de los Atlas habían desaparecido, ya nadie detenía las aguas.
Estamos aislados por las dos grandes cadenas montañosas, en el centro en el desfiladero donde pocas veces brilla el sol, sin posibilidad de movernos en constante guardia. Siete regimientos de setecientos setenta y siete efectivos en apretado circulo alrededor del Gran O´cul, solo vigilando, hundidos hasta la cintura en nuestras trincheras con orden de no retirarnos bajo ningún supuestos. No sabemos que ha pasado con nuestros hermanos y parientes pero estamos seguros que El Mundo, y no pudimos avisar a nadie de la invasión del Otro Mundo.
Nos aferramos a nuestra trinchera y no negaré que nos horrorizamos, ante su envestida; ya no teníamos ya a los Sacerdotes para preguntar. El grán O´cul se abrió ante la presión y se expandió permitiendo la invasión del otro orbe.
Hubo grandes terremotos, creímos que El Mundo se destruiría. Pero no se trataba de los ramalazos angustiantes que habían ocurrido con la perdida de los Sacerdotes sino que sentíamos oleadas suaves profundas.
Cuando el Otro Mundo se acercó lo suficiente, vimos, entonces, a los Sacerdotes del Otro Mundo adorando a su Gigante y supimos que veíamos lo que tantas veces nos habían contado nuestros Sacerdotes: se había consumado una Santa Invasión.
Un gran cambio para El Mundo que siempre había sido invasor pero intuíamos que era un cambio positivo, hasta que llegó el Mar Pegante y nos atrapó en nuestras trincheras. Siempre fue impensable para nosotros la retirada pero ahora apelmazados y atrapados en esta viscosidad es imposible la alternativa.
Erradicación, nos habían dicho nuestros Sacerdotes. Ahora es nuestro turno.
Fin