LA DESHONRA
El patriarca me odiaba por ser rubia, por no tener rastro de vello ni en las piernas ni debajo de las axilas. Llevaba tres días espiándome, bajo todos los ángulos, a contraluz, con neón, en pleno campo. Me examinaba buscando la razón de esa voz en sus cuentas. Porque las otras hipótesis le resultaban impracticables.
Todo había empezado el viernes por la mañana, cuando por desgracia estábamos todos fuera y la maldita factura de la tarjeta de crédito había acabado en mano de mi padre, que la había abierto. Llevábamos tan sólo dos meses circulando entusiastas con ese nuevo medio de pago en la cartera, y nos había costado años de lucha obtener el permiso de aceptar la propuesta del banco y dejar de ir a la ciudad con el dinero contado que Padre establecía y administraba en largas veladas de regateo familiar.
Él desconfiaba de esa cosa pequeña e indiscreta que delataba a cualquiera el grado de su solvencia y se atrevía a retirar dinero de su cuenta sin intervención física ninguna. Un instrumento casi demoníaco. Así que, esa mañana, encontrando el correo aún cerrado apoyado en la repisa, Padre se puso a repasar una por una las causas de nuestros gastos ciudadanos y descubrió “eso”. Corporación Capilar fue una acoplada de términos que le dejó devanándose los sesos un buen rato, pero se ve que a continuación, empujado por una curiosidad sin precedentes, encontró la manera de informarse y entonces lo supo: durante nuestra última escapada urbana, nos habíamos depilado. No sabía quién ni cómo, pero a Madrid habíamos ido tres: mamá, Fernando y yo, su rubita.
Supongo que la misma noche del viernes había dado ocasión al patriarca de comprobar cualquier alteración en el estado de manutención de mamá, porque el sábado por la mañana ya estaba descartado que fuera ella la beneficiaria del tratamiento láser, y los ojos inquisitorios de Padre empezaron desde la madrugada a escanear cada milímetro de mi piel, con cierta dificultad, visto que me había puesto vaqueros, calcetines y bambas. A mí por supuesto ni se planteaba verme las ingles, porque otras cosas quizás no, pero decencia había en nuestro hogar, y de sobra. Al final tuvo que ir a darles de comer a los cerdos que ellos sí, tenían entre otras cosas unas cerdas duras y transparentes que, como todo en ellos, se iban a aprovechar.
Sé que fue un sábado trágico para un agricultor progresista que se esfuerza de proporcionarle a los suyos una existencia digna, vi como una angustia insufrible se cebaba en su cerebro linear, como hora tras hora la sospecha más atroz se hacía con sus defensas mentales y le sumía a una postración rabiosa y agresiva de animal acorralado. Mi natural lucidez femenina me reveló la trama de su pesadilla desde el principio, pero me callé, no obstante, porque Padre era mucho padre, y sin su beneplácito y su aval bancario no iba uno a ningún sitio, ni en broma.
Asistí a su investigación minuciosa con cierto dolor de hija glabra, y no me quedó más remedio que irrumpir en la sagrada habitación del hermano sospechoso para intentar convencerle de que había que aclarar el asunto ya.
- Padre se está haciendo toda una película de nuestra salida a Madrid. Dile algo Fernando, porfa.
- ¿Y la sorpresa qué?
Repuso él, tumbado en un edredón de Superman.
- Al carajo con la sorpresa, Ferna: nos quitará la tarjeta ¿lo entiendes? ¿Te acuerdas de cuánto nos ha costado convencerle de que nos vivimos todavía en las cuevas?
- Rubita, no me rayes; mañana es otro día y hablaremos. De momento estoy escuchando mi MP3 y te agradezco que no me interrumpas más con los cutres temas de siempre.
- Ya, tu mundo es lo que mola y el resto somos unos cutres…
La conversación no fue más allá de lo dicho. Me apunto una medalla por haber entrado en el territorio inviolable del superdotado solitario sin recibir zapatillas voladoras a la cara ni insultos de mayor envergadura.
Pero Fernando hizo caso omiso de mis peticiones y se fue a lo suyo todo el domingo, dejándonos en penosos apuros con mi padre, que empezó a portarse de forma bastante rara desde la madrugada, cuando, en vez de pasar lista en los corrales distribuyendo comida a los animales, se fue directamente de la cama a un nogal apartado bajo el cual le divisamos arrodillarse. Rezaba. O tal vez soltaba blasfemias lejos de los oídos religiosos de mamá. Nadie se atrevió a preguntar. Más tarde, con los ojos al suelo, nos comunicó su intención de dedicar la jornada al inventario del granero, y se negó rotundamente a salir. No habría misa, ni paseo, ni charlas superfluas; se acababa de estrenar la clausura de la vergüenza.
Sin el coche paterno no había salida dominguera, pues mamá sólo iba en moto y no tenía carnet de conducir. Fernando, inmutado, aprovechó la ocasión para coger su bici e ir a dar una vuelta en toda libertad. Él, el muy culpable. El pasota, el tozudo, el alienígena.
Fue un día eterno y pesado; nos castigamos en grupo implicándonos en el maldito inventario del granero, que solía acabar cada vez de la misma manera: Padre no tiraba nada, aferrándose hasta al último alambre oxidado, y la operación se resolvía en sacar, barrer y volver a amontonarlo todo ahí dentro, sabiendo, vaya noticia, que había un par de hierros más y una silla carcomida para quemar en la estufa.
Lo que se estaba cociendo, en realidad, era la austera bronca de la noche, dos palabras secas y graves con la que el patriarca solía zanjar cualquier asunto de su desagrado. Solía escoger el momento de la cena porque alrededor de una mesa los discursos suenan más contundentes, más solemnes.
- Esa… esa tarjeta…- empezó Padre casi en lágrimas, delante del estupefacto terror de la familia.
- Papá – interrumpió el superdotado, que por algo así se define - , antes que nada, hay una buena noticia: me han cogido en la selección de ciclismo de Castilla La Mancha. ¡La temporada que viene ya soy profesional!
Su hijo no era ningún maricón, no escondía sandalias de plataformas en los armarios, nunca llevaría faldas ni lentejuelas ni rimel. Su hijo Fernando era el campeón de la familia Gómez, y se había depilado las piernas para correr más rápido que el viento por curvas panorámicas y rectas de llegada extenuantes.
Seguimos con tarjeta de crédito, aunque a veces sin fondos. Seguimos yendo a misa, a Madrid, al pueblo, tomando vinos en los bares con la cabeza bien alta. Mamá se quiere arreglar lo de las ingles, por si algún día vamos a la playa, ya que seremos todos ricos y famosos cuando Fernando triunfe. A mí, de momento, casi ni se me ven las pestañas de lo rubia platino que soy.