“DE PILi A ME”
Siempre me han seducido los retos que escapan a mi escrupuloso análisis lógico y a mi curtida comprensión racional. ¡Ahí es nada!, por cierto. Y así, recuerdo como ejemplo mi entusiasmo de púber imberbe cuando, a los doce, tomé “prestada” la navaja de barbero profesional de mi tío Luisito y me dispuse a afeitarme “como los hombres”. La imprudente odisea cotidiana se saldó con un cortecito escandaloso y traidor a la altura del gaznate y un par de cachetes a destiempo (¿cuándo, si no?). Pero lo relevante del caso es que, por primera vez, me atreví a adentrarme (¿qué digo yo?: ¡a inmolarme!) en el maravilloso universo de “la aventura de riesgo sin sentido”. Bien es verdad que esto del sentido era, y es, un concepto bastante relativo, pues el devenir de los siguientes quince años en este fascinante campo me ha llevado a superar barreras de todas las alturas y colores: como cuando, con los veinte ya cumplidos y una incipiente alopecia occipital que amenazaba con arruinar todo mi potencial seductor antes de ponerlo en funcionamiento, me “agencié” la máquina corta-pelo de mi tío Luisito (recién jubilado) y rasuré mis escasos cabellos… al cero. Esta vez no hubo cachetes (tan sólo una sutil reprimenda) pero el corte que me produje a la altura del lóbulo de mi oreja izquierda no fue nada comparado con la vergüenza que sentí al observar en el espejo mi espectacular rapada. ¡Eso sí que fue un buen corte! (Y eso que tenía un “buen sentido”).
En cualquier caso, lo importante es que seguía dando pasos en mi particular peregrinación hacia las cumbres ignotas de esa inmensa cordillera llamada Odisea.
Pero el reto de los retos, el desafío por excelencia, tuvo lugar este verano, poco antes de cumplir los veintisiete. Y es que mi sistema hormonal, con clara tendencia a los extremos, me “obsequió” en el mismo lote con una preciosa calva y un resto de cuerpo enmoquetado, hasta en su centímetro más recóndito, con una guisa de vello espeso y largo que me daba una apariencia más de fiera que de persona, amén de mermar considerablemente mi pertrecha autoestima. Fue entonces cuando me crucé (¿casualidad?) con un viejo, y eterno, amigo de la infancia.
—¿Qué es de Pilar? —me preguntó.
—¿De Pilar?
—Sí, chico, la Pili, esa tan maja que se sentaba contigo en clase.
—Claro, claro, la Pili. Pues, ahora que lo dices, trabaja aquí al lado, a dos manzanas, aunque creo que no vive en el barrio. Trabaja, trabaja…
—¿Trabaja?
—¡Tío, trabaja!
—Tete, ya sé que lo del empleo no está muy bien, pero no es tan infrecuente que alguien trabaje.
—Eso es, amigo: esa chica trabaja de técnico en estética. Vamos: que la Pili depila.
—¿No estarás de coña, verdad tío? Porque con eso de que ya sabemos lo que es “de Pilar”, y que a la Pili le va lo de “depilar”, ya me dirás tú…
Pues no, no lo estaba. De hecho, lo primero que hice tras acabar la enrevesada conversación con mi eterno amigo fue dirigirme al local donde trabajaba la Pili, despojarme de la camiseta y ofrecerme cual carnero dispuesto al sacrificio: “Pili, depílame”.
Pasada la sorpresa inicial (eran las primeras palabras que le dedicaba a la chica en los últimos “equis” años), la Pili, como buena profesional, aceptó el reto, no sin antes hacer una observación y poner una condición: “chato, si el torso está así de poblado, ¿qué tendrás en las piernas (que no entre las piernas) o en el mismo trasero? Mira: yo si lo hago, lo hago bien, y si no, dejo las manos quietecitas y la cera fría. Así que ya sabes: si quieres pelarte como Dios manda, te vas quitando la ropita y tumbando en la camilla, para empezar… boca arriba.
¿Corte? ¿Vergüenza? ¿Pudor? ¿Recato?... ¡Bobadas! Pues toda, absolutamente toda la parte emocional del evento relacionada con el decoro se solapaba con la inmensamente mayor exaltación derivada del inhumano (¿o heroico?) tirón de cera sobre la piel.
Tres horas duró el martirio. Aunque he de reconocer que hubo un momento en que realmente llegué a pillarle gusto al asunto. Y no, no es que yo sea masoquista, no. Es simplemente que, en una situación como esta, o te haces a la idea, o la idea se hace contigo, lo cual es mucho peor. Además, me tengo por un tipo inteligente, así que no tardé en descubrir que el tirón, cuando no es esperado, duele menos; y que cuando acompasas tu respiración con el trabajo de la “artista”, y espiras al tiempo que ella tira, sientes menos dolor y más alivio. Tanto me relajé, en un momento dado, que llegué a preguntarme (y a preguntarle) por qué cambiaba tantas veces de dirección la distribución de la cera sobre mi espalda. “Tu pelo es muy caprichoso”, fue su escueta explicación.
Mucho más explícita, aunque igual de parca en palabras, estuvo la Pili al final, cuando, después de cobrar sus logrados sesenta euros, se despidió de mí dándome la enhorabuena y las gracias con una sonrisa enorme en sus labios que no desdibujó hasta que los juntó con los míos. A modo de despedida.
Poco podía yo imaginar entonces lo que comprendí al llegar a casa, aunque la chica me hubiese dado alguna pista. Y es que al desnudarme delante del espejo doble del armario de mi habitación observé atónito que la Pili (de Pilar) había dejado, con su huella, su firma sobre mi espalda; y que los surcos de la cera sobre mi vello habían escrito, cual efecto de segadora sobre campo de césped: “DE PILI A TI”. Pues eso, lo que yo pensaba: “DE PILI A MI” o, yendo a la raíz latina (que no del vello): “DE PILI A ME” (más o menos).